viernes, 5 de abril de 2013

Ultimos recuerdos de un cerdo de engorde



¡Dios santo, soy feliz con mi grosura! Peso más de doce arrobas. Se lo he oído decir al amo. El amo es ese hombre de barba y pelo alborotados, brazos membrudos y voz aguardentosa. Tiene un carácter difícil, áspero como su físico, pero debe perdonársele por el mucho trajín de la granja. Aunque sospecho que es pura fachada la acritud de la que echa mano con el único fin de establecer la jerarquía animal.

Se levanta antes de las primeras luces y enseguida empieza con las labores de limpieza. Nos alborotamos todos apenas le vemos llegar, pero no nos hace el menor caso. Va a lo suyo, sabiendo lo que debe hacer en cada momento. Madruga tanto que siempre es él quien despierta al gallo, cuando debería ser al revés. De verdad, no sé qué pinta ese plumero pagado de sí mismo si no sirve ni de despertador en las mañanas.

Pero a lo que voy. Lo primero es la limpieza. Pasa la manguera de agua por los palos del gallinero para desbrozar las gallinazas, aunque es empeño imposible. Los excrementos de esas engreídas son duros como la piedra. Se adhieren a los palos con obstinación, resisten la fuerza del agua, incluso el raspado de la raedera.

Después les llega el turno a los caballos y las vacas.
Antes estaban separados unos de otras pero desde el incendio del pasado verano, que consumió las caballerizas, están todos juntos con mucho malestar y descontento por parte de unos y de otros. Los caballos se quejan del olor a cuajada que despiden las ubres de sus compañeras, un olor insoportable que les hace tener los belfos abotagados, y las vacas no paran de protestar por los relinchos continuos y el piafar sin sentido, especialmente de los potros, pero, temo, van a pasar juntos mucho tiempo pues oí al granjero hablar de dificultades económicas para levantar unas caballerizas nuevas.

Lo último en limpiar son nuestras pocilgas. Nosotros somos sucios por obligación. Nos gustaría un estanque donde retozar a nuestras anchas y hozar en sus riberas en busca de raíces y bulbos, pero estamos encerrados en un cuchitril de cuatro por cuatro donde, por necesidad, esparcimos los excrementos y nos vemos obligados a revolcarnos en ellos.

Lo de los patos es distinto. Apenas los atienden. Viven independientes. Están al otro lado de la empalizada, sueltos, crían en el cañizal, chapotean en el arroyo cuando baja agua de la torrentera y alborotan allá lejos con sus cuá, cuá gangosos. Sólo de tarde en tarde vienen a este lado, cuando aparece un camión lleno de jaulas y unos hombres empiezan a decir “este sí, este no”. Entonces a unos los meten en las jaulas y a otros los devuelven a su sitio.

Cuando está terminando de esparcir la paja limpia por
la cochiquera suele aparecer la granjera llenando de alegría la mañana con sus canturreos. Es una mujer frescachona, muy activa. Ella se encarga de darnos de comer, en el mismo orden de la limpieza. Primero las gallinas.

- Pitas, pitas, pitas, pitas…-, y acuden cacareando, a la llamada, el medio centenar de ponedoras a más del chulo del gallo. A veces, mientras esparce el grano, el granjero se le acerca por detrás y le da un azote en el culo a lo que ella aparenta molestarse mucho y le persigue por el gallinero como cuando el gallo persigue a las gallinas, pero al revés.

Luego les pone el forraje a los caballos y a las vacas y, por último, nos toca a nosotros. A mí desde el pasado mes me echan de comer en gamella aparte un salvado espeso, muy nutritivo. Noto cómo aumento de peso y eso les hace muy felices a mis amos. Tanto les agrada mi abundosa grasa que hasta me dejan corretear libremente por fuera de la pocilga para lucimiento ante los demás animales.

Ayer tarde estaba vagando y hozaba en busca de un bulbo que me había dado el tufo cuando acerté a oír risas, palabras entrecortadas y frufrú de ropas. Como sin prestar atención, me acerqué a la bulla y divisé a mis amos entregados a juegos de picardía en los que él llevaba la voz cantante y ella se dejaba hacer. Estaban en lo alto del montón de paja, en el que desaparecían a ratos y después volvían a aparecer, cada vez con más alboroto y la cara congestionada por las risas y la agitación. Una vez desaparecieron largo rato y pensé que se habían ido por lo que me dediqué a saborear una riquísima raíz de rabanillo que había desenterrado y ya me había olvidado de ellos cuando se agitó la pajera y apareció el granjero bufando como el toro cuando vuelve de montar a las vacas. Hurgó luego hundiendo los brazos hasta los hombros para sacar a la rubicunda ama que salió recomponiéndose la ropa con mucho azoramiento y presteza.

Quedaron ambos tendidos en la montonera quitándose las pajuelas del cabello y de la ropa con mucho amor, mientras hablaban de cosas que entendí referidas a mí.

- Hacemos buen negocio.

- Y más no ha de engordar.

Es entonces cuando se lo oí decir al amo: ¡Doce arrobas largas de magro!

- Con el tocino justo-, añadió la granjera.

- Lo prepararé esta noche.

- Mejor, porque mañana vendrá el camión con el alba.

De una parte me sentí enormemente triste por tener que abandonar el lugar donde he pasado meses tan felices, aunque, pensé, tampoco era tan malo salir de allí, ver otras granjas, trabar amistad con nuevos puercos, conocer gallineros con menos altanería, patos torpones sin su eterno cuá, cuá  y caballos y vacas que convivan en paz.

