viernes, 24 de mayo de 2013

La alfombra roja



No me ha sido fácil llegar, pero al fin paseo por la alfombra roja del éxito. Si no me creéis, miradme. La estoy pisando, siento hundirse el mullido bajo la aguja del tacón de mi zapato. Es real aunque lo estoy viviendo como un sueño. Ahora floto, me siento ingrávida, no existe nada a mi alrededor, no me deslumbran los flash de los fotógrafos, ni oigo los aplausos del público enfervorizado, ni puedo expresarme ante los micrófonos que, seguro, me acosan como moscardones. Estoy sola, inmensamente sola con mi triunfo.

Lo había buscado desde niña. Cuando ojeaba las revistas de mamá ponía toda mi atención en aquellas actrices de rostro sonriente, saludando a la muchedumbre que las aclamaba hasta el paroxismo y me prometía a mí misma llegar hasta allí o más lejos.

Pero era preciso empezar desde abajo. Comencé acudiendo a una prueba fotográfica para un calendario. Tenía solamente dieciséis años, pero me hice pasar por mayor. A mamá no podía decírselo pues se habría puesto hecha una furia y en el anuncio pedían jóvenes mayores de edad o menores con autorización paterna.

Yo, en aquel entonces, tenía ya cuerpo de mujer. Mis pechos se habían desbocado apenas dejé la pubertad y con los polvos y el carmín que tomé prestado del neceser de mamá pasé por una jovencita de veintiún abriles. Además, el culito, la parte más resultona de mi anatomía, lo tenía respingón y, de haberlo necesitado, lo habría utilizado como baza decisiva con el amorfo, estúpido y gangoso seleccionador.

Estaba molesta, ofendida. Aquel individuo ni se fijó en mí. Podría haber sido una lagartija e igualmente me habría hecho pasar. Allí había de todo: gordas, esmirriadas, feas, feúchas, horribles… Me sentí en una parada de monstruos.

Cuando el hombre de la recepción terminó de seleccionarnos, entró un individuo alto, delgado, de facciones huesudas y ademanes amanerados. Hablaba engolado alargando mucho la última sílaba de cada frase. Paseó de arriba a abajo examinándonos con gesto de aburrimiento. Cuando se cansó de desnudarnos con la mirada me hizo una seña con la uña afilada de su índice largo y nudoso.

Le seguí a la habitación de al lado. Había cámaras fotográficas, focos, paraguas, cojines, grandes cortinajes, un dosel con muchos perifollos que ofendían a la vista y la fotografía de un paisaje nevado ocupando toda la pared de la derecha.

Se acercó a mí y empezó a manosearme. Creo que su amaneramiento era puro teatro para poder aprovecharse de las jóvenes que pasábamos por sus manos. En realidad era un sátiro. Le paré los pies, o más bien, las manos con gesto huraño y estuve a punto de abofetearle, pero entonces se detuvo y me dedicó una sonrisa de complicidad. Yo empezaba a estar nerviosa. Por si había sido poco lo del recepcionista, ahora aquello. Resoplé como un camello si es que los camellos resoplan como lo hice yo, y conté hasta diez.

- ¡Desnúdate!

La orden estalló en mis oídos como una bala de cañón.

- Si, desnúdate. ¡Ya!

Calculé la distancia que me separaba de la puerta, hice acopio de fuerzas y eché a correr arrastrando en la huída un paraguas, dos focos y varios cables. Me arrepentí enseguida, pero era ya tarde cuando comprendí que aquel ritual nudista formaba parte de la iniciación profesional. Había desperdiciado la oportunidad y no volvió a presentárseme otra hasta que cumplí los veinte. Cuatro años perdidos.

No sé si alguien recordará un anuncio en el que una señorita, de sonrisa insinuante y ademanes lúbricos, invitaba a probar una sopa de pasta servida en un bol de madera. Pues esa señorita era yo. Fui mi primer trabajo. Debo pedir perdón a quienes siguiendo mis consejos compraron aquella sopa. Tengo que reconocer que era incomible, además, si se tomaba muy a menudo provocaba diarreas de caballo, pero, compréndanme, era mi carrera.

Hice otros muchos anuncios, todos tan falsos como el de las sopas, sin llegar la oportunidad que había de lanzarme al estrellato. Sonreía, prometía, mostraba mis encantos y cobraba. Así hasta el siguiente anuncio. Con el tiempo empecé a tener sentimiento de culpabilidad y me sentía amenazada por los usuarios de los productos que anunciaba. Cuando iba por la calle me escondía bajo los soportales, buscaba sitios pocos concurridos y rehuía las aglomeraciones donde podía ser reconocida.

Las noches acentuaban mi angustia con sueños que me acosaban impenitentes. Siempre he tenido miedo de morir mientras duermo, pero entonces empecé a vivir en sueños mi propia muerte. Me agitaba desesperadamente tratando de huir de la calavera que me acosaba tras las cortinas de un sudario gigantesco, y cuando iba a escapar quedaba atrapada en mis pesadillas soñando el sueño de mi muerte y muriendo en cada sueño mientras una interminable hilera de hombres y mujeres me acusaban de mentiras aterradoras.

