martes, 7 de junio de 2011

Cinco minutos de gloria

La mano provocó un minúsculo roce del arco sobre las cuerdas para arrancar un acorde tenue, casi inaudible, y quedó, luego, en el aire, lasa e inmóvil. Fue un instante sublime. El tembloroso hálito de un pensamiento se habría oído en el ambiente.

El director midió los tiempos con su batuta e hizo la señal. La mano del segundo violinista acercó de nuevo el arco a las cuerdas, con precisión suma, y un golpe violento, como el rayo que golpea la tierra provocando un rugido de dolor, arrancó del alma del violín los vibrantes arpegios de un crescendo que atronó los espacios hasta llenar el teatro de armonías indescriptibles.

Las notas se enredaron en las lágrimas temblorosas de las arañas e invadieron hasta el último rincón de la sala dejando suspenso el ánimo de los oyentes. El gemido, cada vez más intenso, de las cuerdas del violín penetraba en los oídos, cautivaba los ánimos y, antes de que muriese el último acorde, la marea humana saltó de sus butacas y se arrancó en aplausos y gritos de admiración.

El violinista, henchido el pecho de satisfacción y orgullo, se acercó hasta el proscenio, saludó y volvió a su lugar de segundo violín. Lo hizo una vez, dos. Los aplausos arreciaron y se multiplicaron las idas, venidas y reverencias. Por último, el director lo tomó de la mano y se adelantó con él. Un ruido atronador mezcla de aplausos, vítores, hurras y silbidos, los arropó largo espacio de tiempo.

Al fin se hizo el silencio, la orquesta retomó la interpretación y el segundo violinista, rasgó las cuerdas mezclando sus acordes a los acordes anónimos de los demás violines.

Había tenido sus cinco minutos de gloria.

jueves, 12 de mayo de 2011

A la muerte

Que vendrás ya lo sé. Es nuestro destino
cruzarnos en los hilos de la vida.
Y tejer tu victoria y mi caída
en una misma urdimbre, es nuestro sino.

Procurar engañarte es desatino
sabiendo, como sabes, si es rendida
en término, la edad que fue medida
el día que iniciamos el camino.

Cuando vengas, ¿lo harás con gran alarde
de dolores y gritos, de tal suerte
que de ti, ya ahora, horror y espanto guarde?

¿O tomarás, quizá, mi cuerpo inerte,
y en la callada paz de alguna tarde
me esperarás, amante, dulce muerte?

sábado, 16 de abril de 2011

Jueves negro

El gobernador Poncio se apoyó en la baranda de la terraza desde la que se divisaba la ciudad. A su derecha quedaba el templo de aquel dios simplón que nunca llegó a entender. Ni imágenes, ni altares, ni vestales a su servicio, sólo un templo vacuo y sin adornos y una muchedumbre de mercaderes haciendo dineros a cuenta de los corderos y palomas que le ofrecían en sacrificio. A la izquierda y frente a él la ciudad dormida y silente, pero sólo en apariencia, pues bien sabía la tormenta contenida de sus levantiscos habitantes. Más allá huertos de familias pudientes, algún publicano adinerado o sacerdotes del templo que daban a las ofrendas uso más profano, y pequeños campos de olivos comunales.

Escuchó unos instantes. Nada, silencio. Aquella noche podía dormir tranquilo. Era la víspera de la Parasceve, Jerusalén hervía de un extraño fervor religioso y sus habitantes estaban cenando, reunidos en familia, o en casa de amigos, mientras entonaban salmos de auto alabanza y recordaban gestas de tiempos remotos en tierras de Africa. Pueblo extraño, ¡por Júpiter! O se mostraba sumiso hasta el servilismo o sacaba la furia ancestral de las tribus primitivas y se convertía en problema insoluble que hacia tambalear solios de cónsules y gobernadores.