Al final mis pensamientos y su charla quedaron interrumpidos por un trueno avisando de la tormenta. Los granjeros se dejaron caer de lo alto y corrieron a azuzarnos para que nos recogiésemos. En el brumoso horizonte, el cielo se había preparado para llorar su diluvio y, en el cañizal, los tallos hacían guiños a la tormenta, avivados por el viento entre el revoloteo de los patos.

A la noche me separaron de mis compañeros para
ponerme cama de paja limpia en un cuartucho que había sido troje, a juzgar por las trazas, donde me aviaron la gamella con abundante salvado y patatas cocidas. Un sibarita no habría podido esperar más.

Hoy ha amanecido la mañana gris ceniza bajo un cielo que sigue amenazando lluvia. Eso me ha abatido mucho el ánimo. Muy pronto he oído ruido de motores, agitación en la casa y a los granjeros dar indicaciones de donde me tenían guardado. Entonces han venido a buscarme para subirme a un camión sucio y maloliente, sembrado el suelo de estiércol y orines.

He caído junto a una cerdita de ojos pequeños, vientre bamboleante y hociquillo gruñón. Apenas hemos podido intercambiar cuatro ideas a matacaballo, porque enseguida hemos llegado a un edificio de puertas muy grandes donde nos han hecho salir.

Ahora estamos avanzando por un largo pasillo embaldosado de blanco. Las pezuñas se nos resbalan en el suelo y tropezamos unos contra otros. La cerdita rezongona ha estado a punto de caer dos veces sobre mí. Creo que estamos nerviosos, trémulos y, al menos a mí, me atenaza el pecho una sensación de desasosiego.

De la puerta que se abre al fondo del pasillo, hacia la que nos dirigimos, llega un olor a limpieza y humedades…