Cuando la empresa se hizo cargo de una promoción de productos infantiles, dejaron de llamarme y fui arrumbada como un objeto inservible. Querían niños, preciosos niños con ojos redondos, rostros mofletudos, gesto pícaro y travieso para encaprichar a padres embelesados por las gracias de los pequeños monstruos y engatusarlos con productos innecesarios.

Tras una temporada dándome a todos los diablos y no pocos tumbos, vine a parar en azafata de eventos, empleo con posibilidades sin cuento en el que aprendí pronto a desenvolverme con la soltura de una experta. Los jefes me presentaban al individuo a quien debía acompañar. Normalmente era un personaje importante de las finanzas, la política o el arte. A veces un caballero de oscuro pasado, en obligado anonimato, pero a quien convenía mantener contento para darle uso provechoso cuando llegara el caso.

Antes era aleccionada procurándoseme un buen expediente de cómo debía comportarme con el cliente, hasta donde podía llegar en mis confidencias o ahondar en las suyas, si era proclive, o no, al escándalo, lugares y circunstancias donde había de hacerme invisible y aquellas en que debía mostrarme afectuosa o intimista.

El trabajo que para la mayoría es de sol a sol, para mí era de luna a luna, pero me proporcionaba pingües beneficios como nunca pude sospechar. A más del sueldo lograba, a menudo, minucias y extras que no estaban en mi ánimo despreciar por no hacerles feo a quienes tan generosamente querían gratificarme.

Por lo general los hombres que acompañaba eran de trato agradable, discretos en su comportamiento, sibaritas, aunque frugales, y apenas tropecé con alguno que quisiera sobrepasarse sin atenerse antes al acomodo que proveyese a mis exigencias. Los hubo picarones, algún viejo verde más cercano a los santos óleos que a los placeres, pero estos acababan siempre frunciendo el ceño y durmiéndose acurrucados, en posición fetal, en algún sillón de los salones de los hoteles, de donde amables camareros los levantaban y llevaban a sus habitaciones.

Sólo topé con uno grosero y apestoso como un albañal. Levantó polvareda mi actitud contraria a sus demandas y estuve en un tris de mandar al cuerno mi prometedora carrera, pero se tuvieron en cuenta razones que di y atropellos anteriores en los que el tal individuo se había visto enredado, quedando dictada sentencia a mi favor por ser más lo logrado que lo perdido.

No debería contar intimidades semejantes si no fuera porque en una de estas ocasiones me sucedió ser acompañante de un afamado director de cine y decidí que aquella había de ser la noche que me llevase al día. Lo seduje, olvidando los consejos del expediente, y terminamos entre sábanas de seda y en retretes de cristal.

Gracias a ello conseguí mi primer papel en el cine, que fue corto por demás, pero era un principio. Salía llevando una bandeja en alto, me cruzaba en el salón con el protagonista y le derramaba el postre de melaza en la pechera. Se armaba un escándalo, me tomaban dos lacayos uniformados por los brazos y era sacada de encuadre.

En la segunda interpretación pude desarrollar mis dotes histriónicas declamando unos versos a un muchacho picado de viruelas, mientras danzábamos en una pista llena de bailarines. Durante siete segundos la cámara nos seguía en un travelín de vértigo y yo decía los versos. Al final de la película teníamos que volver a salir el de las viruelas y yo intercambiándonos miradas de cordero, pero hubo cambios de última hora y se eliminó la escena.

Vinieron después otros amagos que no terminaron de cuajar. El director se encaprichó de una aspirante a actriz, feúcha pero con grandes dotes de seducción, y a mí me relegó al olvido. Para entonces ya me había cansado de perseguir la gloria como si fuese un galgo tras la liebre y pisé la realidad.

Hasta hoy en que, de improviso, sin haberlo soñado ni por asomo, me he encontrado en la cumbre, sobre la alfombra roja, lanzando besos al público que me aclama, repartiendo sonrisas a los fotógrafos, firmando autógrafos a mis incondicionales.

- Señorita, ¿permite? Tengo que terminar de recoger.

Es un muchacho con buzo. Me mira con prevención, pero respetuoso. Tiene a los pies el rulo de la alfombra y le falta por recoger el metro escaso en el que estoy yo.

- Disculpe. Estaba pensando…

Y me alejo, calle abajo, con el brillo del triunfo en la mirada.


