miércoles, 30 de marzo de 2011

Recepcionista de noche

Paco llega invariablemente a las once. Vaguedades aparte, empuja la puerta giratoria con desgana y cansancio, insólitamente maltrecho tras un día estúpido y mal aprovechado. Al fin y al cabo es animal noctámbulo. Lo suyo es aquel cubículo rodeado de mostrador con timbre, sellos, folletos y planos de la ciudad.

Apenas entra se opera en él una metamorfosis más anímica que física. Sigue siendo el hombrecillo enclenque, larguirucho y triste de siempre, pero un empuje silencioso le hace sentirse ligeramente superior a todos aquellos clientes albergados en el hotel. La calva se le tiñe de reflejos irisados bajo el foco de luz que cae vertical desde el techo, le sonríen los ojos con malicia, tras las gafas de aro metálico, como si estuviera maquinando alguna maldad y cuando se acomoda en el sillón de brazos lo hace como el emperador de los caribes.

El primer acto de cada noche consiste en tomar posesión de sus dominios como lo haría un déspota de esos que salen en las novelas, mandatarios indiscutibles de pueblos lejanísimos. Una mirada superficial le basta para abarcar la disposición de cuanto ha de necesitar: información, teléfonos, papeles, dos bolígrafos, la estufa por si la noche refresca y la lista de huéspedes. Esta lista es lo más importante. Nombres y números de habitación. La mayoría son nombres distintos cada noche, hombres y mujeres anónimos perdidos en una barahúnda de idas y venidas sin sentido; solo unos pocos, habituales del hotel, personajes de la noche, solitarios, pensionistas acomodados más acostumbrados a hacerse servir que servirse ellos mismos, se repiten noche tras noche.

Cuando él llega, empiezan a retirarse a sus habitaciones la mayoría de los alojados. Suelen ser los transeúntes que han llegado por motivos de trabajo o de vacaciones o perdidos en un tren de muchísimos vagones que los descargó en aquella ciudad que no era la suya. Con la lista delante, les saluda a todos por su nombre o sus apellidos. “Buenas noches, señores de Gonzalvo, que descansen”. “Feliz estancia y buenas noches, señora de Mínguez”. “A su servicio don Patricio”. “Que usted se divierta don Miguel”. Mañana han de volver, unos a sus quehaceres, visitas, reuniones con directivos, comidas pesadas de difícil digestión tratando de colar un contrato entre ensalada y chuleta, otros a disfrutar de la ciudad, una ciudad encantadora de provincias, con su catedral de agujas caladas, su plaza Mayor, su paseo y sus callejuelas de trazado coqueto muy propio para perderse y trenzar pícaros juegos de enamorados.

Otros, los habituales, abandonan a esta hora el hotel y se pierdan en la ciudad sórdida de callejas alumbradas por el neón parpadeante de los rótulos. Como este don Miguel a quien acaba de saludar. Calavera irredento en busca de emociones y aventura, sale todos los miércoles y sábados a la caza de sensaciones olvidadas en la maraña de los años, pero con un pálpito aún latente en la memoria. Se pierde por los barrios altos, guapea de tabaco rubio y tubo de güisqui mientras desgrana naderías frente a un machorro pintarrajeado de esperpento.

- ¿Cuánto?

- Cien.

- ¿Cien? Treinta y cinco y vale.

- Sesenta.

- Es mucho.

- Y tú poco. Abur.

Y el espantajo de pintura se pierde en la bocana de la noche bamboleando el bolso. “Será pendejo, el tío”, va pensando mientras cruza la calle entre miradas libidinosas y piropos obscenos.

Don Miguel se toma el güisqui, saca otro cigarrillo, lo mira, lo remira, vuelve a meterlo en la cajetilla y tira calle abajo hacia el hotel. Otra noche perdida, o ganada, quien sabe, a una esperanzadora ilusión, abierta siempre de par en par, como las puertas de la muralla de la ciudad.

- ¿Se dio bien la noche? Que usted descanse, don Miguel.

Hay un deje de sorna casi imperceptible en el saludo ceremonioso de Paco. Don Miguel abaja el testuz y refunfuña algo ininteligible.

La señorita Clotilde sale antes que don Miguel, pero se retira mucho más tarde. A veces le sorprende la aurora retirándose a su habitación. Es señorita entrada en años, un tanto apocada, espigada aunque sabe encogerse hasta parecer una insignificancia, con muchos remilgos en el hablar y en el vestir. Jamás mira de frente, lo hace siempre revirando los ojos para rehuir los de su interlocutor.

- Buenas noches, señorita Clotilde.

Y la señorita Clotilde pegando un respingo como si hubiera sido sorprendida en falta se cubre de rubor, un rubor apenas perceptible en su rostro siempre pintado de colorete. Cuando regresa trae la ropa descompuesta, el cabello alborotado, prendido a la carrera con dos horquillas y una goma y el maquillaje todo corrido.

Una noche don Miguel se le acercó a Paco aventando el halo del misterio. Olía a alcohol rancio, a humo de cigarrillo barato. Había estado en un garito infame, susurraba entre hipidos y traspiés, y ¿a quién creía haber visto? ¡A la señorita Clotilde abrazada a dos perdularios de terrible catadura! ¿Y si estaba equivocado? Quizá. Estaba borracho, se había emborrachado con güisqui barato, pero juraría que era la señorita Clotilde, aunque mucho más desenvuelta.