viernes, 15 de marzo de 2013

El primer beso



Conocí a Carlota siendo casi niños. Ella tenía catorce años y yo apenas había cumplido los quince.
Era esmirriada de cuerpo, tenía el rostro chupado, los ojos saltones, tras los labios finos y agrietados dejaba entrever una dentadura descabalada y era maravilla verla sostenerse sobre los juncos de sus piernas. Pero desde que la vi sentí la necesidad imperiosa de besarla.
El verano siguiente dio un cambio portentoso y, de pronto, se transformó en mujer. Se le abultaron los pechos como dos naranjas en sazón, sus caderas adquirieron redondeces morbosas, los ojos se le acomodaron en una cara pletórica de luz, semejante a la luna llena, y los labios le cambiaron a dos fresas sonrosadas. Hasta los dientes se le alinearon mostrando, al sonreír, una hilera de marfiles deslumbrantes. Y mis deseos de besarla aumentaron. En el silencio de la noche se me alborotaban las ideas; los fantasmas de la imaginación me embarullaban el entendimiento, perdiéndome en un fanal de sonrisas luminosas y labios temblorosos que se llegaban a los míos, pero sin rozarlos.
No era fácil encontrar un momento para estar a solas con Carlota y, cuando lo hallaba, era tal mi azoramiento que no atinaba con las palabras; hasta los brazos se me hacían huéspedes, empapado de rubores y vergüenzas ante la risa burlona con que ella acogía mi turbación.
Uno de los días, después de mucho ensayarlo ante el espejo, se lo solté de sopetón:
- Carlota, necesito besarte.
Soltó la carcajada más argentina que había oído yo hasta entonces.
- Lo harás, querido, lo harás a su tiempo-, me dijo sin dejar de reír, desnudándome alma y cuerpo con la mirada.
Aquel querido me embargó de alegría por unos instantes, pero fue esperanza vana porque, enseguida, me desinflé como se desinfla el globo al que le pinchan con un alfiler. El suyo no era un querido de enamorada, ni siquiera un querido afectuoso. Era, sencillamente, su forma de hablar. Llamaba querido a todo el mundo y yo no era la excepción.
Una tarde bochornosa de esas que invitan a perderse bajo el ramaje de las enredaderas y sentir en la piel el frescor de la hierba, nos encontramos sentados frente a frente, en un parque de la ciudad, disfrutando de abrumadores silencios. Carlota me miraba con picardía. Sabía de mis deseos, me adivinaba el pensamiento. Yo había tomado sus manos entre las mías y jugueteaba con ellas. Tenía los dedos finos, las uñas arregladas imitando nácares afilados y la tersura de su piel excitaba mi imaginación. Posé los labios en el torso de su mano derecha, luego la volví para besarle la palma. Me sentía el hombre más dichoso de la tierra, pero para ver completa mi felicidad tenía que besar sus labios rojos, húmedos, deseables y entreabiertos.
Tiré de ella hacía mí hasta acercar mi rostro al suyo.
- Querido, eres demasiado impetuoso-, deslizó las palabras en mi oído.
Entonces, llegó un airón acompañado de ruido ensordecedor. El viento rugió entre el ramaje y el vendaval desgajó aquí y allá las ramas de los árboles, haciéndolas caer a nuestro alrededor. Un pandemónium de gritos y carreras lo llenó todo. La muchedumbre se abalanzó sobre nosotros arrollándonos. Cuando quise darme cuenta, a Carlota la había arrastrado el gentío y corría, a lo lejos, presa del pánico. Quedé de pie mirando como un estúpido las carreras que se sucedían en torno mío. No ocurría nada. La histeria se había apoderado de la multitud, pero no ocurría nada. Si acaso, había perdido otra oportunidad. El viento siguió soplando unos minutos, luego se apaciguó y una calma ominosa y siniestra invadió el parque.
Estaba solo con mi desencanto, y lancé un grito horrendo para descargar todas mis iras y golpeé el tronco del árbol más cercano hasta dejarme en él los nudillos y terminé de desgajar una enorme rama que el viento había dejado columpiando.
La siguiente ocasión se me presentó cuando me gradué en la Universidad. Pedí a mis padres permiso para llevar a casa a un grupo de compañeros e invité también a Carlota. Estaba preciosa. Desde que entró no tuve ojos para ninguna otra chica que no fuera ella. Me deshice en cumplidos, le agradecí su asistencia, pero tuve la fatal ocurrencia de presentarla a mi madre. ¿Congeniaron como no era posible que lo hicieran en tan poco tiempo o, simplemente, me eran contrarios los hados? Durante horas se retiraron a una habitación de la casa donde hablaron de cuantas naderías es posible hablar sin perder el hilo de una conversación insustancial y tonta. Reían a ratos, daban a su rostro un tono de seriedad caótica, otros, y se abrazaban de cuando en cuando mientras giraban dando pequeños saltitos.
Yo no entendía nada. Me sentía transportado a un mundo irreal. Desde la puerta, le hacía a mi madre señas de que dejase a Carlota, pero me miraba sin entender y me contestaba con extraños visajes preguntándome qué quería. Luego supe que, en algún momento de aquella conversación, había dicho con mucha seguridad:
- Carlota, encanto, creo que tengo un hijo idiota.
No me fue posible acercarme a Carlota en toda la tarde ni a lo largo de la noche y ya no pude hacerlo en mucho tiempo. Los caminos de Carlota y los míos se separaron de madrugada. Mis padres me metieron en un avión y aparecí, horas después, al otro lado del Atlántico donde me esperaba un caballero, vestido de negro, de aspecto encorsetado, al que jamás vi sonreír en el lustro que compartí con él el trabajo.
La empresa a donde fui enviado era filial de una filial asociada al bufete familiar y el señor de luto con cara seria, el director encargado de enseñarme los entresijos y mañas del oficio. Debí ser buen discípulo, pues a los cinco años consideró mi padre que estaba lo suficientemente preparado para hacerme cargo del departamento que atendía los asuntos financieros del bufete por lo que me ordenó volver.
Apenas llegado, recibí notificación del casamiento de Carlota. La boda fue de empaque. Cuando acudí, invitación en mano, un individuo con pinta de mayordomo británico, que anunciaba a los invitados engolando mucho la voz para ser oído por encima del murmullo generalizado, me hizo los honores. El novio era un hombre menudo, rechoncho, de brazos cortos que pugnaban por darse la mano inútilmente abrazando una barriga trazada a circunferencia. Los ojillos le bailaban en las órbitas como dos planetas menudos que se le hubieran incrustado bajo la frente y la cabeza parecía pegada al cuerpo, directamente, sin adminículo alguno parecido a cuello. Hablaba en susurros, mantenía prietos los labios al hacerlo, mientras saludaba a los invitados alargando una mano blanda semejante a una gigantesca ameba.
- Carlota, ¿dónde has encontrado eso?-, le pregunté a mi amiga cuando, por fin, pude aislarme con ella en la pista de baile. Soy un bailarín pésimo, lo reconozco; la pieza que destrozaba la orquesta parecía una mazurca, pero yo estreché a Carlota entre mis brazos y bailamos a ritmo de vals que se me daba mejor
- Es un riquísimo financiero. Chasquea los dedos y le manan dineros de las manos.
Mientras danzábamos percibí en sus ojos el brillo alegre de las joyas, las mansiones, los yates, la vida holgada y despilfarradora. Ella debió ver en mí la existencia miserable del hombre que mendiga un beso sin conseguirlo, porque me sonrió con picardía, redondeando los labios en ademán de lanzarme uno, pero lo dejó morir a las puertas.
Cuando terminó la mazurca, un invitado se acercó a nosotros y me la arrebató. Estaba esplendorosa, bellísima, pero no como lo están las novias el día de su boda. La belleza de Carlota no cabía en esos esquemas protocolarios. Estaba bella porque lo era y en su boca había una invitación a ser besada. O eso me parecía.
De madrugada la fiesta languideció, los invitados fueron despidiéndose, yo entre ellos. Apreté la mano untuosa del novio y la cálida y sensual de ella, fija mi mirada en sus labios.
- Algún día, querido-, me pareció oír su voz en un susurro.
Al salir de la casa trastabillé borracho de emociones. Con el ánimo zarandeado por sensaciones dispares, me subí el cuello del abrigo para defenderme del relente y desaparecí calle abajo en la humedad del amanecer, tratando de sonreír, aunque fueran sonrisas ensangrentadas.
Tardé cuatro años en volver a tener noticias de mi adorada obsesión. El aviso me llegó de forma brutal a través de una llamada telefónica. Un extraño virus, con el que los médicos disculpaban su desconocimiento de la enfermedad, se le había alojado en los intestinos y la estaba comiendo por dentro.
- No conoce. No habla. Se muere-, me aclaró el marido apenas llegué a la casa.
La habitación era un colosal mausoleo en cuyo centro se levantaba el catafalco de columnas salomónicas. Aquel estúpido gordinflón la había enterrado en vida. Los crespones desvaídos del dosel contrastaban dolorosamente con la piel cerúlea de Carlota. Tenía la calavera afilada, hundidos los ojos en dos cavernas insondables y no se percibía ya la respiración agitada de la muerte bajo la holanda de las sábanas. Me acerqué al bulto con pasos apagados, igual que se hace en los cementerios cuando amortiguamos la voz y sosegamos los movimientos como si temiéramos despertar a los muertos.
- Ha llegado el momento, querido. Puedes besarme-, creí percibir como un rumor.
Posé mis labios sobre los suyos, pero no llegué a apretarlos pese al deseo. Aquellos no eran los labios frescos de Carlota. Los tenía viscosos, fríos, terriblemente fríos, como el viento que arrastra la hojarasca sobre las piedras del camino y la amontona contra la cuneta y viscosos, a semejanza de un reptil antediluviano.
Me retiré con el espanto de haber besado a la muerte.
- Esta muerta, está muerta-, lloriqueó el marido a mis espaldas, mientras salía de la casa.