Claudia Prócula, recordó, lo esperaba en el lecho desde antes de la caída del sol. Decía sentirse agotada del tráfago palaciego y se había retirado tras una cena frugal. La imaginaba lánguida, tendida, mostrando bajo sutiles velos los encantos libidinosos de su cuerpo ofrecido, de sus pechos semidesnudos, pechos que tenían fama en toda la provincia, y aun en la misma Roma, de ser los más sensuales y atrevidos del imperio. Corría por los mentideros el rumor de que el divino Tiberio los había saboreado como pago de aquella prefectura y también que, con ocasión de visitar, en el Foro, el templo de Vesta, la mismísima diosa Venus se había dignado bajar a admirar tan bella criatura.

- Buena guardia, capitán-, saludó al hombre armado que estaba junto a él. Y desde la puerta añadió: La noche sea propicia al César.

El romano saludó cruzando el brazo sobre el pecho con gesto enérgico y estudiado:

- Salud, gobernador.

A la misma hora, cerca, en una de las dependencias del templo, Caifás, Sumo Sacerdote aquel año, daba por terminada la cena Pascual. Tundido por los años, agobiado por el cargo y dolorido por una gota incontrolada despidió a todos los familiares con gesto ceñudo. La cena fue un tormento, tortura indescriptible. Una diarrea imparable lo había baldado desde por la mañana llevándolo de la letrina al lecho y del lecho a la letrina. Y para arreglarlo aquellas verduras amargas que se le pegaban en la garganta formando un tapón pastoso imposible de tragar y el pan ácimo, espeso, inconcreto y poco digerible, invento de Luzbel. Cuando quedó solo, cuatro siervos lo trasladaron de nuevo a la letrina, donde una vez más desaguó un torrente de aguas malolientes, y luego lo depositaron con mucho cuidado en el dormitorio sobre un lecho de telas de lino.

- Ni un suspiro u os haré azotar-, gimió-. Estoy a morir.

Su esposa, mujer vieja, retorcida y deforme como los olivos del huerto que allá abajo se aparecía, se acercó a él en ademán sumiso.

- Grande es Yhavé, - murmuró, tocando el suelo con la frente-, grande su poder, loado sea su solio. Sólo suya la victoria.

Despabiló el velón y se acostó junto al esposo.

Mientras esto sucedía en las dependencias de Caifás, allá abajo, en los olivares comunales, había desusado movimiento. Un hombre iba a paso ligero estudiando el terreno. Se detenía un punto y seguía. Parecía hacer cálculos de tiempo y lugar, murmuraba algo en voz baja y terminaba por salir corriendo. Se llamaba Judas, hijo de Iscariote, una conocida familia de Jerusalén, acomodada y querida por las muchas obras de caridad que hacía y el gran prestigio adquirido tras la donación de un rico ajuar para los sacrificios en el templo.

- Lo que has de hacer, hazlo pronto-, le había dicho el Maestro. Y salió presuroso a cumplir el mandado sea cual fuere, pues nadie lo sabía. Era un secreto guardado entre ellos dos, secreto sublime de impredecibles consecuencias.

Apenas abandonado el lugar, un grupo de doce hombres, alumbrándose con hachones, llegaba al sitio desde el otro extremo del olivar. Fueron acomodándose aquí y allá y pronto dormían todos, o casi todos, porque había uno que tenía una misión muy importante que cumplir entre aquella noche y el día siguiente, o al menos eso pensaba y para ello había hecho planes, pero sabido es que el hombre propone y Dios dispone, aunque difícil era discernir en este caso donde acababa el hombre y empezaba Dios con lo que podía ser que dispusiese quien no debía y propusiese quien no podía.

O al revés que está esto muy enrevesado y será cosa de dejar que los acontecimientos nos lo aclaren.

Salió pues Judas, el Isacariote, corriendo a su misión después de haberse cerciorado bien a dónde había de volver con quien fuese el que lo acompañara luego. Y se allegó al templo. Todo era silencio y oscuridad. Si estaba allí sin tropiezos era porque conocía al dedillo todas las calles que lo circundaban y las esquinas que había de doblar y hasta los cantos con los que se tropezaría, ya que no se veía a un palmo y bien podía decir que ni sus manos topaba en aquella negrura.