Y el recepcionista empezó a mirar a aquella pacata de tres al cuarto, mojigata de iglesia, beata conventual, como la llamaba, de manera distinta. La miraba, volvía a mirar y le clavaba los ojos desnudándola con somnolienta morbosidad, en un intento de adivinar si en aquel cuerpo de virginal apariencia podría caber una vida de desenfreno y libertinaje.

También era menudo don Alfredo, otro noctámbulo impenitente. Más que menudo era un alfeñique vestido con pantalones. Muy poca cosa. Pasaba desapercibido para todos los habituales del hotel, menos para Paco, claro. Trata de salir a hurtadillas para evitar la molestia del saludo obligado.

- Buenas noches, don Alfredo. Que usted lo pase bien.

Pero sería una noche más, una noche como todas las noches de los últimos cincuenta y dos años, amorfa, fría, oscura y aburrida, de desolados paisajes perdidos en la negrura infinita de los cielos. Porque don Alfredo, rentista acomodado, soltero por vocación, jamás será capaz de romper el muro de hormigón que le separaba del resto de la humanidad. Fantasea como semental olisqueando hembras en celo, amaga sonrisas y manos extendidas imaginando amistades, se arropa en imaginarias tertulias donde perora con convencimiento y le aplauden, mas nunca pasará de ahí. La soledad le abruma pero le protege.

Del hotel baja al parque. Allí se sienta en un banco si la noche no es muy fría y se devana la sesera en proyectos imposibles. Cuando hace frío se dirige al paseo de la ribera, a uno de los bares de sabor decimonónico que aún aguantan y se pierde entre visillos hechos a ganchillo y retratos antiguos de señores respetables con barba y bigote. Sentado a una mesa de mármol desportillado mata el tiempo mientras degusta un café irlandés, fijos los ojos turbios en la cafetera de colosales dimensiones que arroja vapor como un locomotora de las de antaño o en los contornos de matrona romana que recata la dueña. Sorbe el café deleitándose en cada gota. Le da vueltas con la cucharilla hasta marearlo y cuando apura los últimos posos está frío como la noche de allá afuera.

Luego vuelve al hotel y lo hace con mucho empaque, al desgaire, arregazando calaveradas de crápula irredento. Mira al recepcionista, le sonríe torciendo mucho la boca que es modo de insinuar y se retira muy noble a descansar.

Paco menea la cabeza, displicente, y ganguea un “buenas noches” con voz atrabiliaria.

Salen también los Montesinos, matrimonio entrado en años, de mucha prosapia y comedimiento, arañados ambos por las arrugas de los años, acentos circunflejos caminando hacia su destino. No habrán cenado por ahorrar unas monedas necesarias, pero alardearán de hacerlo por salud. Y arrastran el paso hasta el parquecillo cercano donde pasean a un perro imaginario de aristocrático pedigrí, regalo de los unos supuestos marqueses. Tiran de la correa, miran atrás, jalean al chucho y lo animan a regar los alerces de junto al estanque.

Cuando regresan susurran un saludo casi mudo, cargado de linajudo orgullo. Paco los ve pasar sin bandearse un ápice, esboza una sonrisa comprensiva y se aplica a la novela barata de huérfanas desvalidas y condes malvados, historia en la que tiene arrebatada el alma.

A la madrugada, con las primeras luces, traspasa los poderes a su sustituto y se va como vino, con desgana y cansado, roto un poco el corazón por las miserias vividas, a desgranar otro día desaprovechado y torpe.

Mientras, la ciudad se despereza con el runrún de los coches, las calles empujan la luz de la mañana contra los cristales de las galerías y allá abajo, junto al río, una paloma disputa a dos gorriones su desayuno.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Pudor

Y la raíz,
flor pudorosa de la planta,
se oculta bajo el manto de la tierra.

La vida

Son, mi tiempo, las horas transcurridas
y es mi tiempo el futuro
que habrá de ser,
más un instante,
el ahora,
que ya no es.

La lágrima

La lágrima:
retazo suelto de un recuerdo
que se hace poesía.

lunes, 7 de febrero de 2011

El nuevo trabajo

Me paso el día amontonando cajas en un almacén inmenso, de techos altísimos. Son cajas de todos los colores, tamaños y formas. Grandes, pequeñas, menudas, normales. Algunas pueden contener un enorme tractor o hasta un edificio de dimensiones regulares; otras las supongo destinadas a contener zapatos o electrodomésticos, por el tamaño, y las más pequeñas, lo son tanto, que no cabría en ellas ni un anillo de compromiso, aunque, pienso, alguna utilidad tendrán pues para nada no tendría objeto traerlas a este almacén Las hay de colores combinados como si se hubieran derramado sobre ellas botes de pintura espesa, otras son blancas, o verdes, o negras; algunas ni siquiera están pintadas, son del color del cartón sencillamente. La mayoría tienen forma cuadrangular, pero llegan también cajas cilíndricas, cónicas, esféricas y no faltan las de extrañísimas formas, casi amorfas, como destinadas a contener pesadillas de algún fantasma de la noche.

