sábado, 2 de noviembre de 2013

Somos como somos



Siempre lo mismo. Astucia incontrolada e incontrolable. Las idas se hacían eternas, las venidas jamás llegaban a cumplirse. Y el bochorno no ayudaba a despejar la desidia de los agosteros apoyados en los varales.
Era el infierno. Sólo lo sabían quienes baldaban sus cuerpos recogiendo los granos desperdigados tras la siega. Eran mujerucas anónimas, agobiadas por la necesidad.
Desde la sombra afilada del mediodía los hombres burlaban con frases de desprecio a las hembras. Podían estar entre ellas las madres, las hijas, las esposas de cada uno de ellos, pero la necesidad de regocijarse superaba todos los pudores y barbotaban obscenidades.
La impudicia de sus lenguas era un tesoro demasiado precioso para desperdiciarlo en dialécticas de salón. Por eso disparataban a la carrera mientras engullían tasajos de pernil entre toque y toque al pellejo.
- ¡Rediós!
El juramento se mezcló en los labios del blasfemo con la gota de sudor que le corría por la mejilla.
- ¡Rediós! Mantengo que no hay hembra como la Remigia.
Se alzó un hombretón como un castillo y fue hacia el intrigante. La navaja, grasosa de tocino y adobo, restañaba su advertencia contra el sol.
- No es para tanto, ¡bordones!
- A la Remigia, no.
- Era broma.
- ¡No hay bromas con mi Remigia!
- Espera.
- Abrenuncio.
Y desapareció el acero en el cuarto espacio intercostal izquierdo del bravucón. Se dobló como un saco vacío y rodó por el suelo.

. . . . .           . . . . .           . . . . .

A la salida del cine el grupo de amigos alaba el buen hacer del director. Ninguno recuerda su nombre pero saben que se le mienta con unción en ambientes de culto. Es todo un personaje en el mundo cinematográfico. Hablar mal de él supone hundirse en el fango de la ignorancia, ser desterrado con la mediocridad.
Por eso parlotean y dicen palabras altisonantes aunque desconozcan su significado:
- ¡Hórrido!
- ¡Hierofante!
- ¡Enfurruñado!
- ¡Díscolo!
- ¡Cáustico!
- ¡Fétido!
- ¡Túrbido!
- ¡Antifonario!
Alguien expone una idea sobre el destino de los dioses griegos aupados en su mediocridad y todos le aplauden con entusiasmo, sin saber el por qué de semejante tontería.
Caminan dejando ronchas en las esquinas. La noche es lóbrega, como los sentimientos de culpabilidad del condenado a muerte que se dirige a su destino final, y no atinan por donde andan. A la luz del ventanuco que se abre en un piso bajo se dan las manos, abrazan, besuquean, despiden, toma cada uno, en fin, el camino de su casa.
- ¡Adiós!
- Buenas noches.
- Buenas…
- Con Dios.
- Abrígate que rezuma.
Arcadio es el más bajo del grupo. De edad imprecisa, entre cuarenta y cincuenta, columpia la pequeñez de su cuerpo sobre dos piernas entecas. Camina dando saltitos. Si hubiera un ápice de luz alguien podría confundirle con un saltamontes huyendo da la hembra depredadora.
Cuando se ha alejado de sus compañeros escucha con atención para cerciorarse de que está solo, antes de sacar una linterna eléctrica con la que se alumbra. No lo ha hecho hasta ahora por reserva. Buscar el camino en aquella caterva de callejuelas, ayudándose de una luz, habría sido humillante para su dignidad de pandillero. Todos ellos se ufanan de poder moverse en la oscuridad más absoluta. La lumbre es un recurso grosero para el taimado grupo de necios al que pertenece, pero ya a solas no le parece tan malo tener con qué guiarse en la negrura.