Tanteó el muro hasta sentir las maderas del portón y empezó a aporrearlo con fuerza. Sus puñadas resonaron haciendo eco, pero nadie respondió y sólo un silencio opresivo siguió a los golpes. Insistió más, una y otra vez, hasta que oyó voces al otro lado de la puerta y mucho ruido de pasos.

- ¿Quién va?- preguntó alguien.

- Judas, el Iscariote.

- ¿Qué quieres a estas horas, así seas maldito por siempre?

- Hablar con el Sumo Sacerdote. Es negocio tratado y sólo queda un último punto.

- Caifás duerme y ha dado orden de no despertarlo. Vuelve mañana, apenas amanecido y te recibirá.

Y los pasos se alejaron. De nuevo silencio y oscuridad, el silencio y la oscuridad que acompañan las noches en que se fraguan crímenes y horrores, noches tremendas sin siquiera un ladrido de perro llamando a la hembra intuida.

De pronto se oye ruido de armas, sonido metálico de escudos que entrechocan con los petos, de espadas que golpean los muslos protegidos. Viene de allá arriba, del palacio del gobernador. Es la guardia nocturna haciendo ronda en torno al palacio y el templo. Judas reacciona y echa a correr, se pierde por callejuelas infectas, se espeta contra muros olvidados, tropieza en piedras desconocidas y nota sangre en alguna parte de su cuerpo, pero corre despavorido. Los romanos no guardan formas ni indagan motivos y sabe que si lo encuentran puede terminar aherrojado en una mazmorra de la fortaleza.

Inconscientemente, en el bulto de la noche, se dirige hacia los olivares donde están los suyos, el Maestro y los demás, los otros, aquellos que incomprensiblemente le hacen el vacío, le dan la espalda, no lo consideran importante. Claro que en esto no hacen sino seguir la pauta del Maestro que tampoco le tiene en gran estima. ¿A quién llevó consigo al Monte Tabor donde, a decir de algunos, se vieron maravillas? A él no, por cierto. ¿Y cuando en el Tiberiades la pesca recogida estuvo a punto de volcar la barca de Simón? Tampoco le llamó. Ni en Caná donde se acabó la bebida y el Maestro obró un portento sirviendo agua con el color y el sabor del vino. El siempre detrás, siempre olvidado, siempre en las sombras, en la oscuridad, aquella oscuridad a la que se había acostumbrado de tal modo que ya le parecía día, aquella oscuridad y olvido de las que aquella noche había querido salir.

Le habían prometido treinta monedas, suficientes para empezar una nueva vida en Egipto, o acaso en la cercana Siria, pero lejos de aquellos lugares infectados por la milagrería populachera del Nazareno. Al día siguiente volvería al templo y trataría de hablar con el viejo Caifás a ver si llegaban a otro acuerdo. Treinta monedas… No, esta vez pediría más. Le había dado con la puerta en las narices, no le había recibido según lo acordado. Sí, por lo menos cien monedas. Menos, no. Por menos se negaría en redondo a negociar. Cien monedas o nada.

Llega y los encuentra a todos dormidos. Juan, Simón, Jacobo, Tomás, Mateo… Se oyen ronquidos desacompasados, otros rítmicos, algún resoplido vibrante. Sólo el Maestro vela. Está sentado en la base ñudosa de un olivo, perdida la mirada en lo alto. Se le acerca y susurra:

- Maestro…

Jesús le mira. Judas espera sin saber cómo continuar. Al final se encoge de hombros y hace un gesto ambiguo, indeterminado. Puede significar todo o no decir nada. El negocio no ha salido como esperaban. Jesús lo tenía claro, él también pero, cosas de la vida, se había ido todo al traste por el desacompasado flujo de vientre de un viejo asqueroso.