Las descargo a la puerta desde camiones, furgones y coches particulares. Hasta a pie me traen algunas. Suelen ser recaderos que llegan presurosos, miran el gran letrero de letras negras del dintel, murmuran un “aquí dejo esto” y siguen su camino.

A quienes me traen grandes cantidades los hago esperar hasta contar todas las cajas, comprobar su forma, tamaño y color con la nota de envío y firmársela si está conforme. Los chóferes me miran con desconfianza y tienen un gesto huraño. Deben creer que pretendo engañarlos diciéndoles que no han llegado todas las cajas de la lista, para quedarme con ellas, aunque yo no entiendo qué podría hacer con ninguna de estas cajas. No me servirían para nada. Si acaso las pequeñas, no esas minúsculas sino las otras, las de tamaño un poco mayor, para guardar los zapatos que ahora tengo en el armario del pasillo sin orden ni concierto; pero tampoco: me he acostumbrado a tener los zapatos en libertad y sentiría pena por ellos si los viera encerrados entre las angosturas de unos cartones. Ellos que sigan mirándome con desdén. Tienen que esperar y aguantarse. A alguno le hago creer que me he equivocado y vuelvo a mirar todas las cajas. Hincha, entonces, los carrillos como si fuese a explotar y bufa por lo bajo mientras da patadas de impaciencia en el suelo. No es que me guste esto, pero si no me dirigiesen esas miradas sería más atento con ellos y los despacharía antes.

Bueno, pues cuando tengo las cajas listas y comprobadas comienzo a buscarles acomodo en el gran almacén. Es lo más difícil de este trabajo porque no basta con colocarlas de cualquier manera y donde se me antoje. Según la forma, color y medidas deben ir a un lugar u otro. Las cuadrangulares son las más fáciles de colocar, se ponen ellas solitas y no me dan mucho trabajo, pero otras son más complicadas de convencer para que permanezcan en el lugar designado. Sobre todo las esféricas y las amorfas. ¡Dios! Las esféricas porque ruedan y no hay manera de sujetarlas. Yo tengo mi truco: las coloco entre dos pilas de cajas ya colocadas, pongo en los frentes una hilera de cajas cuadradas y comienzo a llenar el hueco con las esféricas. Conforme sube la altura voy colocando nuevas ringleras de cuadradas y de ese modo las tengo sujetas.

Algo parecido hago con las cajas sin forma definida, pero son tan extrañas y tienen tal cantidad de curvas y salientes que me desquician a veces y chillo y grito y pataleo como los chóferes a los que hago esperar, pero con mucha más fuerza y rabia. Al final todas las cajas encuentran su sitio y entonces me voy a casa a descansar, para volver al día siguiente y empezar de nuevo la tarea.

Con ser grande el almacén yo creía que debía llenarse algún día. Entonces vendría el dueño y me diría “el almacén está lleno, déjalo ya y vete”. Me pagaría el sueldo, me liquidaría los atrasos e iría al paro; pero no sucede nunca porque el almacén jamás se llena. No lo entiendo, meto cajas y más cajas, montañas de cajas todos los días y siempre hay sitio para más, siempre caben más. Es como si alguien las comprimiese cuando cierro la puerta, al irme por la tarde, e hiciese hueco para las nuevas remesas de cajas del día siguiente. Hasta he llegado a pensar si será cosa de brujería, aunque no creo pues no he notado nada raro en el almacén, ni ruidos, ni sombras, ni arrastrar de objetos o corrientes de aire. Todo es normal, pero el misterio subsiste y yo sigo metiendo cajas y cajas, centenares, miles de cajas en este almacén de vientre insaciable.

La monotonía de este trabajo está acabando con mis nervios. Por las noches sueño que sigo apilando cajas en torres inmensas que sobrepasan las nubes y llegan hasta el sol. Tengo que alcanzar con la caja más alta la curva del cielo donde habitan los ángeles, pero cuando estoy a punto de colocar la última caja me llaman desde abajo, miro y, al inclinarme, la torre de cartón se bambolea, va a derecha e izquierda y termina viniéndose abajo con ensordecedor silencio. Entonces me despierto sudoroso, abiertos los ojos como platos de postre y la respiración entrecortada. Creo que son los primeros síntomas de la locura. Un primo mío terminó tonto después de pasarse dos años soñando cosas raras, y terminó encerrado en un sanatorio donde perdió, en unos meses, las pocas luces que tenía. Por eso, antes de acabar como mi primo, mirando a ningún sitio, y diciendo tonterías sin sentido, he decidido buscarme otro trabajo, un trabajo que pueda terminar algún día, que no sea eterno como éste.

Y he encontrado uno. Está muy cerca del almacén donde ahora trabajo, de espaldas a él. He hablado con un señor muy serio y de gestos ampulosos. Creo que se da más importancia de la que realmente tiene, sobre todo cuando habla con la voz engolada de quien no está dispuesto a ceder un ápice en su oferta, pero me ha convencido de que soy la persona que está buscando.