Camina seguro a la luz de la linterna. Al pasar junto a un solar oye alboroto de bufidos y roces. Dirige el rayo de luz hacia el ruido y ve varios ratones correr, perseguidos de cerca por una pareja de gatos.
- ¿Los alcanzarán?
Pero los ratones huyen por un horado desapercibido en el muro del fondo. Los dos gatos quedan chasqueados y durante unos instantes cambian acaloradas impresiones justificando la pérdida de la caza con maullidos y zalamerías. Al fin, el que parece llevar la voz cantante zanja la disputa con un bufido y se van.
- Otro día caerán-, piensa Arcadio.
Cuando llega a casa se le asienta en los pechos una cólera silenciosa. Su espíritu semeja un mar agitado por la galerna. El orden, su orden, ha sido agraviado. Los libros descansan en las estanterías, el fregadero está vacío de los platos con restos de comida de siete días, el retrete huele a camomila, la inviolable capa de polvo, añosa como el edificio mismo, ha desaparecido.
Mira abobado. De detrás de un biombo se desprende la figura de una joven. Cela la rotundidad de sus formas con un aparatoso vestido difícil de describir, aunque a ratos parece ir desnuda de tan tenues las sedas. Semeja una ondina escapada del lago.
- He arreglado el piso.
- Lo has abominado.
- Estaba impresentable.
- No ha de venir la basca en esta tesitura, pues me abochornaría.
- Modernitos irredentos les diría yo.
- ¡Qué sabrás!
- Te conozco, Arcadio. Aborreces esas verrugas que le han crecido a tu pasividad de hombre.
- Son de los míos. Compañeros de farra.
- A vana fortuna te arrimas.
- Se exige un orden para ser alguien.
- ¿No eres alguien conmigo?
- También he de serlo con ellos.
- Amanerados todos.
- ¿Dices…?
- Ceban murmuraciones que en ti no cuadran.
- La gente respira sentimientos de envidia y los vomita. No han de tenerse en cuenta.
- Pero la gente suma. Y divide, que es lo malo, y cuando divide las honestidades quedan mal paradas.
- Eso es desaliño vecinal, mala peste de la convivencia.
- Murmuraciones que envenenan.
- No nos hacen daño. Somos tan machos que despreciamos a las hembras… y a los murmuradores. ¿Qué hay de malo en ello?
- La falsía.
- Nunca nos verán con mujeres. Sólo vino y tabernas.
- ¿Por qué, entonces, te me arrimas?
- Tú no eres…
- ¿Hembra?
- Hembra soberana eres. Quise decir…
- Olvido de tu terquedad diaria.
-  Sí.
- Es algo.
- Es mucho.
- Mañana…
Una mano apaga la luz y se deslizan las sábanas del lecho.
¡Al diablo la parva jaranera! Mañana será otro día. Vendrá con su ración de vasallaje tribal a la comuna, veneración al cine de culto, trompicones contra las esquinas en la oscuridad buscada, alboroto libreril en las estanterías, restos del desayuno en tazas y cubiertos.
Y los gatos volverán a la greña con los ratones. Corridas, maullidos, silencios...
Pero eso, mañana. Ahora es tiempo de una noche tremenda, plagada de presagios.
Somos como somos, difíciles de cambiar.