jueves, 21 de febrero de 2013

Cadenas de libertad



Las sombras y las luces jugaban a dibujar espectros. A través de las cortinas, los neones rasgaban la oscuridad y creaban en la habitación una atmósfera irreal donde los colores se entregaban a la fantasía.

Enseguida vendría el hombre o lo traerían hecho un guiñapo, como sucedía a menudo cuando se pasaba con el alcohol y terminaba semiinconsciente en la habitación de cualquier prostíbulo del extrarradio. En estos casos lo arrastraba hasta la cama, le quitaba los zapatos, la chaqueta y, en ocasiones, la camisa. A más no llegaba. Las náuseas de ver aquel despojo le impedían seguir. El olor a sexo y vino barato que emanaba de las ropas la descomponían.

Lo dejaba solo, se encerraba en la habitación contigua y empezaba a llorar. Lloraba hasta que el sueño la vencía y se quedaba dormida en posición fetal, como un ovillo desmadejado. Despertaba con las primeras luces. Un silencio, que se le antojaba siniestro, dominaba la casa. Se duchaba, se vestía y preparaba dos desayunos. Uno se lo tomaba ella y el otro lo dejaba allí para cuando él se levantase. Lo haría a mediodía o quizá por la tarde, en cualquier caso exigía tener preparado su desayuno, la única comida que hacía en casa. Entraba en la cocina rezongando como un idiota, extraviada la mirada, inseguro el paso, braceando para asirse a los muebles. Comía un puñado de galletas, desmigándolas sobre los pantalones, después tomaba la taza con las dos manos y sorbía el café con leche haciendo mucho ruido; de seguido se quedaba sentado, perdida la mirada en las fachadas de los edificios de enfrente, en espera de la noche para volver a la taberna y de la taberna al arroyo. Buscaría una mujer y holgaría con ella dando rienda suelta a sus más desordenados apetitos, para volver a comenzar la espiral eterna en que se había enredado. Ella también se había visto atrapada en aquella trampa de alambres invisibles, trampa tenebrosa de la que querría salir pero no se atrevía por la violencia extrema del hombre.

Catedral de Santo Domingo de la Calzada.
Cuando lo conoció era una real hembra, aunque de baja estofa. Andaba picoteando de pesebre en pesebre, buscando el dinero fácil que le proporcionaba la rotundidad de sus formas, algo más que alegorías, como acostumbraba a decir.

No llegaba a prostituirse. Era solamente un juego casquivano de miradas, sonrisas, caricias hasta donde la censura permitía y algún beso robado en la espesa atmósfera de cualquier cafetería. Como acompañante era presa disputada entre hombres de negocios, solteros irredentos y caballeros necesitados de compañía. Dejaba siempre claro hasta dónde había de llegar la relación contractual, pues así consideraba el intercambio de servicios que hacía con su cuerpo, y en ese convenio nunca aparecía el acto sexual directo, a lo sumo alguna frivolidad de entrepierna.

Hasta el día que apareció él. Ahora no se le alcanzaba qué le vio de especial para encoñarse como lo hizo. Quizá su apostura, su cuerpo de héroe heleno, sus modales de caballero medieval. Cuando lo vio la primera vez pensó que el pantalón de raya perfecta y la impoluta chaqueta de espiga eran meros adminículos que estorban la contemplación de la elegancia innata de su cuerpo. De aparecer desnudo, su apostura justificaría la insolencia y lo haría admirable. Estaba de codos, sobre la barra, al fondo de la cafetería, perdido en la confusión de sombras que emanaba de un pasillo oscuro abierto a sus espaldas.

Le observó tras la neblina tenue del humo de los cigarrillos como se observa el decorado de un escenario donde va a representarse una obra capital, con el carisma y la unción ceremonial precisa. Le sonrió, devolvió él la sonrisa, y discutieron las condiciones del contrato, saltándose las reglas contractuales. Arriba había habitaciones y apalabraron una, entregándose a la más feroz de las lubricidades. La rabia sexual tantas veces retenida en los escarceos con cien hombres, afloró con la fuerza de un tornado demoledor e instó, exigió, tomó y robó hasta quedar exhausta. Hablaron luego de pasar por el juzgado y a poco quedó atada, para su pesar, con anillos de hierro que no de oro.

Porque pronto había de ver su equivocación. La distinción y el cuerpo que le habían cautivado eran fachadas de adobe. Bien armado de cintura para abajo, iba siempre pendoneando tras las mujerucas del barrio y a poco de vivir juntos se lo encontró un día mancillando el lecho conyugal con la pelandusca del cuarto, una mujer picada de viruelas que tenía a su favor ser ojituerta y patizamba.