Le he explicado mi situación actual, mis miedos, mis pesadillas y el temor de verme abocado a la vecindad de mi primo tonto, y me ha tranquilizado al respecto. Es también un almacén de cajas, pero tengo su palabra de que no habré de descargar ninguna, ni ordenarlas, ni pegarme con aquellas disformes o esféricas tan trabajosas y complicadas para evitar que rueden por los suelos. Además trabajaré de noche; así huiré de mis miedos y pesadillas y evitaré terminar como mi primo.

Estoy contento y ardo en deseos de que amanezca mañana para comenzar en mi nuevo empleo.

Llevo un año en este trabajo. Me paso la noche sacando cajas de un almacén inmenso, de techos altísimos. Son cajas de todos los colores, tamaños y formas. Grandes, pequeñas, menudas, normales. Algunas pueden contener un enorme tractor o hasta un edificio de dimensiones regulares; otras las supongo destinadas a contener zapatos o electrodomésticos, por el tamaño, y las más pequeñas, lo son tanto, que no cabría en ellas ni un anillo de compromiso, aunque, pienso, alguna utilidad tendrán pues para nada no tendría objeto sacarlas de este almacén Las hay de colores combinados como si se hubieran derramado sobre ellas botes de pintura espesa, otras son blancas, o verdes, o negras; algunas ni siquiera están pintadas, son del color del cartón sencillamente. La mayoría tienen forma cuadrangular, peor salen también cajas cilíndricas, cónicas, esféricas y no faltan las de extrañísimas formas, casi amorfas, como destinadas a contener pesadillas de algún fantasma de la noche.

Las acerco a la puerta y cargo en camiones, furgones y coches particulares. Algunos vienen a recogerlas a pie. Suelen ser recaderos que llegan presurosos, miran el gran letrero de letras negras del dintel, murmuran un “¿es aquí dónde tengo que recoger una caja?”, yo se la entrego y siguen su camino.

A quienes tienen que cargar grandes cantidades los hago esperar hasta contar todas las cajas, comprobar su forma, tamaño y color con la nota de pedido y pedirles la firma del albarán si están conformes. Los chóferes me miran con desconfianza y tienen un gesto huraño. Deben creer que pretendo engañarlos diciéndoles que he cargado más cajas de las que figuran en la nota, para quedarme con ellas, aunque yo no entiendo qué podría hacer con ninguna de estas cajas. No me servirían para nada. Si acaso las pequeñas, no esas minúsculas sino las otras, las de tamaño un poco mayor, para guardar los zapatos que ahora tengo en el armario del pasillo sin orden ni concierto; pero tampoco: me he acostumbrado a tener los zapatos en libertad y sentiría pena por ellos si los viera encerrados entre las angosturas de unos cartones. Ellos que sigan mirándome con desdén. Tienen que esperar y aguantarse. A alguno le hago creer que me he equivocado y vuelvo a mirar todas las cajas. Hincha, entonces, los carrillos como si fuese a explotar y bufa por lo bajo mientras da patadas de impaciencia en el suelo. No es que me guste esto, pero si no me dirigiesen esas miradas sería más atento con ellos y los despacharía antes.

Bueno, pues cuando tengo las cajas listas y comprobadas comienzo a cargarlas en los camiones. Es lo más difícil de este trabajo porque no basta con colocarlas de cualquier manera y como se me antoje. Según la forma, color y medidas deben ir en un punto u otro del remolque aprovechando al máximo el espacio. Las cuadrangulares son las más fáciles de colocar, se ponen ellas solitas y no me dan mucho trabajo, pero otras son más complicadas de convencer para que permanezcan en el lugar designado. Sobre todo las esféricas y las amorfas. ¡Dios! Las esféricas porque ruedan y no hay manera de sujetarlas. Yo tengo mi truco: las coloco entre dos pilas de cajas ya colocadas, pongo en los frentes una hilera de cajas cuadradas y comienzo a llenar el hueco con las esféricas. Conforme sube la altura voy colocando nuevas ringleras de cuadradas y de ese modo las tengo sujetas.

Algo parecido hago con las cajas sin forma definida, pero son tan extrañas y tienen tal cantidad de curvas y salientes que me desquician a veces y chillo y grito y pataleo como los chóferes a los que hago esperar, pero con mucha más fuerza y rabia. Al final todas las cajas encuentran su sitio y doy vía libre al camión. Luego me voy a casa a descansar, para volver a la noche siguiente y empezar de nuevo la tarea.

Con ser grande el almacén yo creía que debía vaciarse alguna noche. Entonces vendría el dueño y me diría “el almacén está ya vacío, puedes irte”. Me pagaría el sueldo, me liquidaría los atrasos e iría al paro; pero no sucede nunca porque el almacén jamás se vacía. No lo entiendo, saco cajas y más cajas, montañas de cajas todas las noches y siempre aparecen más a la tarde siguiente. Es como si alguien las trajera de un lugar misterioso cuando cierro la puerta, al irme por la mañana y llenase los huecos dejados por mí durante la noche. Hasta he llegado a pensar si será cosa de brujería, aunque no creo pues no he notado nada raro en el almacén, ni ruidos, ni sombras, ni arrastrar de objetos o corrientes de aire. Todo es normal, pero el misterio subsiste y yo sigo sacando cajas y cajas, centenares, miles de cajas en este almacén de vientre insondable.