miércoles, 1 de mayo de 2013

Perfectos desconocidos



El hombre me miró con extrañeza.
- No eres tú, ¿verdad?-, me preguntó.
- No-, contesté con cierta perplejidad, después de examinar atentamente a mi interlocutor, sin conseguir reconocerle.
- Perdone, le había confundido con una persona a la que nunca he visto.
- No tiene importancia. A mí me sucede constantemente-, repuse, sin saber por qué decía semejante estupidez arrepintiéndome, al momento, de haberla dicho.
- Sí, ocurre todos los días-. Y se despidió de mí con una cortés inclinación de cabeza.
La conversación había sido un auténtico desvarío, inconexa, sin sentido, avalada quizá por las prisas del momento, lo que a ninguno de los dos permitió escoger las palabras justas. Cuando se habla con el imprevisto de la precipitación no acertamos a elegir la frase conveniente para incluirla en el contexto apropiado. Es sabido que las mayores necedades se han dicho con ocasión de haber expresado ideas atropelladas, por ejemplo a caballo de un adiós corriendo tras el tren que sale de la estación o por imperio de un desenlace aleatorio.
Pero, ya siguiendo mi camino, hube de admitir que ninguno de los dos teníamos prisa. Nos habíamos encontrado de frente, paseando con abulia bajo el cárdeno anunciador del otoño en las hojas de los plátanos. O lo que fueran, porque el parque había estado siempre plantado de plátanos, pero entonces, al pensar en ello, dudé. Realmente no estaba seguro de haber visto plátanos y si los vi no los tuve por tales. Bueno, a lo que iba: ninguno de los dos llevábamos prisa, podíamos haber medido las palabras, incluso haber buscado enriquecedores sinónimos y formar con ellos un bello rosario de frases. Por eso me sentí desazonado al recordar la conversación.
Esta desazón fue haciéndose más intensa conforme me acercaba a casa. ¿Y si de verdad no nos habíamos reconocido? ¿Y si éramos dos perfectos desconocidos que el azar había cruzado en un parque? No era imposible. Sucede a menudo. Lo singular de la situación era que nos habíamos hablado admitiendo que segundos antes nada sabíamos uno del otro.
El malestar provocado por estos pensamientos fue en aumento y antes de doblar la última esquina, decidí hacer una comprobación. Quizá debo decir experimento, pues como tal se me representó en aquel instante. Los nervios me punzaron en la zona de los ijares hasta hacerme sentir dolor y tentado estuve de volverme atrás sabedor del horror con el que podía encontrarme. Pero la inconsciencia animal me dio las fuerzas que el consciente me negaba.
Frente a mí, al otro lado de la calle había un escaparate con espejos, grandes unos, otros menudos, algunos minúsculos, redondos, ovalados, irregulares o rectilíneos. Crucé por el semáforo y me acerqué. Cada paso era una tortura que me aguijoneaba las asaduras inmisericorde. Al llegar a la acera me detuve en el bordillo a punto de gritarme a mí mismo: ¡Vuélvete! ¡No seas loco!
Pero miré. Un sudor frío me corrió por la frente hasta las gafas, empañándomelas. Reflejado en los espejos decenas
La imaginación crea monstruos razonables.
de veces, estaba aquel hombre calvo, con gafas de cristal de botella, completamente desconocido para mí. Hacía los mismos gestos que yo, se movía como yo, bamboleando un cuerpo vulgar, sin atributos apreciables que destacar. Había visto mil veces la imagen y nunca me había llamado la atención, pero ahora aquellas decenas de figuras bailando en el cristal tenían algo especial: me eran desconocidas. Si no hubieran estado reflejadas en el espejo me habría acercado a ellas y les habría saludado con efusión, una a una, por no recordarlas de nada, y estoy seguro de que ellas me habrían respondido con igual entusiasmo, dado que todos éramos perfectos extraños.
Ahora, estaba seguro. Me desconocía a mí mismo. Y de pronto desapareció la angustia, el miedo, el sudor frío y no tuve ningún sentimiento de rebelión al admitir mi auto desconocimiento. Me había sentido aterrorizado momentos antes de comprobarlo, mas al fin me invadía la serenidad. ¡Qué importaba quien fuese, mientras fuera!
Cuando entré en casa me recibió un silencio ominoso, precursor de novedades. Pero las sabía y ya no me asustaban. Seguí el pasillo hasta la salita de estar. Allí, sentada a la mesa camilla, ojeando una revista de chismes celestiales, estaba una hermosa desconocida.
- ¿Eres tú?-, me preguntó y afirmó, a la vez, con una sonrisa.
- Sí-, le respondí.
- Tienes que ser por fuerza. No te conozco de nada…-, y siguió ojeando la revista con indiferencia. La portada anunciaba, en grandes titulares, un caviloso estudio sobre el espacio interestelar donde moran los ángeles.
- ¿Es interesante?-, pregunté por decir algo.
- Psch-, y contrajo los labios en un mohín de indefinición.
Me senté frente a ella tratando de recordar y, al mismo tiempo, grabando en mi memoria cada rasgo de aquella figura, nueva para mí.
Era, sin duda, mi mujer, la mujer con la que había vivido, pensado, tratado, sufrido y gozado durante años, pues no la conocía de nada.
La sensación de aquel olvido global era excitante y decidí dejarme llevar por  la morbosa vorágine de lo imposible.



viernes, 5 de abril de 2013

Ultimos recuerdos de un cerdo de engorde



¡Dios santo, soy feliz con mi grosura! Peso más de doce arrobas. Se lo he oído decir al amo. El amo es ese hombre de barba y pelo alborotados, brazos membrudos y voz aguardentosa. Tiene un carácter difícil, áspero como su físico, pero debe perdonársele por el mucho trajín de la granja. Aunque sospecho que es pura fachada la acritud de la que echa mano con el único fin de establecer la jerarquía animal.

Se levanta antes de las primeras luces y enseguida empieza con las labores de limpieza. Nos alborotamos todos apenas le vemos llegar, pero no nos hace el menor caso. Va a lo suyo, sabiendo lo que debe hacer en cada momento. Madruga tanto que siempre es él quien despierta al gallo, cuando debería ser al revés. De verdad, no sé qué pinta ese plumero pagado de sí mismo si no sirve ni de despertador en las mañanas.