El Maestro se acoge al abrigo del olivo centenario, tormento de ramas y raíces, y besa la tierra:

- Hágase tu voluntad y no la mía-, ora. Luego, va de aquí para allá repartiendo puntapiés a los durmientes.

- Vamos, alzaos, llegó la hora.

Simón se levanta, desorbitados los ojos por el repentino despertar, y echa mano a un espadón que esconde entre los vestidos, aspaventando con desaliño en las sombras. La noche tiene abortos impredecibles y este es uno de ellos. De un tajo poda la rama seca de un olivo y el chasquido de las astillas restalla como un latigazo. El Maestro no hace caso y empieza a caminar. Baja la ladera hacia una de las muchas cuevas que se abren al pie del olivar. Sobre una piedra, acomoda la cabeza y con la túnica apretada al cuerpo se protege del relente. Alrededor se van colocando los discípulos. Judas está de pie dubitativo.

- Y ahora, ¿qué?-, le pregunta al Maestro.

Jesús le mira y se encoge de hombros malhumorado.

- Debía ser esta noche. Ahora sé tanto como tú.

Simón resopla de nuevo como el viento furioso del Tiberiades, abotargado en un sueño profundo. Juan recuesta la cabeza sobre uno de los brazos de Jesús y susurra:

- Maestro, ¿me amas?

Pero Jesús no responde. Piensa, cavila, ahonda en el insondable misterio de un Dios frustrado, incapaz de prever la contingencia de unas cagaleras turbulentas. Ahora tendría que esperar todo el plan, quién sabe, cien años, una miríada. Bueno, tampoco tiene mucha prisa, el tiempo no existe para El y lo mismo le da aquella noche que dentro de dos mil años.

Dos mil años…

Una estrella cruzó el firmamento y se apagó con un estallido silencioso. Era el momento de pedir un deseo. ¿Un deseo? ¡Ya está! Simón aún tenía la barca en Cafarnaún. Se dedicaría a la pesca. No era nada parecido a lo que tenía previsto, mucho menos notorio, sin espectacularidad ni alardes, pero podía satisfacer sus necesidades y a su edad debía empezar a pensar en el porvenir.

Se dio la vuelta, retiró la cabeza de Juan del brazo que se le dormía y entornó los ojos en espera del sueño.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Recepcionista de noche

Paco llega invariablemente a las once. Vaguedades aparte, empuja la puerta giratoria con desgana y cansancio, insólitamente maltrecho tras un día estúpido y mal aprovechado. Al fin y al cabo es animal noctámbulo. Lo suyo es aquel cubículo rodeado de mostrador con timbre, sellos, folletos y planos de la ciudad.

Apenas entra se opera en él una metamorfosis más anímica que física. Sigue siendo el hombrecillo enclenque, larguirucho y triste de siempre, pero un empuje silencioso le hace sentirse ligeramente superior a todos aquellos clientes albergados en el hotel. La calva se le tiñe de reflejos irisados bajo el foco de luz que cae vertical desde el techo, le sonríen los ojos con malicia, tras las gafas de aro metálico, como si estuviera maquinando alguna maldad y cuando se acomoda en el sillón de brazos lo hace como el emperador de los caribes.

El primer acto de cada noche consiste en tomar posesión de sus dominios como lo haría un déspota de esos que salen en las novelas, mandatarios indiscutibles de pueblos lejanísimos. Una mirada superficial le basta para abarcar la disposición de cuanto ha de necesitar: información, teléfonos, papeles, dos bolígrafos, la estufa por si la noche refresca y la lista de huéspedes. Esta lista es lo más importante. Nombres y números de habitación. La mayoría son nombres distintos cada noche, hombres y mujeres anónimos perdidos en una barahúnda de idas y venidas sin sentido; solo unos pocos, habituales del hotel, personajes de la noche, solitarios, pensionistas acomodados más acostumbrados a hacerse servir que servirse ellos mismos, se repiten noche tras noche.