La monotonía de este trabajo está acabando con mis nervios. Sueño todos los días que saco cantidades inmensas de cajas que monto en camiones grandes como mundos, imposibles de llenar. Cuando falta una para completar la carga un estruendo pavoroso, cargado de silencios, llega de las profundidades del remolque y se abren vacíos insaciables, pidiendo cajas, cajas, cajas... Entonces me despierto sudoroso, abiertos los ojos como platos de postre y la respiración entrecortada. Creo que son los primeros síntomas de la locura. Un primo mío terminó tonto después de pasarse dos años soñando cosas raras, y terminó encerrado en un sanatorio donde perdió, en unos meses, las pocas luces que tenía. Por eso, antes de acabar como mi primo, mirando a ningún sitio, y diciendo tonterías sin sentido, he decidido buscarme otro trabajo, un trabajo que pueda terminar algún día, que no sea eterno como éste.

Y he encontrado uno. Es en el almacén que dejé el mes pasado. He hablado con un señor muy serio y de gestos ampulosos. Creo que se da más importancia de la que realmente tiene, sobre todo cuando habla con la voz engolada de quien no está dispuesto a ceder un ápice en su oferta, pero me ha convencido de que soy la persona que está buscando.

Le he explicado mi situación actual, mis miedos, mis pesadillas y el temor de verme abocado a la vecindad de mi primo tonto, y me ha tranquilizado al respecto. No tendré que cargar camiones y trabajaré de día…

jueves, 13 de enero de 2011

Historia del pleito que tuvo el alfajeme con el zapatero y del buen fin que le dio el califa

Cuentan los que cuentan que hubo en tiempos pasados un califa poderoso y grande, entre los grandes califas de Al Andalus. Era su nombre Abdu-r-Rahmán y moraba en el palacio de Medina al Zahra. Pero si grande fue su poder, su largueza y la munificencia y generosidad con que atendía todas las necesidades de sus súbditos, no fue menor la fama que le procuró la sabiduría de sus sentencias, pues la mayor de las riquezas es dictar con juicio recto y desparramar misericordia en su dictado.

Y entre las innumerables historias, a este tenor, se cuenta la del suceso acaecido en la ciudad de Córdoba con motivo del pleito entre un conocido alfajeme y otro no menos conocido zapatero, maestros expertos los dos, cada uno en lo suyo y si marrullero uno, marrullero otro, pues no van a la zaga en ello zapateros y alfajemes.

Fue el caso que vino este alfajeme a estar necesitado de unas babuchas para calzar porque las que llevaba estaban tan rotas y desgastadas por el uso que corría peligro de quedar descalzo cuando más necesitase de ellas. Y habiendo oído hablar del zapatero de marras, se fue al zoco y buscó la casa que le habían indicado, donde halló al zapatero sentado en el zaguán entre cueros, badanas, leznas y cuchillas, aplicado al arte de su oficio.

Se alegró mucho de ello el barbero y le saludó con la zalema, deseándole la paz. Contestóle el otro de igual modo, e invitóle a sentarse y explicarle el motivo de su visita. Y comenzó así el alfajeme:

- Has de saber, ¡oh zapatero!, que estoy reputado como el mejor alfajeme de los alfajemes de Córdoba. Llegan a mi puerta todos los días avisos para acudir a las más nobles casas de la ciudad a cuidar las barbas y rasurar los rostros de sus dueños, dejándolos tan arreglados que no hay más que admirar y hasta el mismo califa me honra permitiéndome mesar sus barbas y acicalarlas y pone su garganta bajo el filo de mi navaja con toda confianza. Y en este trasiego de ir y venir por las calles, se me cansan los pies hasta el sumo y termino con ellos doloridos e hinchados de tal forma que a la noche tengo los dedos rojos y deformes y me despierto, en lo mejor del sueño, agitado y molesto. Y vengo a ti por ser, según me han llegado noticias, el más hábil y diestro en el oficio de calzar los pies de los creyentes, arte que maravilla toda la ciudad.

Escuchó el zapatero con atención y, cuando el otro hubo terminado de hablar, tomó la palabra y le contestó:

- Bien has dicho, barbero. No hallarás en toda Córdoba zapatero como yo trabajando el cuero, domándolo, doblegándolo, dándole forma y, finalmente, con la lezna y la aguja, convirtiéndolo en calzado digno de un califa, pues has de saber que también a mí me honra nuestro señor dejándome calzar sus pies, y lo hago como ningún otro podría hacerlo. Y si tú visitas el palacio del califa para atender a sus barbas, el palacio del califa visito yo para atender a sus pies.

Refunfuñó a esto el alfajeme y pensó bien las palabras que había de decir para no quedar por debajo del engreído zapatero que, bien se veía, no se quedaba atrás en fanfarronadas, ni en auto alabanzas y por fin repuso:

- Pues, de ese modo, procúrame un calzado para cubrirme el pie en su justa medida, sin faltar ni sobrar, ligero a la vez que recio y que sin hacerme presuntuoso realce mi buen vestir y me permita visitar a mis clientes sin tormento al andar. Hazlo así y te remuneraré, como merece, tu trabajo.