- ¿Me engañas con semejante horror?-, le apostrofó con lágrimas en los ojos.

El hombre saltó de la cama, envuelto en una toalla para mantener el orgullo de la desnudez a salvo, y le cruzó la cara de un manotazo. Luego, se encamó, de nuevo, con la virolenta y la ignoró.

En otras dos ocasiones trató de revelarse con el mismo resultado de bofetadas y golpes. Después empezó la degradación de ambos. El alcohol, alguna droga de poco calibre y compañías femeninas de desecho dieron al traste con tanta apostura y virilidad, mientras ella se hundía en su propia ignominia, en el miedo y en la aberración de la rutina.

Esta noche no sería distinta. Sólo cambiaría la hora de llegada. Si llegaba pronto, le cedería el lecho e iría a acostarse en la otra habitación. Si llegaba de amanecida dormiría tranquila en su cama. Podía trasladarse a la sala de al lado definitivamente pero había decidido hacerlo sólo cuando estaba él. Al fin y al cabo aquella era su cama y tenía derecho a ella cuantas veces pudiera disfrutarla en soledad, era lo único que le quedaba de la antigua dignidad: el disfrute de su colchón, de sus sábanas, de su manta, de la colcha raída. Pero no quería compartirlo con el bestia del marido, ello la habría hundido en una iniquidad insoluble. Unos miserables grumos de decoro se lo impedían.

Pensando en todo esto la invadió un agradable sopor y se sintió flotar en un lecho de nubes algodonosas.

En el sueño que le sobrevino se encontró en un mundo de animales disformes de dos y más cabezas, tres rabos, siete patas y sonrisas disparatadas que acompañaban de gorjeos. Las personas iban y venían entre aquellas bestias sin prevención ni cuidado, corrían a sus quehaceres y se saludaban con mucho aparato de abrazos y zalemas, deseándose parabienes sin cuento. Todos parecían felices, sólo ella sufría enormemente. Al principio no supo por qué, pero en seguida se fijó que gruesas argollas, unidas a unas pesadas cadenas, se cerraban en torno a sus muñecas y tobillos haciéndole penoso el caminar.

Alguno de aquellos animales se acercaba a ella y la olisqueaba con impudicia. Un hombre alto, de porte distinguido, se arrimó con displicencia. Sonreía de oreja a oreja y saludaba a su alrededor haciendo molinetes con el sombrero de fieltro.

- Señora…-, le dijo con una inclinación exagerada de cabeza. Y sin dejar de sonreír le buscó los pechos.

Al retroceder, para rehuir las caricias, tropezó con un monstruo de cuerpo abotagado, sin patas, que reptaba ayudándose de una lengua viscosa y acerada.

- Querida…-, silbó el asqueroso reptil.

- Me dais asco. Os detesto-, chilló ella.

- Eres bella, muy bella. Te deseamos-, exclamaron mil voces al unísono, llenando de ecos la pesadilla.

- Ni por pienso. Antes me arrojaría a ese abismo.

Roncesvalles.
El abismo acababa de aparecer a su lado. Era una sima tenebrosa de la que no se adivinada el fondo y, sin saber cómo, le vino a mientes arrojarse a ella antes que servir de diversión a los seres de aquel mundo onírico. Sintió un viento fuerte que la empujó y empezó a caer, una caída que se le antojaba sin fin. No supo cuando llegó al fondo, ni si hubo fondo donde pudiera detenerse. La situación era confusa. Alguien orquestaba los acontecimientos desde más allá del sueño porque hubo un repique de trompas, tubas y cuernos dirigido por una batuta que danzaba enloquecida, y que apuntaba a un trombón enorme con forma de boca de volcán del que salían arpegios roncos, a intervalos. De pronto, el trombón rugió apagando los sonidos de los demás instrumentos y sintió un dolor insufrible en muñecas y tobillos.

Las cadenas se habían roto. Cada eslabón rodaba por el suelo y los grilletes se desmenuzaban como arena mientras los horribles personajes del sueño huían despavoridos.

Unos golpes intempestivos, acompañados de voces, pidiendo que abrieran, la despertaron. Se sentó en la cama y escuchó con atención. Era su bestia, tan monstruosa y aborrecible como las del sueño. Dejó que siguiera golpeando la puerta y gritando mientras repasaba los recuerdos y establecía paralelismos entre lo soñado y su vida. Las cadenas empezaron a antojársele de barro cocido. No tenían consistencia, eran frágiles como la loza. Podía rugir, bramar como el trombón, ser volcán incontenible, romper los lazos, ahora frágiles, de su opresor. Podía vencer sus miedos tal como había vencido a los espantos rijosos de la pesadilla.

A través de la ventana entraban las primeras luces del día difuminadas todavía por el temor de romper la noche. Se levantó y empezó a vestirse. Guardó luego unas cuantas cosas, las imprescindibles, en una maleta de esquinas abolladas y se dirigió a la puerta. La abrió. Un espectro demacrado, sucio y abominable ocupaba el vano.

- ¿A dónde vas?-, gangueó dirigiendo una mirada extraviada a la maleta.

- Tienes las cadenas sobre la cama-, le respondió la mujer.

La estupidez del rostro del hombre se tornó más estúpida aún si cabe, al no entender nada de lo que sucedía. Cuando quiso reaccionar estaba solo frente a un desierto de paredes, puertas y ventanas.