sábado, 12 de octubre de 2013

Roberto



Roberto es sentimental por naturaleza. O lo era. Quizá lo sea todavía, aunque después de lo ocurrido hoy no lo tiene muy claro.
Comenzó todo esta mañana cuando salió de casa. A la vuelta de una esquina se encontró con el crío. Gimoteaba, sentado en suelo, preso de espasmos.
- ¿Qué te ocurre, pequeño? ¿Te has perdido?
El niño clavó en él los ojos, enrojecidos por el llanto. Tenía las mejillas húmedas, cubiertas por churretes de un moco amarillento que se había restregado con la mano. Las pupilas, abiertas al miedo, reflejaban la angustia que debía sentir ante su desvalimiento. Hipó un par de veces y alargó su manecita. Roberto le asió de ella y se dirigió a la comisaría más cercana.
El guardia era un hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido. Le recibió tras una mesa de madera a rebosar de papeles y hostilidad. Sin responder a su saludo le miró fijamente desnudándole el alma para descubrir al delincuente que podía albergar en su interior. Estaba acostumbrado a detener malhechores y los olía a distancia.
Roberto carraspeó inquieto.
- Traigo este niño-, acertó a decir.
- ¿No lo quiere?
- Sí, lo quiero, pero…
- Sin peros. Si lo quiere, quédeselo.
- … pero, no es mío.
- ¿Y si no es suyo por qué lo tiene?
- Me lo he encontrado.
- Eso dicen todos, pero habría que verlo.
- ¿Qué se ha de ver? Me lo he encontrado y vengo a dejarlo aquí.
- ¡Ah, si todo fuera así de sencillo! No, caballero, el niño lo ha traído usted. En tanto no se aclare la situación el niño es suyo y su abandono podría acarrearle graves consecuencias.
- Me explicaré, agente…
- Está claro. Sobran explicaciones superfluas. Usted tiene un niño, no lo quiere, lo trae para que nosotros nos hagamos cargo de él. Está clarísimo. Abandono de patria potestad. Veamos…
Y se aplicó a consultar un grueso manual de reglamento.
El pequeño seguía aferrado a la mano de Roberto. Miraba hacia arriba como una imagen suplicante de María dolorosa.
- Aquí lo dice-, el policía señaló con el índice un párrafo en la página abierta-. Artículo 154 y siguientes del Código Civil: relaciones paterno-filiales. Caballero, se ha metido en un buen lío.
- Pero…
- Los peros los dará usted al juez. Acompáñeme, señor. Y no suelte al niño de la mano o habrá de vérselas conmigo.
Los introdujeron a ambos en un vehículo policial. La sirena aullaba enloquecida mientras atravesaba la ciudad lo que hizo las delicias del crío a quien pareció escapársele el miedo del cuerpo y hundirse en un extraño trance de regocijo.
Les hicieron esperar en un cuartucho de dos por tres, sin ventanas, iluminado por un fluorescente en continuo parpadeo que dañaba los ojos. Al cabo de un rato apreció una matrona de formas rotundas en busca del pequeño. Luego empezó la larga espera. Roberto no supo el tiempo transcurrido. Pudieron ser minutos, horas, quizá días. Aquellas cuatro paredes le miraban ominosas, burlándose de su soledad.
Por fin fueron a buscarle para comparecer ante el juez.
Los jueces suelen ser hombres de catadura cetrina, rostro anguloso y mirada fría. Todo muy estudiado para amedrentar al acusado en las vistas preliminares, desarmarlo y conseguir una declaración de culpabilidad que evite procesos judiciales engorrosos. Pero Roberto se encontró ante un hombrecillo menudo, redondeado de vientre como una pipa de amontillado, ojos alegres, ademanes paternales y sonrisa a medio camino del perdón que, aupado en un estrado, ojeaba el legajo de su expediente por encima de unas gafas de montura de nácar.
- Caso curioso-, decía cada vez que pasaba una de las hojas-. Curioso, extremadamente curioso...
Cuando terminó la lectura se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz y preguntó:
- ¿Roberto Barquillo?
- Sí.
- Si, señoría-, corrigió el hombrecillo.
- Perdón. Sí, señoría.
El juez pareció sentirse inclinado a la benevolencia y sonrió.
- ¿Ha sido condenado alguna vez por rapto o secuestro?
- Nunca, señoría.
- ¿Robo con escalo?
- No, señoría.
- ¿Muerte dolosa?
- No, señoría.
- ¿Malversación? ¿Inmoralidad? ¿Perversión? ¿Dejación? ¿Estulticia? ¿Abulia? ¿Dengue? ¿Mal de bubas? ¿Ablación escrotal? ¡Responda! ¡Vamos, responda!
- ¡No, no, no, no, no! ¡Nunca, señoría!
- Ha dudado.
- No he dudado, señoría. Eran demasiadas preguntas.
- Preguntas sencillas, concretas, fáciles de contestar.
- Me han llegado en montón.
- ¿Diría que le he acosado?
- No osaría tal, señor juez.
- Pero sí osa desprenderse de un niño.
- Una criatura encantadora, señor juez.
- Criatura a la que quiere abandonar.
- No, ¡así me condene si lo hiciera!, jamás abandonaría a un ser indefenso. Pero, no es hijo mío.
- ¿Espurio?
- Lo he encontrado en la calle.
- ¿Recoge a cuantos niños se encuentra en la calle?
- No, señoría.
- ¿Y de quien es hijo?
- Debería preguntárselo a él, señoría.
- Se lo pregunto a usted. Usted lo ha traído.
- Necesita un padre. Necesita a sus padres.
- De quienes usted lo ha apartado.
- Lo he recogido.
- Con perversa intención.
- No tal.
- Eso se verá.
Un mazazo encima de la mesa dio fin al interrogatorio.
Ahora los han vuelto a encerrar a los dos en la habitación del fluorescente parpadeante. Al niño le han arreglado, lavado la cara y adecentado las ropas. Le han dado un pedazo de pan con chocolate que come, sin prisas, mientras mira a Roberto sonriente, con agradecimiento. Entonces se da cuenta el hombre de que lleva sin comer desde por la mañana y debe de ser ya muy tarde. El aguijonazo del hambre en el estómago se lo recuerda.
Mira al pequeño con envidia de pan y chocolate mariposeándole las tripas.
- Caso curioso-, murmura, por lo bajo, remedando el gesto concentrado del juez-. Curioso, extremadamente curioso…