- Oigo y obedezco- respondió el zapatero. Y añadió: Yo te confeccionaré babuchas tales que se adapten a tus deseos y aún te digo que, si Alá fuere servido, habrás de poder recorrer con ellas la ciudad toda de norte a sur y de oriente a poniente, sin darte punto de descanso, y seguirás ligero de pies, sin dolor ni nada que te moleste, de modo que te parecerá haber dado un liguero paseo, en vez de andar de la ceca a la meca tras tus obligaciones barberiles. Pero habrás de abonarme por ellas su precio justo de diez dinares pues por menos de eso no me he de molestar en utilizar mis herramientas para trabajar el calzado ni para ti, ni para nadie. Si estás en ello conforme vuelve por aquí en el plazo de siete días y tú tendrás tus babuchas y yo mi dinero y no se hable más.

Le pareció justo al alfajeme el trato y lo aceptó, deseoso de verse lejos de zapatero tan pagado de sí mismo como no lo viera jamás y aún andaba pesaroso de haber acudido a él, pero todo lo daba por bien empleado si lograba el propósito de dar alivio a sus pies con tan encarecido calzado.

Cumplido el plazo dado por el zapatero fue el barbero a recoger sus babuchas. Las tomó en las manos, las miró y remiró, se las calzó, dio con ellas unos pasos y confesó en su ánima ser unas babuchas como nunca antes se vieron en pies de musulmán, con lo que, tras pagar su precio, fuese con ellas puestas muy ufano y orgulloso, deseoso de lucirlas por toda la ciudad.

Pero hubo de ser aquél uno de los días que más avisos recibió de clientes necesitados de sus servicios por lo que tuvo que ir y venir, subir y bajar, entrar y salir, hasta quedar sin resuello cuando llegó la noche y atendió la última barba. Tan baldado estaba que, ciertamente, no sentía las babuchas en los pies, pero era de tan doloridos, hinchados y disformes como le habían quedado por la caminata, por lo que se acostó temprano, tras frugal cena, con idea de levantarse a la mañana siguiente, apenas apuntara el alba y hacer lo que tenía pensado. Y así fue. Abandonó el lecho con las primeras luces, hizo sus abluciones, rezó la zalá primera, la de la mañana, se dirigió a la plaza donde el cadí administraba justicia y presentó la primera querella del día acusando al zapatero de martirizador de sus pies.

Ordenó el cadí ir en busca del tal zapatero con orden de presentarse ante él sin dilación para defenderse de los cargos que se le hacían. Presentóse el cuitado y oyó cuanto decía el alfajeme acusándole de falsedad, pues, afirmaba que aquellas babuchas de marras no eran sino como todas, que protegen, cubren y ayudan, pero sin ser tales como el taimado se las había prometido, ya que no había podido, ni por pienso, recorrer con ellas toda la ciudad y aún menos sus barrios más alejados, sin quedar baldado de pies, como había quedado aquel primer día. Porfió a esto el zapatero y acusó, a su vez, al barbero de haberse cansado a sabiendas y sin tino, con el fin de mercar babuchas tan perfectas a poco precio o gratis, lo que él no había de permitir, diciendo toda la verdad del caso. Y fue aquello rifirrafe sin concierto, pues alzaba la voz el zapatero y alzábala más el alfajeme y uno y otro daban razones a un mismo tiempo con grandes gritos y aspavientos de forma que nadie se entendía, el alboroto crecía y cada vez se embrollaba más el asunto.

Era el cadí hombre justo y honesto, pero de pocas luces y tardo de entendederas, y así por más que escuchaba nada se le alcanzaba. Pidió, con voz calmada, orden en la disputa y que hablase primero uno de los hombres y luego el otro, por turno, para saber qué alegaba cada uno en la cuestión; pero arreciaban los gritos, iba en aumento la disputa, hablaban ambos litigantes, no escuchaba ninguno y convirtióse el diván de justicia en zambra de locos.

Enfurecióse al fin el cadí y ordenó a la guardia hacer callar a ambos hombres, tras lo cual se levantó de su asiento y dijo:

- El califa sea nuestro juez, que jamás vi algarada semejante, ni enredo tan difícil de desenmarañar.

Y partió el cadí con su escolta, y en medio de ella el zapatero y el alfajeme, al palacio de Medina al Zahra, donde a la sazón tenía el califa su diván desde el que administraba justicia y atendía a los otros asuntos del reino.

Estaba el gran Abdu-r-Rahmán sentado en su trono departiendo con sus emires, príncipes, chambelanes y visires y rodeado de una multitud incontable de esclavos y esclavas, guardas armados, servidores y eunucos, músicos, cantores y bailarinas cuya presencia se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los esplendorosos jardines se abrían a uno y otro lado con toda variedad de bellas flores y árboles frondosos, repletos de los más sabrosos frutos, cada uno según su especie. Y en el medio una fuente de azogue con más de cien caños reverberaba al sol e irradiaba brillos y colores como jamás se viera.

Quedó el cadí de nuestra historia y los que con él iban, asustados y suspensos ante tanta majestad y poder. A una indicación del primer visir, se llegaron todos al trono del califa, besaron la tierra y hundieron la frente en el polvo, deseándole larga vida y la paz del Profeta. Pedida la venia, pasó el cadí a exponer, con palabras torpes y atropelladas, el caso que traía y cómo lo ponía en sus manos, pues no sabía, ni habría de saber, así viviera mil años, modo de desenredar asunto tan enredado como aquel.