La mujer se detuvo un segundo en el umbral antes de encaminarse con decisión hacia el infinito. La calle, acabada de regar, olía a nueva, a recién puesta, a escapada de la siniestra celda donde había estado presa durante la noche. Como ella.

lunes, 11 de febrero de 2013

Angel



No es que ser ángel colmase sus expectativas espirituales. En realidad ni se había planteado semejante posibilidad. Fue un pensamiento pasajero desechado al momento por inoportuno. Agitó la cabeza con violencia imprimiendo a sus hermosos cabellos rubios un movimiento giratorio de voluptuosidad ingrávida y lo dio al olvido. Pero la idea obsesiva de su eventual transformación en un ser incorpóreo siguió acompañándole en días sucesivos con tan  machacona insistencia que empezó a hacérsele insoportable.

Aquella madrugada volvía de fiesta con unos amigos cuando la fría cuchillada de la noche se le clavó en el cuarto espacio intercostal izquierdo y se detuvo son un gesto de dolor. Al momento no le dio importancia, pero el dolor se le reprodujo en los días siguientes y acudió al médico con miedo.

La habitación donde le metieron olía a asepsia y a sustancias narcotizantes. Le habían vestido con una bata azul pálido a la que le faltaban los botones, lo que dejaba su pudor muy mal parado. Continuamente tiraba de este extremo o de aquel, pero si tapaba el pecho dejaba al descubierto la nalga y no le era posible centrarse en cual era la parte más comprometida de su anatomía a la hora de cubrirla según la decencia aconseja.

Puti de la catedral de Burgos.
Al fin apareció la doctora, una mujer asexuada de gestos impersonales y formas rectilíneas, que le miró con desconfianza y desprecio. Se le acercó arrimándosele hasta hacerle sentir su apestoso aliento a desinfectante de hospital. Una vaharada le vino a la boca desde el estómago y estuvo a punto de arrojar la digestión del desayuno en la planicie interminable que se adivinaba bajo la impoluta bata blanca.

La doctora, ajena a todo este desarrollo metabólico, procedió a un exhaustivo examen en el que no faltaron presiones de una mano gélida, alguna punción, y carraspeos escondiendo connotaciones dudosas. Cuando terminó el reconocimiento se sujetó las gafas, que amenazaban resbalársele narices abajo en una pirueta suicida sin precedentes, a la vez que sentenciaba:

- Podría ser una cifosis deformante con curvatura anormal posterior en el plano sagital debida a procesos patológicos desconocidos.

Abelardo babeó ligeramente, sin entender palabra, y se le humedecieron los ojos. El hombre era un amasijo de ternura que, conmovido por la revelación, apoyó la cabeza sobre el hombro de la doctora, llorando amargamente, totalmente desmadejado.

- Estoy desahuciado, ¿verdad?-, preguntó entre hipidos.

- Si acaso condenado a lucir una giba de dromedario, pero nada grave que no pueda solucionarse con cirugía.

La vida volvió al cuerpo de Abelardo cuando oyó estas palabras de esperanza. Miró con dulzura a la mujer y le estampó dos sonoros besos, uno en cada mejilla. Estaba exultante, tenía ganas de saltar, de gritar, de proclamar al mundo su felicidad. ¡Había pasado tanto miedo pensando en una carencia cardiaca! Y resultaba ser una mera corcova…

Se fue a casa a esperar acontecimientos. El tiempo diría si era necesario entrar en el quirófano o la enfermedad se enquistaba en sí misma quedando todo en un susto.

Pero volvieron las obsesiones angelicales, ahora acompañadas de pesadillas en las que se veía volando por el empíreo en compañía de angelotes de sonrosada tez y brazuelos regordetes que entonaban aburridísimas canciones de alabanza al Creador.

Pensó, entonces, si no se le estarían trastornando las entendederas y acabaría deambulando por las calles haciendo tonterías y diciendo memeces que harían reír a todos entre mofas y escarnios. Porque aquella era locura y no pequeña de la que debía desprenderse cuanto antes. Y así andaba, un día, con la preocupación de terminar cheposo y otro con la de volverse orate, sin acertar a quedarse con ninguna, pues las dos le parecían terribles.

No conocernos nos desinhibe y libera de prejuicios. Esto pensó Abelardo y trató de emplearse en mil ociosidades haciendo lo posible por olvidarse de sí mismo, convertirse en un desconocido, llevándolo a extremos tan ridículos como mirarse en el espejo y negarse una y cien veces, teniendo la imagen reflejada por la de un perfecto extraño. No recibía visitas por considerar, a cuantos se le acercaban a saludarle, personas nunca vistas y negaba ser Abelardo o haberlo sido alguna vez si acaso habían existido Abelardos en el mundo.

Resultó todo vano, porque a los sueños de los rubicundos angelotes sucedieron enseguida cambios anatómicos que le hicieron volver a la realidad. Duchándose uno de los días se reconoció a la altura de los omoplatos unas nacencias que, a poco, rompieron la piel y, conforme crecían, se cubrían de plumón suave y menudo con lo que ya no le quedó duda de estar convirtiéndose en ángel.

La doctora de las gafas suicidas le invitó a resignarse con su destino por no ser posible operar lo que no era enfermedad ni anomalía anatómica, pues, le dijo, es propio de un ángel tener alas en las espaldas bien sujetas a los omoplatos y operar sería ir contra la naturaleza de las cosas. Por ello debía avenirse a lo que el destino le deparaba y ser ángel con todas las consecuencias como otros son perros, vacas o aves sin oírseles queja alguna por ello. Si, después de todo, aún quería querellarse debería hacerlo a instancias celestiales donde correspondía el caso según se estaba viendo por las plumas y todo lo demás.