sábado, 7 de septiembre de 2013

El concierto



El silencio, como plomo derretido, se abatía sobre los espectadores. Los hombres estiraban el cuello huyendo de roces almidonados, mientras las damas se afanaban en dar a sus pechos aire de picarona insinuación.
El trombón se acomodó con teatralidad y aplicó los labios a la boquilla.
Podía oírse el batir de las pestañas.
Vibró el primer acorde haciendo temblar las lágrimas de la araña que colgaba del techo. En algún palco, una mano de enamorado buscó el brazo de la amada y ambos se estremecieron.
Ahora el arpegio debía estallar como una erupción de notas ensordecedoras. El trombón hinchó los labios y se aprovisionó de aire pero al soplar sus intestinos tuvieron la ocurrencia de expelerlo por el conducto extremo y un trueno infamante arrebató la sala.
El amante quedó suspenso, la joven desilusionada, el maestro corrido y los espectadores joviales.
Un éxito de concierto.

jueves, 18 de julio de 2013

Un cadáver en descomposición



Vivo en un edificio anónimo aquejado de escrofulismo. Es de la época de los césares, quiero decir antiguo. Los vecinos de los pisos altos se desgañitan exigiendo ascensor, pero nadie les hace caso. A mí me da igual. Vivo en el segundo piso y me venteo a las mil maravillas.
Las escaleras tienen algo de siniestro. Por toda luz se bambolea, en cada descansillo, una bombilla moribunda en la que las moscas han dejado el pespunte de sus deposiciones  El crujido del maderamen augura el trabajo tenaz de las carcomas y obliga a agarrarse, precavidamente, al pasamano de madera noble, atacado de mataduras y muescas.
Anoche llegué a casa a esa hora en que las calles de la ciudad se ensucian con el plomo de la atardecida, cansado, después de una jornada de trabajo. Al llegar al descansillo del primero me detuve. A la luz cenicienta de la bombilla comunal se unía la proveniente del piso, a través de la rendija que dejaba la puerta entreabierta. Una puerta abierta es peligrosa. Todos los días se oyen casos de robos, asaltos con escalo, incluso violaciones. Tanteé con la mano la madera que se abrió de par en par. Estaban las luces encendidas. Di voces, llamé al timbre pero nadie contestó, aunque a lo lejos creí percibir rumor de tules y aromas de mujer.
- Voy a entrar-, dije alzando la voz-. Soy el vecino de arriba.
La casa parecía vacía. Podía oír el silencio golpeándome los tímpanos mientras avanzaba por el pasillo. De pronto, al pasar frente a una puerta, me sentí observado. Allí estaba ella lánguida, dejada, deslumbrante, ofreciendo a mi imaginación formas de sinuosa transparencia tras las gasas del vestido. Sonreía como sólo a las diosas les es dado sonreír. Porque me pareció una diosa griega aupada en la cima de un Olimpo personal, el mío.
- Eres mi vecino, ¿verdad?-, me preguntó. Su voz sonaba dulce.
- Perdona-, balbuceé, haciendo ademán de retirarme.
- No, espera-, me detuvo con un gesto lánguido de su brazo blanco, tan blanco como lo pudiera ser la más blanca nieve-. Acércate. Te estaba esperando.
Se apartó del dintel y me dejó paso. La habitación era un laberinto de cendales perfumados, profusamente iluminado por un centenar de marfileños hachones.