Pero a lo que voy. Lo primero es la limpieza. Pasa la manguera de agua por los palos del gallinero para desbrozar las gallinazas, aunque es empeño imposible. Los excrementos de esas engreídas son duros como la piedra. Se adhieren a los palos con obstinación, resisten la fuerza del agua, incluso el raspado de la raedera.

Después les llega el turno a los caballos y las vacas.
Antes estaban separados unos de otras pero desde el incendio del pasado verano, que consumió las caballerizas, están todos juntos con mucho malestar y descontento por parte de unos y de otros. Los caballos se quejan del olor a cuajada que despiden las ubres de sus compañeras, un olor insoportable que les hace tener los belfos abotagados, y las vacas no paran de protestar por los relinchos continuos y el piafar sin sentido, especialmente de los potros, pero, temo, van a pasar juntos mucho tiempo pues oí al granjero hablar de dificultades económicas para levantar unas caballerizas nuevas.

Lo último en limpiar son nuestras pocilgas. Nosotros somos sucios por obligación. Nos gustaría un estanque donde retozar a nuestras anchas y hozar en sus riberas en busca de raíces y bulbos, pero estamos encerrados en un cuchitril de cuatro por cuatro donde, por necesidad, esparcimos los excrementos y nos vemos obligados a revolcarnos en ellos.

Lo de los patos es distinto. Apenas los atienden. Viven independientes. Están al otro lado de la empalizada, sueltos, crían en el cañizal, chapotean en el arroyo cuando baja agua de la torrentera y alborotan allá lejos con sus cuá, cuá gangosos. Sólo de tarde en tarde vienen a este lado, cuando aparece un camión lleno de jaulas y unos hombres empiezan a decir “este sí, este no”. Entonces a unos los meten en las jaulas y a otros los devuelven a su sitio.

Cuando está terminando de esparcir la paja limpia por
la cochiquera suele aparecer la granjera llenando de alegría la mañana con sus canturreos. Es una mujer frescachona, muy activa. Ella se encarga de darnos de comer, en el mismo orden de la limpieza. Primero las gallinas.

- Pitas, pitas, pitas, pitas…-, y acuden cacareando, a la llamada, el medio centenar de ponedoras a más del chulo del gallo. A veces, mientras esparce el grano, el granjero se le acerca por detrás y le da un azote en el culo a lo que ella aparenta molestarse mucho y le persigue por el gallinero como cuando el gallo persigue a las gallinas, pero al revés.

Luego les pone el forraje a los caballos y a las vacas y, por último, nos toca a nosotros. A mí desde el pasado mes me echan de comer en gamella aparte un salvado espeso, muy nutritivo. Noto cómo aumento de peso y eso les hace muy felices a mis amos. Tanto les agrada mi abundosa grasa que hasta me dejan corretear libremente por fuera de la pocilga para lucimiento ante los demás animales.

Ayer tarde estaba vagando y hozaba en busca de un bulbo que me había dado el tufo cuando acerté a oír risas, palabras entrecortadas y frufrú de ropas. Como sin prestar atención, me acerqué a la bulla y divisé a mis amos entregados a juegos de picardía en los que él llevaba la voz cantante y ella se dejaba hacer. Estaban en lo alto del montón de paja, en el que desaparecían a ratos y después volvían a aparecer, cada vez con más alboroto y la cara congestionada por las risas y la agitación. Una vez desaparecieron largo rato y pensé que se habían ido por lo que me dediqué a saborear una riquísima raíz de rabanillo que había desenterrado y ya me había olvidado de ellos cuando se agitó la pajera y apareció el granjero bufando como el toro cuando vuelve de montar a las vacas. Hurgó luego hundiendo los brazos hasta los hombros para sacar a la rubicunda ama que salió recomponiéndose la ropa con mucho azoramiento y presteza.

Quedaron ambos tendidos en la montonera quitándose las pajuelas del cabello y de la ropa con mucho amor, mientras hablaban de cosas que entendí referidas a mí.

- Hacemos buen negocio.

- Y más no ha de engordar.

Es entonces cuando se lo oí decir al amo: ¡Doce arrobas largas de magro!

- Con el tocino justo-, añadió la granjera.

- Lo prepararé esta noche.

- Mejor, porque mañana vendrá el camión con el alba.

De una parte me sentí enormemente triste por tener que abandonar el lugar donde he pasado meses tan felices, aunque, pensé, tampoco era tan malo salir de allí, ver otras granjas, trabar amistad con nuevos puercos, conocer gallineros con menos altanería, patos torpones sin su eterno cuá, cuá  y caballos y vacas que convivan en paz.

Al final mis pensamientos y su charla quedaron interrumpidos por un trueno avisando de la tormenta. Los granjeros se dejaron caer de lo alto y corrieron a azuzarnos para que nos recogiésemos. En el brumoso horizonte, el cielo se había preparado para llorar su diluvio y, en el cañizal, los tallos hacían guiños a la tormenta, avivados por el viento entre el revoloteo de los patos.

A la noche me separaron de mis compañeros para
ponerme cama de paja limpia en un cuartucho que había sido troje, a juzgar por las trazas, donde me aviaron la gamella con abundante salvado y patatas cocidas. Un sibarita no habría podido esperar más.

Hoy ha amanecido la mañana gris ceniza bajo un cielo que sigue amenazando lluvia. Eso me ha abatido mucho el ánimo. Muy pronto he oído ruido de motores, agitación en la casa y a los granjeros dar indicaciones de donde me tenían guardado. Entonces han venido a buscarme para subirme a un camión sucio y maloliente, sembrado el suelo de estiércol y orines.