Cuando él llega, empiezan a retirarse a sus habitaciones la mayoría de los alojados. Suelen ser los transeúntes que han llegado por motivos de trabajo o de vacaciones o perdidos en un tren de muchísimos vagones que los descargó en aquella ciudad que no era la suya. Con la lista delante, les saluda a todos por su nombre o sus apellidos. “Buenas noches, señores de Gonzalvo, que descansen”. “Feliz estancia y buenas noches, señora de Mínguez”. “A su servicio don Patricio”. “Que usted se divierta don Miguel”. Mañana han de volver, unos a sus quehaceres, visitas, reuniones con directivos, comidas pesadas de difícil digestión tratando de colar un contrato entre ensalada y chuleta, otros a disfrutar de la ciudad, una ciudad encantadora de provincias, con su catedral de agujas caladas, su plaza Mayor, su paseo y sus callejuelas de trazado coqueto muy propio para perderse y trenzar pícaros juegos de enamorados.

Otros, los habituales, abandonan a esta hora el hotel y se pierdan en la ciudad sórdida de callejas alumbradas por el neón parpadeante de los rótulos. Como este don Miguel a quien acaba de saludar. Calavera irredento en busca de emociones y aventura, sale todos los miércoles y sábados a la caza de sensaciones olvidadas en la maraña de los años, pero con un pálpito aún latente en la memoria. Se pierde por los barrios altos, guapea de tabaco rubio y tubo de güisqui mientras desgrana naderías frente a un machorro pintarrajeado de esperpento.

- ¿Cuánto?

- Cien.

- ¿Cien? Treinta y cinco y vale.

- Sesenta.

- Es mucho.

- Y tú poco. Abur.

Y el espantajo de pintura se pierde en la bocana de la noche bamboleando el bolso. “Será pendejo, el tío”, va pensando mientras cruza la calle entre miradas libidinosas y piropos obscenos.

Don Miguel se toma el güisqui, saca otro cigarrillo, lo mira, lo remira, vuelve a meterlo en la cajetilla y tira calle abajo hacia el hotel. Otra noche perdida, o ganada, quien sabe, a una esperanzadora ilusión, abierta siempre de par en par, como las puertas de la muralla de la ciudad.

- ¿Se dio bien la noche? Que usted descanse, don Miguel.

Hay un deje de sorna casi imperceptible en el saludo ceremonioso de Paco. Don Miguel abaja el testuz y refunfuña algo ininteligible.

La señorita Clotilde sale antes que don Miguel, pero se retira mucho más tarde. A veces le sorprende la aurora retirándose a su habitación. Es señorita entrada en años, un tanto apocada, espigada aunque sabe encogerse hasta parecer una insignificancia, con muchos remilgos en el hablar y en el vestir. Jamás mira de frente, lo hace siempre revirando los ojos para rehuir los de su interlocutor.

- Buenas noches, señorita Clotilde.

Y la señorita Clotilde pegando un respingo como si hubiera sido sorprendida en falta se cubre de rubor, un rubor apenas perceptible en su rostro siempre pintado de colorete. Cuando regresa trae la ropa descompuesta, el cabello alborotado, prendido a la carrera con dos horquillas y una goma y el maquillaje todo corrido.

Una noche don Miguel se le acercó a Paco aventando el halo del misterio. Olía a alcohol rancio, a humo de cigarrillo barato. Había estado en un garito infame, susurraba entre hipidos y traspiés, y ¿a quién creía haber visto? ¡A la señorita Clotilde abrazada a dos perdularios de terrible catadura! ¿Y si estaba equivocado? Quizá. Estaba borracho, se había emborrachado con güisqui barato, pero juraría que era la señorita Clotilde, aunque mucho más desenvuelta.