- Toma, bebe.
La copa contenía un vino espeso de paladar dulzón.
La bebí. Debía ser zumo de ambrosía porque me encendió el corazón con sentimientos desconocidos. Desde algún rincón de la casa llegaban los efluvios amortiguados de una sonata, mientras un torbellino de femineidad me arrastraba al más voluptuoso de los placeres. Mis sentidos empezaban a embotarse.
- Déjate llevar-, susurró a mi oído.
Me dejé llevar a un pozo de sensaciones inéditas donde cada momento acopiaba eternidades y las eternidades transcurrían en instantes, mientras Afrodita se enseñoreaba de la noche.
De madrugada, apenas hace unos minutos, se ha desmadejado sobre el lecho, totalmente dormida, y yo estoy a punto de hacerlo. Las sábanas se movían al ritmo de su respiración pausada cuando me he despedido de ella con un beso en la frente. Se ha quejado, un quejido dulce, como todo en esta noche.
Pero no he llegado a acostarme. Apenas he entrado en mi piso cuando se ha llenado la casa de griterío, pasos precipitados por la escalera y golpes recios en paredes y puertas. He abierto con los ojos enfebrecidos por la vigilia. Un policía uniformado cubre la puerta de marco a marco como una grosería del duermevela en que me columpio.
- ¿Ha visto u oído algo extraño últimamente?
No acierto a abrir el ojo izquierdo. Me llevo la mano al lagrimal para quitarme el empasto imaginario de una legaña endurecida y presto atención al hombre de uniforme.
Debo mirarle con estupor porque hace acopio de paciencia antes de repetirme la pregunta:
- ¿Ha visto u oído algo extraño últimamente?
- Sí, sí-, contesto precipitadamente-. La música del vecino de arriba. Es insoportable. Empezará enseguida. ¡Pumba, pumba, pumba! No es música, es ruido, ruido machacón. He protestado, ¿sabe?, pero se ríe de mí. Abre mucho la boca como una merluza cuando boquea, pero no me contesta ni dice palabra. Sólo boquea. Creo que es estúpido.
- Arriba, no. Abajo, en el piso de abajo-, me dice el policía, remarcando la aclaración con un dedo señalando al suelo.
¿Abajo? ¡Es el piso de la…! Me guardo la exclamación para mi coleto haciéndome el distraído como si no hubiera entendido. En realidad no entiendo lo que ocurre, por qué está allí aquel policía haciéndome preguntas, cómo puede molestarse a un ciudadano a esas horas tan tempranas para señalarle con el dedo el piso de abajo, de dónde viene el ajetreo que se oye por las escaleras, los gritos, el alboroto, todo el caos que invade el edificio. Quizá estoy soñando. Pero, no. El policía me machaca, insistente, tratando de averiguar si sé algo de lo que no sé.
Por fin, decido enfrentarme a la realidad:
- ¿Qué ha sucedido? Si me lo dice, acaso pueda ayudarle en algo.
- Se trata de la muchacha del primero. La han encontrado estrangulada. Por la descomposición del cadáver debe llevar muerta cerca de un mes.
- No, no he oído nada. Perdone-. Y cierro la puerta con brusquedad.
Desde aquel día bajo y subo apresurado, sin detenerme en el primer piso. Un silencio ominoso se ha apoderado del descansillo y la puerta no ha vuelto a abrirse.