He caído junto a una cerdita de ojos pequeños, vientre bamboleante y hociquillo gruñón. Apenas hemos podido intercambiar cuatro ideas a matacaballo, porque enseguida hemos llegado a un edificio de puertas muy grandes donde nos han hecho salir.

Ahora estamos avanzando por un largo pasillo embaldosado de blanco. Las pezuñas se nos resbalan en el suelo y tropezamos unos contra otros. La cerdita rezongona ha estado a punto de caer dos veces sobre mí. Creo que estamos nerviosos, trémulos y, al menos a mí, me atenaza el pecho una sensación de desasosiego.

De la puerta que se abre al fondo del pasillo, hacia la que nos dirigimos, llega un olor a limpieza y humedades…


viernes, 15 de marzo de 2013

El primer beso



Conocí a Carlota siendo casi niños. Ella tenía catorce años y yo apenas había cumplido los quince.
Era esmirriada de cuerpo, tenía el rostro chupado, los ojos saltones, tras los labios finos y agrietados dejaba entrever una dentadura descabalada y era maravilla verla sostenerse sobre los juncos de sus piernas. Pero desde que la vi sentí la necesidad imperiosa de besarla.
El verano siguiente dio un cambio portentoso y, de pronto, se transformó en mujer. Se le abultaron los pechos como dos naranjas en sazón, sus caderas adquirieron redondeces morbosas, los ojos se le acomodaron en una cara pletórica de luz, semejante a la luna llena, y los labios le cambiaron a dos fresas sonrosadas. Hasta los dientes se le alinearon mostrando, al sonreír, una hilera de marfiles deslumbrantes. Y mis deseos de besarla aumentaron. En el silencio de la noche se me alborotaban las ideas; los fantasmas de la imaginación me embarullaban el entendimiento, perdiéndome en un fanal de sonrisas luminosas y labios temblorosos que se llegaban a los míos, pero sin rozarlos.
No era fácil encontrar un momento para estar a solas con Carlota y, cuando lo hallaba, era tal mi azoramiento que no atinaba con las palabras; hasta los brazos se me hacían huéspedes, empapado de rubores y vergüenzas ante la risa burlona con que ella acogía mi turbación.
Uno de los días, después de mucho ensayarlo ante el espejo, se lo solté de sopetón:
- Carlota, necesito besarte.
Soltó la carcajada más argentina que había oído yo hasta entonces.
- Lo harás, querido, lo harás a su tiempo-, me dijo sin dejar de reír, desnudándome alma y cuerpo con la mirada.
Aquel querido me embargó de alegría por unos instantes, pero fue esperanza vana porque, enseguida, me desinflé como se desinfla el globo al que le pinchan con un alfiler. El suyo no era un querido de enamorada, ni siquiera un querido afectuoso. Era, sencillamente, su forma de hablar. Llamaba querido a todo el mundo y yo no era la excepción.
Una tarde bochornosa de esas que invitan a perderse bajo el ramaje de las enredaderas y sentir en la piel el frescor de la hierba, nos encontramos sentados frente a frente, en un parque de la ciudad, disfrutando de abrumadores silencios. Carlota me miraba con picardía. Sabía de mis deseos, me adivinaba el pensamiento. Yo había tomado sus manos entre las mías y jugueteaba con ellas. Tenía los dedos finos, las uñas arregladas imitando nácares afilados y la tersura de su piel excitaba mi imaginación. Posé los labios en el torso de su mano derecha, luego la volví para besarle la palma. Me sentía el hombre más dichoso de la tierra, pero para ver completa mi felicidad tenía que besar sus labios rojos, húmedos, deseables y entreabiertos.
Tiré de ella hacía mí hasta acercar mi rostro al suyo.
- Querido, eres demasiado impetuoso-, deslizó las palabras en mi oído.
Entonces, llegó un airón acompañado de ruido ensordecedor. El viento rugió entre el ramaje y el vendaval desgajó aquí y allá las ramas de los árboles, haciéndolas caer a nuestro alrededor. Un pandemónium de gritos y carreras lo llenó todo. La muchedumbre se abalanzó sobre nosotros arrollándonos. Cuando quise darme cuenta, a Carlota la había arrastrado el gentío y corría, a lo lejos, presa del pánico. Quedé de pie mirando como un estúpido las carreras que se sucedían en torno mío. No ocurría nada. La histeria se había apoderado de la multitud, pero no ocurría nada. Si acaso, había perdido otra oportunidad. El viento siguió soplando unos minutos, luego se apaciguó y una calma ominosa y siniestra invadió el parque.
Estaba solo con mi desencanto, y lancé un grito horrendo para descargar todas mis iras y golpeé el tronco del árbol más cercano hasta dejarme en él los nudillos y terminé de desgajar una enorme rama que el viento había dejado columpiando.
La siguiente ocasión se me presentó cuando me gradué en la Universidad. Pedí a mis padres permiso para llevar a casa a un grupo de compañeros e invité también a Carlota. Estaba preciosa. Desde que entró no tuve ojos para ninguna otra chica que no fuera ella. Me deshice en cumplidos, le agradecí su asistencia, pero tuve la fatal ocurrencia de presentarla a mi madre. ¿Congeniaron como no era posible que lo hicieran en tan poco tiempo o, simplemente, me eran contrarios los hados? Durante horas se retiraron a una habitación de la casa donde hablaron de cuantas naderías es posible hablar sin perder el hilo de una conversación insustancial y tonta. Reían a ratos, daban a su rostro un tono de seriedad caótica, otros, y se abrazaban de cuando en cuando mientras giraban dando pequeños saltitos.
