jueves, 13 de enero de 2011

Historia del pleito que tuvo el alfajeme con el zapatero y del buen fin que le dio el califa

Cuentan los que cuentan que hubo en tiempos pasados un califa poderoso y grande, entre los grandes califas de Al Andalus. Era su nombre Abdu-r-Rahmán y moraba en el palacio de Medina al Zahra. Pero si grande fue su poder, su largueza y la munificencia y generosidad con que atendía todas las necesidades de sus súbditos, no fue menor la fama que le procuró la sabiduría de sus sentencias, pues la mayor de las riquezas es dictar con juicio recto y desparramar misericordia en su dictado.

Y entre las innumerables historias, a este tenor, se cuenta la del suceso acaecido en la ciudad de Córdoba con motivo del pleito entre un conocido alfajeme y otro no menos conocido zapatero, maestros expertos los dos, cada uno en lo suyo y si marrullero uno, marrullero otro, pues no van a la zaga en ello zapateros y alfajemes.

Fue el caso que vino este alfajeme a estar necesitado de unas babuchas para calzar porque las que llevaba estaban tan rotas y desgastadas por el uso que corría peligro de quedar descalzo cuando más necesitase de ellas. Y habiendo oído hablar del zapatero de marras, se fue al zoco y buscó la casa que le habían indicado, donde halló al zapatero sentado en el zaguán entre cueros, badanas, leznas y cuchillas, aplicado al arte de su oficio.

Se alegró mucho de ello el barbero y le saludó con la zalema, deseándole la paz. Contestóle el otro de igual modo, e invitóle a sentarse y explicarle el motivo de su visita. Y comenzó así el alfajeme:

- Has de saber, ¡oh zapatero!, que estoy reputado como el mejor alfajeme de los alfajemes de Córdoba. Llegan a mi puerta todos los días avisos para acudir a las más nobles casas de la ciudad a cuidar las barbas y rasurar los rostros de sus dueños, dejándolos tan arreglados que no hay más que admirar y hasta el mismo califa me honra permitiéndome mesar sus barbas y acicalarlas y pone su garganta bajo el filo de mi navaja con toda confianza. Y en este trasiego de ir y venir por las calles, se me cansan los pies hasta el sumo y termino con ellos doloridos e hinchados de tal forma que a la noche tengo los dedos rojos y deformes y me despierto, en lo mejor del sueño, agitado y molesto. Y vengo a ti por ser, según me han llegado noticias, el más hábil y diestro en el oficio de calzar los pies de los creyentes, arte que maravilla toda la ciudad.

Escuchó el zapatero con atención y, cuando el otro hubo terminado de hablar, tomó la palabra y le contestó:

- Bien has dicho, barbero. No hallarás en toda Córdoba zapatero como yo trabajando el cuero, domándolo, doblegándolo, dándole forma y, finalmente, con la lezna y la aguja, convirtiéndolo en calzado digno de un califa, pues has de saber que también a mí me honra nuestro señor dejándome calzar sus pies, y lo hago como ningún otro podría hacerlo. Y si tú visitas el palacio del califa para atender a sus barbas, el palacio del califa visito yo para atender a sus pies.

Refunfuñó a esto el alfajeme y pensó bien las palabras que había de decir para no quedar por debajo del engreído zapatero que, bien se veía, no se quedaba atrás en fanfarronadas, ni en auto alabanzas y por fin repuso:

- Pues, de ese modo, procúrame un calzado para cubrirme el pie en su justa medida, sin faltar ni sobrar, ligero a la vez que recio y que sin hacerme presuntuoso realce mi buen vestir y me permita visitar a mis clientes sin tormento al andar. Hazlo así y te remuneraré, como merece, tu trabajo.

- Oigo y obedezco- respondió el zapatero. Y añadió: Yo te confeccionaré babuchas tales que se adapten a tus deseos y aún te digo que, si Alá fuere servido, habrás de poder recorrer con ellas la ciudad toda de norte a sur y de oriente a poniente, sin darte punto de descanso, y seguirás ligero de pies, sin dolor ni nada que te moleste, de modo que te parecerá haber dado un liguero paseo, en vez de andar de la ceca a la meca tras tus obligaciones barberiles. Pero habrás de abonarme por ellas su precio justo de diez dinares pues por menos de eso no me he de molestar en utilizar mis herramientas para trabajar el calzado ni para ti, ni para nadie. Si estás en ello conforme vuelve por aquí en el plazo de siete días y tú tendrás tus babuchas y yo mi dinero y no se hable más.