Y el recepcionista empezó a mirar a aquella pacata de tres al cuarto, mojigata de iglesia, beata conventual, como la llamaba, de manera distinta. La miraba, volvía a mirar y le clavaba los ojos desnudándola con somnolienta morbosidad, en un intento de adivinar si en aquel cuerpo de virginal apariencia podría caber una vida de desenfreno y libertinaje.

También era menudo don Alfredo, otro noctámbulo impenitente. Más que menudo era un alfeñique vestido con pantalones. Muy poca cosa. Pasaba desapercibido para todos los habituales del hotel, menos para Paco, claro. Trata de salir a hurtadillas para evitar la molestia del saludo obligado.

- Buenas noches, don Alfredo. Que usted lo pase bien.

Pero sería una noche más, una noche como todas las noches de los últimos cincuenta y dos años, amorfa, fría, oscura y aburrida, de desolados paisajes perdidos en la negrura infinita de los cielos. Porque don Alfredo, rentista acomodado, soltero por vocación, jamás será capaz de romper el muro de hormigón que le separaba del resto de la humanidad. Fantasea como semental olisqueando hembras en celo, amaga sonrisas y manos extendidas imaginando amistades, se arropa en imaginarias tertulias donde perora con convencimiento y le aplauden, mas nunca pasará de ahí. La soledad le abruma pero le protege.

Del hotel baja al parque. Allí se sienta en un banco si la noche no es muy fría y se devana la sesera en proyectos imposibles. Cuando hace frío se dirige al paseo de la ribera, a uno de los bares de sabor decimonónico que aún aguantan y se pierde entre visillos hechos a ganchillo y retratos antiguos de señores respetables con barba y bigote. Sentado a una mesa de mármol desportillado mata el tiempo mientras degusta un café irlandés, fijos los ojos turbios en la cafetera de colosales dimensiones que arroja vapor como un locomotora de las de antaño o en los contornos de matrona romana que recata la dueña. Sorbe el café deleitándose en cada gota. Le da vueltas con la cucharilla hasta marearlo y cuando apura los últimos posos está frío como la noche de allá afuera.

Luego vuelve al hotel y lo hace con mucho empaque, al desgaire, arregazando calaveradas de crápula irredento. Mira al recepcionista, le sonríe torciendo mucho la boca que es modo de insinuar y se retira muy noble a descansar.

Paco menea la cabeza, displicente, y ganguea un “buenas noches” con voz atrabiliaria.

Salen también los Montesinos, matrimonio entrado en años, de mucha prosapia y comedimiento, arañados ambos por las arrugas de los años, acentos circunflejos caminando hacia su destino. No habrán cenado por ahorrar unas monedas necesarias, pero alardearán de hacerlo por salud. Y arrastran el paso hasta el parquecillo cercano donde pasean a un perro imaginario de aristocrático pedigrí, regalo de los unos supuestos marqueses. Tiran de la correa, miran atrás, jalean al chucho y lo animan a regar los alerces de junto al estanque.

Cuando regresan susurran un saludo casi mudo, cargado de linajudo orgullo. Paco los ve pasar sin bandearse un ápice, esboza una sonrisa comprensiva y se aplica a la novela barata de huérfanas desvalidas y condes malvados, historia en la que tiene arrebatada el alma.

A la madrugada, con las primeras luces, traspasa los poderes a su sustituto y se va como vino, con desgana y cansado, roto un poco el corazón por las miserias vividas, a desgranar otro día desaprovechado y torpe.

Mientras, la ciudad se despereza con el runrún de los coches, las calles empujan la luz de la mañana contra los cristales de las galerías y allá abajo, junto al río, una paloma disputa a dos gorriones su desayuno.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Pudor

Y la raíz,
flor pudorosa de la planta,
se oculta bajo el manto de la tierra.

La vida

Son, mi tiempo, las horas transcurridas
y es mi tiempo el futuro
que habrá de ser,
más un instante,
el ahora,
que ya no es.

La lágrima

La lágrima:
retazo suelto de un recuerdo
que se hace poesía.