Yo no entendía nada. Me sentía transportado a un mundo irreal. Desde la puerta, le hacía a mi madre señas de que dejase a Carlota, pero me miraba sin entender y me contestaba con extraños visajes preguntándome qué quería. Luego supe que, en algún momento de aquella conversación, había dicho con mucha seguridad:
- Carlota, encanto, creo que tengo un hijo idiota.
No me fue posible acercarme a Carlota en toda la tarde ni a lo largo de la noche y ya no pude hacerlo en mucho tiempo. Los caminos de Carlota y los míos se separaron de madrugada. Mis padres me metieron en un avión y aparecí, horas después, al otro lado del Atlántico donde me esperaba un caballero, vestido de negro, de aspecto encorsetado, al que jamás vi sonreír en el lustro que compartí con él el trabajo.
La empresa a donde fui enviado era filial de una filial asociada al bufete familiar y el señor de luto con cara seria, el director encargado de enseñarme los entresijos y mañas del oficio. Debí ser buen discípulo, pues a los cinco años consideró mi padre que estaba lo suficientemente preparado para hacerme cargo del departamento que atendía los asuntos financieros del bufete por lo que me ordenó volver.
Apenas llegado, recibí notificación del casamiento de Carlota. La boda fue de empaque. Cuando acudí, invitación en mano, un individuo con pinta de mayordomo británico, que anunciaba a los invitados engolando mucho la voz para ser oído por encima del murmullo generalizado, me hizo los honores. El novio era un hombre menudo, rechoncho, de brazos cortos que pugnaban por darse la mano inútilmente abrazando una barriga trazada a circunferencia. Los ojillos le bailaban en las órbitas como dos planetas menudos que se le hubieran incrustado bajo la frente y la cabeza parecía pegada al cuerpo, directamente, sin adminículo alguno parecido a cuello. Hablaba en susurros, mantenía prietos los labios al hacerlo, mientras saludaba a los invitados alargando una mano blanda semejante a una gigantesca ameba.
- Carlota, ¿dónde has encontrado eso?-, le pregunté a mi amiga cuando, por fin, pude aislarme con ella en la pista de baile. Soy un bailarín pésimo, lo reconozco; la pieza que destrozaba la orquesta parecía una mazurca, pero yo estreché a Carlota entre mis brazos y bailamos a ritmo de vals que se me daba mejor
- Es un riquísimo financiero. Chasquea los dedos y le manan dineros de las manos.
Mientras danzábamos percibí en sus ojos el brillo alegre de las joyas, las mansiones, los yates, la vida holgada y despilfarradora. Ella debió ver en mí la existencia miserable del hombre que mendiga un beso sin conseguirlo, porque me sonrió con picardía, redondeando los labios en ademán de lanzarme uno, pero lo dejó morir a las puertas.
Cuando terminó la mazurca, un invitado se acercó a nosotros y me la arrebató. Estaba esplendorosa, bellísima, pero no como lo están las novias el día de su boda. La belleza de Carlota no cabía en esos esquemas protocolarios. Estaba bella porque lo era y en su boca había una invitación a ser besada. O eso me parecía.
De madrugada la fiesta languideció, los invitados fueron despidiéndose, yo entre ellos. Apreté la mano untuosa del novio y la cálida y sensual de ella, fija mi mirada en sus labios.
- Algún día, querido-, me pareció oír su voz en un susurro.
Al salir de la casa trastabillé borracho de emociones. Con el ánimo zarandeado por sensaciones dispares, me subí el cuello del abrigo para defenderme del relente y desaparecí calle abajo en la humedad del amanecer, tratando de sonreír, aunque fueran sonrisas ensangrentadas.
Tardé cuatro años en volver a tener noticias de mi adorada obsesión. El aviso me llegó de forma brutal a través de una llamada telefónica. Un extraño virus, con el que los médicos disculpaban su desconocimiento de la enfermedad, se le había alojado en los intestinos y la estaba comiendo por dentro.
- No conoce. No habla. Se muere-, me aclaró el marido apenas llegué a la casa.
La habitación era un colosal mausoleo en cuyo centro se levantaba el catafalco de columnas salomónicas. Aquel estúpido gordinflón la había enterrado en vida. Los crespones desvaídos del dosel contrastaban dolorosamente con la piel cerúlea de Carlota. Tenía la calavera afilada, hundidos los ojos en dos cavernas insondables y no se percibía ya la respiración agitada de la muerte bajo la holanda de las sábanas. Me acerqué al bulto con pasos apagados, igual que se hace en los cementerios cuando amortiguamos la voz y sosegamos los movimientos como si temiéramos despertar a los muertos.
- Ha llegado el momento, querido. Puedes besarme-, creí percibir como un rumor.
Posé mis labios sobre los suyos, pero no llegué a apretarlos pese al deseo. Aquellos no eran los labios frescos de Carlota. Los tenía viscosos, fríos, terriblemente fríos, como el viento que arrastra la hojarasca sobre las piedras del camino y la amontona contra la cuneta y viscosos, a semejanza de un reptil antediluviano.
Me retiré con el espanto de haber besado a la muerte.
- Esta muerta, está muerta-, lloriqueó el marido a mis espaldas, mientras salía de la casa.

jueves, 21 de febrero de 2013

Cadenas de libertad



Las sombras y las luces jugaban a dibujar espectros. A través de las cortinas, los neones rasgaban la oscuridad y creaban en la habitación una atmósfera irreal donde los colores se entregaban a la fantasía.