Le pareció justo al alfajeme el trato y lo aceptó, deseoso de verse lejos de zapatero tan pagado de sí mismo como no lo viera jamás y aún andaba pesaroso de haber acudido a él, pero todo lo daba por bien empleado si lograba el propósito de dar alivio a sus pies con tan encarecido calzado.

Cumplido el plazo dado por el zapatero fue el barbero a recoger sus babuchas. Las tomó en las manos, las miró y remiró, se las calzó, dio con ellas unos pasos y confesó en su ánima ser unas babuchas como nunca antes se vieron en pies de musulmán, con lo que, tras pagar su precio, fuese con ellas puestas muy ufano y orgulloso, deseoso de lucirlas por toda la ciudad.

Pero hubo de ser aquél uno de los días que más avisos recibió de clientes necesitados de sus servicios por lo que tuvo que ir y venir, subir y bajar, entrar y salir, hasta quedar sin resuello cuando llegó la noche y atendió la última barba. Tan baldado estaba que, ciertamente, no sentía las babuchas en los pies, pero era de tan doloridos, hinchados y disformes como le habían quedado por la caminata, por lo que se acostó temprano, tras frugal cena, con idea de levantarse a la mañana siguiente, apenas apuntara el alba y hacer lo que tenía pensado. Y así fue. Abandonó el lecho con las primeras luces, hizo sus abluciones, rezó la zalá primera, la de la mañana, se dirigió a la plaza donde el cadí administraba justicia y presentó la primera querella del día acusando al zapatero de martirizador de sus pies.

Ordenó el cadí ir en busca del tal zapatero con orden de presentarse ante él sin dilación para defenderse de los cargos que se le hacían. Presentóse el cuitado y oyó cuanto decía el alfajeme acusándole de falsedad, pues, afirmaba que aquellas babuchas de marras no eran sino como todas, que protegen, cubren y ayudan, pero sin ser tales como el taimado se las había prometido, ya que no había podido, ni por pienso, recorrer con ellas toda la ciudad y aún menos sus barrios más alejados, sin quedar baldado de pies, como había quedado aquel primer día. Porfió a esto el zapatero y acusó, a su vez, al barbero de haberse cansado a sabiendas y sin tino, con el fin de mercar babuchas tan perfectas a poco precio o gratis, lo que él no había de permitir, diciendo toda la verdad del caso. Y fue aquello rifirrafe sin concierto, pues alzaba la voz el zapatero y alzábala más el alfajeme y uno y otro daban razones a un mismo tiempo con grandes gritos y aspavientos de forma que nadie se entendía, el alboroto crecía y cada vez se embrollaba más el asunto.

Era el cadí hombre justo y honesto, pero de pocas luces y tardo de entendederas, y así por más que escuchaba nada se le alcanzaba. Pidió, con voz calmada, orden en la disputa y que hablase primero uno de los hombres y luego el otro, por turno, para saber qué alegaba cada uno en la cuestión; pero arreciaban los gritos, iba en aumento la disputa, hablaban ambos litigantes, no escuchaba ninguno y convirtióse el diván de justicia en zambra de locos.

Enfurecióse al fin el cadí y ordenó a la guardia hacer callar a ambos hombres, tras lo cual se levantó de su asiento y dijo:

- El califa sea nuestro juez, que jamás vi algarada semejante, ni enredo tan difícil de desenmarañar.

Y partió el cadí con su escolta, y en medio de ella el zapatero y el alfajeme, al palacio de Medina al Zahra, donde a la sazón tenía el califa su diván desde el que administraba justicia y atendía a los otros asuntos del reino.

Estaba el gran Abdu-r-Rahmán sentado en su trono departiendo con sus emires, príncipes, chambelanes y visires y rodeado de una multitud incontable de esclavos y esclavas, guardas armados, servidores y eunucos, músicos, cantores y bailarinas cuya presencia se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los esplendorosos jardines se abrían a uno y otro lado con toda variedad de bellas flores y árboles frondosos, repletos de los más sabrosos frutos, cada uno según su especie. Y en el medio una fuente de azogue con más de cien caños reverberaba al sol e irradiaba brillos y colores como jamás se viera.

Quedó el cadí de nuestra historia y los que con él iban, asustados y suspensos ante tanta majestad y poder. A una indicación del primer visir, se llegaron todos al trono del califa, besaron la tierra y hundieron la frente en el polvo, deseándole larga vida y la paz del Profeta. Pedida la venia, pasó el cadí a exponer, con palabras torpes y atropelladas, el caso que traía y cómo lo ponía en sus manos, pues no sabía, ni habría de saber, así viviera mil años, modo de desenredar asunto tan enredado como aquel.