Miraba el califa a todos con ojos escrutadores y conoció en el acto al hombre cuidador de su barba y al otro hombre que lo calzaba y pensó para su caletre cómo daría satisfacción a ambos, no dañando a ninguno, pues los dos le eran cercanos y queridos y a ambos debía mercedes por la perfección con que cumplían en sus respectivos oficios con él. Mas no quería dejar que tales sentimientos influyesen en su ánimo y ordenó a los dos hablar, por turno, y decir cuanto conviniese al caso.

Tomó primero la palabra el alfajeme y contó y dijo todo lo que tenía pensado decir, sin olvidar lamentarse largamente de que sus pies siguieran sufriendo como lo hacían antes de calzar aquellas babuchas que de nada le habían servido por mucha promesa del zapatero, hecha con palabras engañosas. Y pedía y clamaba justicia, pues en nada había visto cumplido cuanto se le dijera.

Habló, después, el zapatero y tampoco omitió nada de su contrato con el alfajeme, y detalló hasta la minucia todo lo conveniente a su defensa. Explicó cómo creía que todo aquello no eran sino marrullerías de barbero para reclamarle la devolución de los diez dinares de unas babuchas como no se hallarían otras en toda la ciudad de Córdoba, ni aún por quince dinares.

Escuchó el califa a ambos sin interrumpir a ninguno, y guardó, luego, silencio un largo espacio de tiempo meditando en su corazón la sentencia que había de pronunciar. Al fin, alzó la vista, señaló con su índice al zapatero y le preguntó:

- ¿Es cierto que prometiste al alfajeme hacerle unas babuchas tales que, si Alá fuere servido, habría de poder recorrer con ellas la ciudad toda de norte a sur y de oriente a poniente, sin darse punto de descanso, y seguiría ligero de pies, sin dolor ni cansancio que le molestase, como si dado un liguero paseo, en vez de andar de la ceca a la meca tras sus obligaciones de barbero?

- Tan cierto como que el malo anda a la búsqueda mi alma pecadora para perderla- contestó el zapatero.

- ¿Es cierto que te dijo: “Si Alá fuere servido”?- preguntó después al alfajeme.

- Así dijo: “Si Alá fuere servido” y no otra cosa- respondió el barbero.

- Pues, en manos de Alá- dijo el califa,- dejó el zapatero que tus babuchas se tornaran, a la sazón, maravillosas y te librasen de toda fatiga. Mas algún pecado ocultas en tu alma, pues no le plugo al Grande, al Justo, al Poderoso que tal cosa sucediese, que si de verdad fuese puro tu corazón El hubiera obrado el prodigio. Queda satisfecho con tus babuchas y disfrútalas pues pagaste por ellas un precio justo y cuanto hubieras recibido de más, habría sido añadidura y sobra del cielo.

Calló el alfajeme y se inclinó en señal de acatamiento al venirle a la memoria más de cien faltas y resabios que habían sido, sin duda, la causa de no haber querido Alá favorecer sus babuchas.

Se volvió, luego, el califa hacia el zapatero y le conminó a volver a su oficio, con los diez dinares cobrados como precio muy justo, pues babuchas que valiesen quince él, el califa, no las conocía y ordenóle no tentar más a los cielos, no le ocurriese que la próxima vez no saliese tan bien librado como aquella, con lo cual fuese el hombre agradecido y con alabanzas a la magnanimidad de su señor.

Llegó, al fin, la noche, desgranóse el diván y todos los presentes, maravillados de lo visto y oído, corrieron a la ciudad pregonando la sabiduría y justicia de Abdu-r-Rahmán.

Y los cronistas del reino, servidores del trono del califa, escribieron esta historia, sobre imperecedera piedra, para enseñanza de los tiempos futuros y motivo de reflexión para sabios y justos. Y esta es la historia que escribieron.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

Navidades recordadas las de antaño, quizá porque los que peinamos canas (por decirlo de manera grata pues a algunos ya ni canas nos quedan) añoramos el pasado, como el niño recién destetado echa de menos los pechos nutricios de su madre.

Eran años de penuria, quizá también de hambre, de alguna hambre al menos, si no de pan, sí de un tasajo de cordero con patatas o un pescado presentado con salsa verde, animando a chuparse los dedos, como lo habíamos visto en el cine o en la foto de alguna revista y cuyo recuerdo guardábamos, revoloteando ansias, en la imaginación del estómago.

Por entonces se montaba el Belén en el zaguán de entrada, el buen Belén, claro, el Portal con figuritas. También se montaba el otro, ¡qué duda cabe!, pero ese quedaba en el secreto más hondo de los dormitorios conyugales con sus palabrotas, alguna blasfemia insinuada y un amago de bofetada. Nada grave, también hay que decirlo: jamás llegaba la sangre al río y, a la noche siguiente todo se volvía ardientes rescoldos que asuraban sábanas y pijamas mientras se hacían las paces.