Enseguida vendría el hombre o lo traerían hecho un guiñapo, como sucedía a menudo cuando se pasaba con el alcohol y terminaba semiinconsciente en la habitación de cualquier prostíbulo del extrarradio. En estos casos lo arrastraba hasta la cama, le quitaba los zapatos, la chaqueta y, en ocasiones, la camisa. A más no llegaba. Las náuseas de ver aquel despojo le impedían seguir. El olor a sexo y vino barato que emanaba de las ropas la descomponían.

Lo dejaba solo, se encerraba en la habitación contigua y empezaba a llorar. Lloraba hasta que el sueño la vencía y se quedaba dormida en posición fetal, como un ovillo desmadejado. Despertaba con las primeras luces. Un silencio, que se le antojaba siniestro, dominaba la casa. Se duchaba, se vestía y preparaba dos desayunos. Uno se lo tomaba ella y el otro lo dejaba allí para cuando él se levantase. Lo haría a mediodía o quizá por la tarde, en cualquier caso exigía tener preparado su desayuno, la única comida que hacía en casa. Entraba en la cocina rezongando como un idiota, extraviada la mirada, inseguro el paso, braceando para asirse a los muebles. Comía un puñado de galletas, desmigándolas sobre los pantalones, después tomaba la taza con las dos manos y sorbía el café con leche haciendo mucho ruido; de seguido se quedaba sentado, perdida la mirada en las fachadas de los edificios de enfrente, en espera de la noche para volver a la taberna y de la taberna al arroyo. Buscaría una mujer y holgaría con ella dando rienda suelta a sus más desordenados apetitos, para volver a comenzar la espiral eterna en que se había enredado. Ella también se había visto atrapada en aquella trampa de alambres invisibles, trampa tenebrosa de la que querría salir pero no se atrevía por la violencia extrema del hombre.

Catedral de Santo Domingo de la Calzada.
Cuando lo conoció era una real hembra, aunque de baja estofa. Andaba picoteando de pesebre en pesebre, buscando el dinero fácil que le proporcionaba la rotundidad de sus formas, algo más que alegorías, como acostumbraba a decir.

No llegaba a prostituirse. Era solamente un juego casquivano de miradas, sonrisas, caricias hasta donde la censura permitía y algún beso robado en la espesa atmósfera de cualquier cafetería. Como acompañante era presa disputada entre hombres de negocios, solteros irredentos y caballeros necesitados de compañía. Dejaba siempre claro hasta dónde había de llegar la relación contractual, pues así consideraba el intercambio de servicios que hacía con su cuerpo, y en ese convenio nunca aparecía el acto sexual directo, a lo sumo alguna frivolidad de entrepierna.

Hasta el día que apareció él. Ahora no se le alcanzaba qué le vio de especial para encoñarse como lo hizo. Quizá su apostura, su cuerpo de héroe heleno, sus modales de caballero medieval. Cuando lo vio la primera vez pensó que el pantalón de raya perfecta y la impoluta chaqueta de espiga eran meros adminículos que estorban la contemplación de la elegancia innata de su cuerpo. De aparecer desnudo, su apostura justificaría la insolencia y lo haría admirable. Estaba de codos, sobre la barra, al fondo de la cafetería, perdido en la confusión de sombras que emanaba de un pasillo oscuro abierto a sus espaldas.

Le observó tras la neblina tenue del humo de los cigarrillos como se observa el decorado de un escenario donde va a representarse una obra capital, con el carisma y la unción ceremonial precisa. Le sonrió, devolvió él la sonrisa, y discutieron las condiciones del contrato, saltándose las reglas contractuales. Arriba había habitaciones y apalabraron una, entregándose a la más feroz de las lubricidades. La rabia sexual tantas veces retenida en los escarceos con cien hombres, afloró con la fuerza de un tornado demoledor e instó, exigió, tomó y robó hasta quedar exhausta. Hablaron luego de pasar por el juzgado y a poco quedó atada, para su pesar, con anillos de hierro que no de oro.

Porque pronto había de ver su equivocación. La distinción y el cuerpo que le habían cautivado eran fachadas de adobe. Bien armado de cintura para abajo, iba siempre pendoneando tras las mujerucas del barrio y a poco de vivir juntos se lo encontró un día mancillando el lecho conyugal con la pelandusca del cuarto, una mujer picada de viruelas que tenía a su favor ser ojituerta y patizamba.

- ¿Me engañas con semejante horror?-, le apostrofó con lágrimas en los ojos.

El hombre saltó de la cama, envuelto en una toalla para mantener el orgullo de la desnudez a salvo, y le cruzó la cara de un manotazo. Luego, se encamó, de nuevo, con la virolenta y la ignoró.