viernes, 21 de junio de 2013

Los espejos distorsionan la realidad



- Un vientre generoso se agradece.
- Pero no es bello.
- Es atractivo.
- Es grosero.
- Tiene un punto de disfunción anatómica, lo reconozco.
- Los vientres planos cimbrean los ahogos del deseo.
- Eso no es deseo. Es concupiscencia.
- Quizá sean concupiscentes, pero cimbreantes.
- Lo uno lleva a lo otro.
- Mejor lo otro a lo uno. Primero se cimbrea el cuerpo, luego llega el deseo.
Estas divagaciones son vedijas amorfas, inconsistentes, del dialogo que mantengo con el otro. El otro es el individuo que aparece en el fondo del espejo, hiperónimo de mi existencia. Me persigue, acosa, abruma, acogota contra la intemperancia de mis propias limitaciones. Procuro ser vacuo e intranscendente en mi trato con él. Cuando dialogo me atribuyo insensateces dándole a entender una idiotez congénita inexistente. Me arrogo la pertenencia a ese mundo de los tontos infinitos, ese mundo que, cada día, crece en proporción geométrica.
Por eso nadie debe imaginarse mi verborrea como irracional. Estoy de este lado del espejo, del lado del racionalismo. Ello no me convierte en poseedor de la verdad, naturalmente, pero me permite actuar como factótum de mi albedrío. Tampoco quiero parecer racionalista puro, entiéndaseme. Mi maleabilidad me permite adaptarme a formas larvarias latentes de donde emerjo cuando las condiciones se presumen óptimas. Puedo asegurar que creo en los dioses, unos dioses voluptuosos, aferrados a la vulgaridad más espantosa, que se revuelcan en el estercolero del vicio, pero solamente creo hasta donde permite la ética racional.
- Observa a esa diosa de curvilíneo vientre, redondeadas caderas, muslos prietos, pechos cadenciosos.
- Es una cerda, fango de voluptuosidades.
- Quizá sean cerdos todos los dioses. Quizá no existan los dioses, solamente sus ideas cerdosas.
- Y nosotros, sus excrementos.
- Los dioses griegos tenían debilidades. Eran dioses cercanos al hombre.
- De esa promiscuidad nacían héroes.
- Sin promiscuidad no hay héroes. Sin héroes todo es vulgar. Debemos volver a los tiempos homéricos.
- De la incestuosa Hera nacieron dioses.
- Engendrados por el del tonante rayo.
- Hijos de Zeus, vulgar botarate, esclavo de sus pasiones. Mejor haría en escardar cebollinos antes de andarse persiguiendo ninfas.
- Hoy los dioses se abanican contumaces.
- Bambolean el capazo de sus preceptos como una espada de Damocles.
- Y sus sacerdotes descargan la vejiga con unción ritual.
- La sibila desparrama facundia abstracta.
- Habla a quien a quien sabe escucharle.
- Profetiza falacias.
- Es la verdad en estado puro.
- Sólo el racionalismo es perfecto. Rehuyo los mitos perturbadores de los endiosamientos.
Aquí vuelvo en mí. Soy yo de nuevo. Una vez más he podido liberarme.
La imagen del espejo fluctúa desde una irisación acuosa hasta los grises del apocalipsis. Pienso si no debería desprenderme de su influencia, romper la perniciosa relación que nos une, pero no acabo de decidirme. Una especie de morbosa atracción me ata a él con fieras ligaduras. Nuestros universos se acarician sin llegar a rozarse, intuyéndose apenas. Vivimos ambos en un sistema convencional. Salirse de él nos convertiría, quizá, en desechos orgánicos, estercolero de ideas desaprovechadas.
- Queda quedo.
- Juegas con la fonética en aras de la morfología.
- Es el rompecabezas extremo.
- Los silencios distorsionan el apercibimiento bloqueándolo a nuevos entendimientos.
- Es, sí, como la lluvia persistente. Su tenacidad sobre la umbela del tejado produce los efectos de un bebedizo.
- Bebedizo de dioses.
- Bebedizo que trastorna el entendimiento.
- Canto de sirenas.
- El efecto multiplicador estimula la libido.
- Saca al animal de su jaula. Lo arroja en manos de la concupiscente Afrodita.
- ¡Concepto sublime!
- ¡Bestialidad!
- Afrodita cubre a los amantes con su paño de pudor.
- Pudor testimonial, terquedad memorable.
- Somos rebeldes freudianos abocados a romper las barreras de la decencia.
- Las frustraciones esconden bajo una careta de normalidad la más insoportable de las contumacias.
- Sus formas, su sonrisa, la calidez del tacto incitan a la fatalidad.
- ¿Habremos de buscar en las estrellas la razón de ser?
Esta noche he llegado al límite de la paciencia. Debo destruirle. ¡Es tan fácil! Basta levantar el puño y dejarlo caer sobre la lisa superficie. Sonrío malévolo ante las connotaciones siniestras de mi decisión. Mataré la agonía en que me tiene sumido tanta insensatez y seré libre. Al menos, eso creo, desdichado de mí.
- Las ideas me emborrachan el entendimiento.
- Convencionalismos sociales. La verecundia de la libido pone fieros candados al pudor. Los aherroja como a bestia irrecuperable.
- ¡Hay tanta ignorancia!
- Si pelamos la estulticia, bajo la monda quizá hallemos conocimiento.
- Prefiero apacentar mis dedos en suave conversación con las curvas sugerentes de unos muslos desnudos.
- ¡Basta! ¡Basta ya!
Astillo, de un golpe, el insano vidrio. La rotura semeja un cráter de donde parten hilos radiales rasgando la superficie.
Ahora es una figura fractal. Cuento hasta ochenta y siete nuevos elementos, ochenta y siete nuevos espejos donde se reflejan ochenta y siete nuevos otros, amenazándome con su conversación intrascendente, con la falacia de sus argumentos, con el agobio de su estúpido discurrir.