- ¿Qué sería si todos nos mostrásemos disconformes con nuestra natural apariencia y quisiéramos ser distintos a como hemos sido destinados? ¡Aviados estaríamos!-, terminó diciendo mientras abría la puerta de la consulta mostrándole la calle.

Detalle de retablo sobre tabla  de la iglesia de San Nicolás. Burgos
A partir de aquel día Abelardo se resignó a la metamorfosis que sufría, pero vinieron a perturbarle nuevas cuestiones derivadas de ella. Una, no poco importante, a su juicio, fue la de la sexualidad. Por ser los ángeles andróginos, según tenía leído, temía con razón que le habrían de desaparecer los atributos o, en todo caso, quedar dueño de un péndulo inútil como badajo sin campana que tañer.

Tomó por eso costumbre de vigilar con tiento los testigos de su naturaleza, y los saludaba con alborozo cada mañana al hallarlos donde les correspondía. Luego realizaba una inspección más minuciosa en que, ora se mostraba contento de su pujante virilidad, ora le invadía la congoja tanteando lacios despojos, según el estado de ánimo que mostraban tan caprichosos compañones.

Otra preocupación, no menos grave, fue la de la incorporeidad. Se miraba en el espejo tratando de adivinar grietas, honduras o escapes de materia en la masa sólida de su cuerpo, porque si había de ser ángel pronto o tarde se desprendería de la grosera corteza animal para adquirir el estado difuso común a todo espíritu. 

A esto dedicó mucho tiempo en vano, pues no veía ningún cambio en las carnes ni en la grosura por lo que pensó si no sería que al mudar de consuno la totalidad de su cuerpo todo pasaba de material a inmaterial, de corpóreo a incorpóreo, tanto más que, tonándosele quintaesencia también la mirada, no podía apreciar en sí mismo ninguna transformación.

Tanteaba a veces una puerta o un tabique por ver si lo podía atravesar, pero se le resistían sin remedio.

- ¿Y si fuera falta de intento?-, pensó.

Así, un día, tras darle muchas vueltas al caletre, dijo llegado el momento de probar y se arrojó en tromba contra una de las paredes de la casa, quedando empotrado contra ella, esbozada su anatomía en el yeso.

Después de aquello pasó varios días en cama con el cuerpo como colegio de cardenales, un brazo en cabestrillo y varios dientes de menos. Sus comienzos angelicales no habían podido ser menos afortunados.

Obligado a permanecer inactivo hasta la recuperación siguió dándole vueltas al asunto hasta venir a caer en otra idea no menos descabellada que decidió llevar a cabo desde aquel mismo instante: sublimarse en una catarsis absoluta.

Se embebió en profundas meditaciones de sublime intrascendencia. Buscó el karma en los entresijos acusadores de su conciencia y decidió no perturbar en adelante su espíritu con groseros alimentos con lo que vino a negarse a tomar cualquier comida por no ser ello propio de un aspirante a ángel. Y como viniese a debilitarse y enflaquecer hasta extremos que parecía, ciertamente, más espíritu que materia, fue obligado a comer, pero tan pronto como quedaba solo, se provocaba arcadas con los dedos índice y corazón para arrojar el contenido de su estomago en medio de convulsiones grotescas. Quedaba entonces pálido como la cera, con la mirada perdida, lo que le daba el aspecto catártico que tanto convenía a su angelical estado.

Estuvo al borde la muerte y ello le avivó el seso y le hizo recapacitar aviniéndose, por último, a compaginar ambas esencias, humana y etérea, y se dejó alimentar y comió y engordó retomando en poco tiempo el aspecto saludable que siempre se le había conocido.

Aunque ser ángel le obligó a arrastrar una vida mediocre, escondida, perseguido siempre por la curiosidad y la burla. A más de las muchas horas que todos los días había de dedicar a mantener tersa la albura de las plumas con aceites y ungüentos que se procuraba.

¡Y para lo que le servían! Jamás consiguió remontar el vuelo con ellas.







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domingo, 13 de enero de 2013

Josafat (trilogía)



Incertidumbre.  (Primera entrega).

Buscó con ahínco en el inhóspito desierto, en las selvas lujuriosas, bajo tierra, asomado a la bocana del infierno.
Pero era el único superviviente y sólo encontró su imagen reflejada en el espejo de las aguas.


La llamada del instinto. (La saga continúa).

Se avitualló de esperanza antes de comenzar el incierto éxodo bajo la mirada solícita de las arpías.
Una perversión incontrolable le empujaba hacia su destino.


Los dioses tienen la palabra. (Exterminio final).

Si alguna vez existió el Edén estuvo allí, el lugar adonde le habían conducido sus trémulos pasos. Plácido, silente, al abrigaño del musgoso murallón que detenía los fríos del norte
- Arroja tu semilla en la tierra-, le dijo la voz-, y tu descendencia será innumerable.
Obedeció ciegamente, desperdiciándola en vano, porque no había mujer que la recibiese y ello aceleró su propia destrucción.
Fue el último humano que acarició los musgos de la escarpadura, luego las arpías se aburrieron mortalmente.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Incidente en el autobús



Subí en mi parada habitual, a la hora de siempre.

Está al principio de línea y es fácil sentarse. Luego el autobús se llena rápidamente y la gente empieza a apelotonarse riñendo por un asiento.