Pero vuelvo al Belén de las figuritas. Había algunos tan sencillos y pobres que tenían sólo las tres imprescindibles en todo Portal que quiera parecerlo: el Niño, San José y la Virgen. Otros, más ambiciosos, añadían un buey y una mula amorfos, a más de unos Reyes sobre camellos rencos o desrabados y los muy vistosos tenían sus pastores cuidando exiguos rebaños, alguna zagala en edad de merecer con cordero sobre los hombres, patos, gallinas y conejos, corrientes de agua hechas con papel de plata, un Herodes de rostro ferocísimo, rodeado de soldados romanos, y el angelote turiferario cantando el “Gloria in excelsis”.

El Niño aparecía siempre rollizo, sonriente y juguetón, ajeno en su desnudez al espantoso frío que se adivinaba en la harina esparcida por los tejados simulando nieve. Y una Virgen y un San José a punto de levitar de puro absortos y encandilados.

La cena de Nochebuena era exigua pero muy bien llevada en familia. Por una noche no había adultos ni niños y todos disfrutaban de los mismos privilegios. Se comenzaba con una sopa castellana donde lo de menos eran el pan y el caldo, pues se la aderezaba con huevos estozados, chorizo de la reciente matanza y un sembrado de morcilla rota que hacía las delicias del estómago menos avenido.

Seguía el chicharro impregnado en una salsa sustanciosa donde todos, a porfía, hundían los dedos untando el pan, y si el año había sido bueno hasta podía haber una o dos chuletas a la plancha a repartir en buena compañía.

El postre era siempre el mismo y plural. Primero una fuente rebosando rodajas de naranja embadurnadas en aceite y sal, manjar de dioses reservado a estómagos poco delicados. Yo probaba una por no quedar al margen de la fiesta, pero luego me aplicaba a mi propia naranja, a reventar de azúcar, que hacía menos ascos a mi paladar de niño. Venía detrás una imponente cazuela de castañas cocidas con anises a la que todos nos aplicábamos con fruición y cuando ya languidecían naranjas y castañas, venía el plato de turrón, no mucho, debo reconocerlo, lo justo y un poquito más para matar el gusanillo de las fiestas. No estaban los tiempos para alegrías y el turrón, aunque español, se prodigaba más en mesas mejor abastecidas.

Terminaba con ello la cena y era el momento de cantarle al Niño uno o dos villancicos, con más entusiasmo que acierto, de lo que quedábamos muy pagados los críos y abundando en sorna los mayores. Luego alguien mentaba de ir a la Misa del Gallo. Las mujeres más propensas a beaterías de rezos y sotanas se abrigaban como si fueran a conquistar los polos y nos dejaban a los hombres y a los críos pequeños en casa.

Se abrían entonces las botellas de coñac y de anís, se escanciaba un chorrillo, sin esmerarse mucho que habían de durar hasta final de las fiestas, y en seguida empezaban a pintar oros, bastos, o espadas sobre la mesa. Después, cambiaba el encarte a los órdagos y envites del mus mientras se nos iban cerrando los ojos a los más jóvenes. Cuando las mujeres volvían de la iglesia, con la gracia del recién nacido brillándoles en los ojos, yo dormía hecho un rebujo en algún rincón de la cocina. Las manos amorosas de mi madre o mi abuela, me llevaban a la cama y me arropaban sin quitarme las ropas para que no me despertase.

A cualquiera que no haya vivido aquellos tiempos le sonará a cuento de Maricastaña esto que digo. Hoy no se conciben una fiestas navideñas, sin pitanzas con empacho, gastos desorbitados en fruslerías innecesarias y felicitaciones a todo trapo para cubrir el expediente verbenero.

Se nos han colado de rondón demasiados barbarismos costumbristas y pienso que no para bien. Ahí tenemos, como muestra, ese gordo grasiento, vestido de rojo, con su risa bronca y destemplada, que a saber de qué tontería se reirá, y su campanita hirientemente desestabilizadora.

¿Hemos pensado bien a quien rendimos pleitesía cuando reímos las gracias de ese personaje o lo añadimos a nuestro mobiliario particular? Rostro abotagado, ojos menudos, narizota colorada y mejillas surcadas de venas transparentes, imagen de alcoholizado irrecuperable. Vientre descomunal propio de un glotón irredento, pies torpes, andar grotesco sin dejar de ser engreído y compañero de juegas y jaranas de uno de los renos que arrastra su peculiar medio de transporte, a juzgar por esa trufa roja como la nariz del dueño.

Y se nos aparece machacón y molesto en centros comerciales y grandes almacenes, animándonos a un gasto incontrolado y masivo, envenenando las necesidades de grandes y pequeños, manipulando nuestras preferencias y haciendo que unas fiestas que deberían ser alegres y familiares, se nos tornen horrorosamente desagradables y angustiosas, presos de la insatisfacción consumista.

- ¡Ho, ho, ho!- ríe sin entonación, haciéndonos barruntar falta de sinceridad en cada “ho”, matices de alegría forzada, maldad perniciosa por hipócrita e inhumana.

La risa abierta y sincera, siempre ha sonado: ¡Jaaaja, ja, ja ja…!

Desconfiad de quien no sabe reír.

En cualquier caso, sintáis como sintáis estas fiestas y os arropéis en las haldas que más gusto os den, para todos, ¡feliz Navidad!