En otras dos ocasiones trató de revelarse con el mismo resultado de bofetadas y golpes. Después empezó la degradación de ambos. El alcohol, alguna droga de poco calibre y compañías femeninas de desecho dieron al traste con tanta apostura y virilidad, mientras ella se hundía en su propia ignominia, en el miedo y en la aberración de la rutina.

Esta noche no sería distinta. Sólo cambiaría la hora de llegada. Si llegaba pronto, le cedería el lecho e iría a acostarse en la otra habitación. Si llegaba de amanecida dormiría tranquila en su cama. Podía trasladarse a la sala de al lado definitivamente pero había decidido hacerlo sólo cuando estaba él. Al fin y al cabo aquella era su cama y tenía derecho a ella cuantas veces pudiera disfrutarla en soledad, era lo único que le quedaba de la antigua dignidad: el disfrute de su colchón, de sus sábanas, de su manta, de la colcha raída. Pero no quería compartirlo con el bestia del marido, ello la habría hundido en una iniquidad insoluble. Unos miserables grumos de decoro se lo impedían.

Pensando en todo esto la invadió un agradable sopor y se sintió flotar en un lecho de nubes algodonosas.

En el sueño que le sobrevino se encontró en un mundo de animales disformes de dos y más cabezas, tres rabos, siete patas y sonrisas disparatadas que acompañaban de gorjeos. Las personas iban y venían entre aquellas bestias sin prevención ni cuidado, corrían a sus quehaceres y se saludaban con mucho aparato de abrazos y zalemas, deseándose parabienes sin cuento. Todos parecían felices, sólo ella sufría enormemente. Al principio no supo por qué, pero en seguida se fijó que gruesas argollas, unidas a unas pesadas cadenas, se cerraban en torno a sus muñecas y tobillos haciéndole penoso el caminar.

Alguno de aquellos animales se acercaba a ella y la olisqueaba con impudicia. Un hombre alto, de porte distinguido, se arrimó con displicencia. Sonreía de oreja a oreja y saludaba a su alrededor haciendo molinetes con el sombrero de fieltro.

- Señora…-, le dijo con una inclinación exagerada de cabeza. Y sin dejar de sonreír le buscó los pechos.

Al retroceder, para rehuir las caricias, tropezó con un monstruo de cuerpo abotagado, sin patas, que reptaba ayudándose de una lengua viscosa y acerada.

- Querida…-, silbó el asqueroso reptil.

- Me dais asco. Os detesto-, chilló ella.

- Eres bella, muy bella. Te deseamos-, exclamaron mil voces al unísono, llenando de ecos la pesadilla.

- Ni por pienso. Antes me arrojaría a ese abismo.

Roncesvalles.
El abismo acababa de aparecer a su lado. Era una sima tenebrosa de la que no se adivinada el fondo y, sin saber cómo, le vino a mientes arrojarse a ella antes que servir de diversión a los seres de aquel mundo onírico. Sintió un viento fuerte que la empujó y empezó a caer, una caída que se le antojaba sin fin. No supo cuando llegó al fondo, ni si hubo fondo donde pudiera detenerse. La situación era confusa. Alguien orquestaba los acontecimientos desde más allá del sueño porque hubo un repique de trompas, tubas y cuernos dirigido por una batuta que danzaba enloquecida, y que apuntaba a un trombón enorme con forma de boca de volcán del que salían arpegios roncos, a intervalos. De pronto, el trombón rugió apagando los sonidos de los demás instrumentos y sintió un dolor insufrible en muñecas y tobillos.

Las cadenas se habían roto. Cada eslabón rodaba por el suelo y los grilletes se desmenuzaban como arena mientras los horribles personajes del sueño huían despavoridos.

Unos golpes intempestivos, acompañados de voces, pidiendo que abrieran, la despertaron. Se sentó en la cama y escuchó con atención. Era su bestia, tan monstruosa y aborrecible como las del sueño. Dejó que siguiera golpeando la puerta y gritando mientras repasaba los recuerdos y establecía paralelismos entre lo soñado y su vida. Las cadenas empezaron a antojársele de barro cocido. No tenían consistencia, eran frágiles como la loza. Podía rugir, bramar como el trombón, ser volcán incontenible, romper los lazos, ahora frágiles, de su opresor. Podía vencer sus miedos tal como había vencido a los espantos rijosos de la pesadilla.

A través de la ventana entraban las primeras luces del día difuminadas todavía por el temor de romper la noche. Se levantó y empezó a vestirse. Guardó luego unas cuantas cosas, las imprescindibles, en una maleta de esquinas abolladas y se dirigió a la puerta. La abrió. Un espectro demacrado, sucio y abominable ocupaba el vano.

- ¿A dónde vas?-, gangueó dirigiendo una mirada extraviada a la maleta.

- Tienes las cadenas sobre la cama-, le respondió la mujer.

La estupidez del rostro del hombre se tornó más estúpida aún si cabe, al no entender nada de lo que sucedía. Cuando quiso reaccionar estaba solo frente a un desierto de paredes, puertas y ventanas.

La mujer se detuvo un segundo en el umbral antes de encaminarse con decisión hacia el infinito. La calle, acabada de regar, olía a nueva, a recién puesta, a escapada de la siniestra celda donde había estado presa durante la noche. Como ella.