Como todos los días busqué sitio cerca de la puerta de salida. Yo me bajo en el centro y allí llega el autobús abarrotado. Si te pilla la parada en los pasillos tienes que movilizar a todos los viajeros, abrirte paso entre empujones y disculpas hasta la puerta, algo que me incomoda sobremanera.

Iba, pues, plácidamente sentado. La mañana era luminosa, alegre, lucía un sol esplendoroso caldeando con sus rayos el ambiente primaveral. Me proponía dar un paseo, para serenar mi espíritu, desde la plaza donde me dejaba el autobús, hasta el parque, siguiendo el curso del río, aguas abajo.

Atrás fueron quedando los bulevares amorfos de la ciudad moderna mientras el autobús brujuleaba por calles cada vez más estrechas, llenas de coches aparcados y bicicletas disputando un palmo de acera a los peatones.

Cuando arrancó el autobús de la parada anterior a la mía, me levanté. Frente a mí tenía a una señora de edad mediana que acababa de subir. Esbocé una de esas sonrisas de comprensión con que pretendemos disculparnos sin haber motivo para ello indicándole con un movimiento de cabeza el asiento que dejaba vacío.

- ¡Oh, no, caballero! No lo permitiré. Siga usted sentado-, y apoyó una mano en mi hombro empujándome contra el asiento.

- Señora, yo…- empecé a decir.

- Ni por asomo-, insistió ella-. Quedo agradecida pero el asiento es suyo.

Y me presionó de nuevo en el hombro. El autobús había llegado a mi parada. Las puertas estaban abiertas y yo aprisionado entre la butaca de plástico y el prominente vientre de la pasajera. Fue entonces cuando advertí que se hallaba en estado de buena esperanza, aunque aún no muy avanzado. En esta tesitura dudaba si alzarme y empujar a la mujer para abrirme paso hacia la puerta, lo que podría ser considerado como una descortesía, o explicar los motivos por los que deseaba levantarme, pero para entonces ya se había puesto en marcha el autobús.

Azorado por las circunstancias volví a insistir: Si me permite señora…

- No, no le permito y debería ser menos machista-, fue la contundente respuesta.

¿Machista? ¿Por qué? ¿Qué había hecho para merecer semejante consideración? Varias mujeres de la más variopinta condición se habían arremolinado en torno a nosotros. Una mascaba chicle, marcando mucho las mandíbulas, mientras me dirigía una mirada de enojo. Otra que taponaba con su colosal humanidad la totalidad del pasillo refunfuñaba algo por lo bajo y hacía gestos hostiles en mi dirección en tanto media docena más apoyaban con gestos y murmullos a la embarazada.

- Si me dejan explicarme…-, me atreví a insinuar.

- Son todos iguales-, exclamó la masticadora de chicle-. Piensan que pueden humillarnos con sus favores. ¡Cómo si no tuviéramos dignidad!

E hinchó una enorme pompa que le estalló sobre la nariz.

La señora gorda se removió entonces tratando de escapar de las barras que la aprisionaban, alborotando todo el autobús. Al fin pareció encontrar acomodó para dirigirme una perorata incomprensible. Hablaba con ahogo, se le escapaba el aire por los dientes ralos y jadeaba al final de cada frase como si fuese a expirar en brazos de las demás mujeres.

- ¿Le gustaría, caballero, caso de ser usted el embarazado que, por el solo hecho de serlo, se le ofreciese asiento como si estuviera impedido?-, dijo sosegándose un tanto para que se la entendiera. Luego se volvió a la embarazada para continuar: Sí, hija, sí, piensan los hombres que si estamos embarazadas no servimos para nada y hemos de quedarnos en casa inútiles y desvalidas.

Un coro de voces se alzó apoyando sus palabras, mientras me zahería a degüello y daba muchas razones por las que debía callarme, abrir la boca sólo cuando debiera y no dejar en tan mal lugar a una mujer por el mero hecho de hallarse en estado quién sabe por qué hombre, que esa era otra historia pues a lo mejor había que mirar en ello y averiguar si no era una preñez forzada.

Traté de defenderme alegando inocencia, pues si alguna persona había allí, en aquel instante, verdaderamente embarazada, era yo por mi mala suerte, pero se alzó el grupo de voces femeninas protestando y hasta una pandilla de chicas jóvenes, al fondo del autobús, pidió al conductor que parase y me obligara a bajar, pues no les era cómodo a ninguna de las mujeres presentes ir en compañía de un hombre que albergaba semejantes sentimientos hacia ellas.

- ¡Qué más quisiera que poder bajar!-, pensaba yo en mi ánimo viendo cómo el autobús se alejaba del centro y entraba en los sórdidos suburbios del extremo opuesto de la ciudad, siendo inútil cualquier intento de levantarme del asiento aunque fuera eso lo que pedían ya todas las mujeres e incluso algunos hombres que se les habían unido en sus demandas y me echaban en cara el flaco favor que, con mi actitud, estaba haciendo al colectivo varonil.

Cuando llegamos al final de línea me sentía abrumado, trémulo, perdido, desbordado por un súbito desconcierto. Me hundí en el asiento mientras los viajeros desalojaban el autobús entre miradas torvas, ademanes despectivos y alguna obscenidad. Fue el conductor quien me advirtió de la última parada.

Bajé. Traté de orientarme en aquellas callejuelas desconocidas y empecé a andar.

Nunca he vuelto a tomar un autobús.