Miraba el califa a todos con ojos escrutadores y conoció en el acto al hombre cuidador de su barba y al otro hombre que lo calzaba y pensó para su caletre cómo daría satisfacción a ambos, no dañando a ninguno, pues los dos le eran cercanos y queridos y a ambos debía mercedes por la perfección con que cumplían en sus respectivos oficios con él. Mas no quería dejar que tales sentimientos influyesen en su ánimo y ordenó a los dos hablar, por turno, y decir cuanto conviniese al caso.

Tomó primero la palabra el alfajeme y contó y dijo todo lo que tenía pensado decir, sin olvidar lamentarse largamente de que sus pies siguieran sufriendo como lo hacían antes de calzar aquellas babuchas que de nada le habían servido por mucha promesa del zapatero, hecha con palabras engañosas. Y pedía y clamaba justicia, pues en nada había visto cumplido cuanto se le dijera.

Habló, después, el zapatero y tampoco omitió nada de su contrato con el alfajeme, y detalló hasta la minucia todo lo conveniente a su defensa. Explicó cómo creía que todo aquello no eran sino marrullerías de barbero para reclamarle la devolución de los diez dinares de unas babuchas como no se hallarían otras en toda la ciudad de Córdoba, ni aún por quince dinares.

Escuchó el califa a ambos sin interrumpir a ninguno, y guardó, luego, silencio un largo espacio de tiempo meditando en su corazón la sentencia que había de pronunciar. Al fin, alzó la vista, señaló con su índice al zapatero y le preguntó:

- ¿Es cierto que prometiste al alfajeme hacerle unas babuchas tales que, si Alá fuere servido, habría de poder recorrer con ellas la ciudad toda de norte a sur y de oriente a poniente, sin darse punto de descanso, y seguiría ligero de pies, sin dolor ni cansancio que le molestase, como si dado un liguero paseo, en vez de andar de la ceca a la meca tras sus obligaciones de barbero?

- Tan cierto como que el malo anda a la búsqueda mi alma pecadora para perderla- contestó el zapatero.

- ¿Es cierto que te dijo: “Si Alá fuere servido”?- preguntó después al alfajeme.

- Así dijo: “Si Alá fuere servido” y no otra cosa- respondió el barbero.

- Pues, en manos de Alá- dijo el califa,- dejó el zapatero que tus babuchas se tornaran, a la sazón, maravillosas y te librasen de toda fatiga. Mas algún pecado ocultas en tu alma, pues no le plugo al Grande, al Justo, al Poderoso que tal cosa sucediese, que si de verdad fuese puro tu corazón El hubiera obrado el prodigio. Queda satisfecho con tus babuchas y disfrútalas pues pagaste por ellas un precio justo y cuanto hubieras recibido de más, habría sido añadidura y sobra del cielo.

Calló el alfajeme y se inclinó en señal de acatamiento al venirle a la memoria más de cien faltas y resabios que habían sido, sin duda, la causa de no haber querido Alá favorecer sus babuchas.

Se volvió, luego, el califa hacia el zapatero y le conminó a volver a su oficio, con los diez dinares cobrados como precio muy justo, pues babuchas que valiesen quince él, el califa, no las conocía y ordenóle no tentar más a los cielos, no le ocurriese que la próxima vez no saliese tan bien librado como aquella, con lo cual fuese el hombre agradecido y con alabanzas a la magnanimidad de su señor.

Llegó, al fin, la noche, desgranóse el diván y todos los presentes, maravillados de lo visto y oído, corrieron a la ciudad pregonando la sabiduría y justicia de Abdu-r-Rahmán.

Y los cronistas del reino, servidores del trono del califa, escribieron esta historia, sobre imperecedera piedra, para enseñanza de los tiempos futuros y motivo de reflexión para sabios y justos. Y esta es la historia que escribieron.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

Navidades recordadas las de antaño, quizá porque los que peinamos canas (por decirlo de manera grata pues a algunos ya ni canas nos quedan) añoramos el pasado, como el niño recién destetado echa de menos los pechos nutricios de su madre.

Eran años de penuria, quizá también de hambre, de alguna hambre al menos, si no de pan, sí de un tasajo de cordero con patatas o un pescado presentado con salsa verde, animando a chuparse los dedos, como lo habíamos visto en el cine o en la foto de alguna revista y cuyo recuerdo guardábamos, revoloteando ansias, en la imaginación del estómago.

Por entonces se montaba el Belén en el zaguán de entrada, el buen Belén, claro, el Portal con figuritas. También se montaba el otro, ¡qué duda cabe!, pero ese quedaba en el secreto más hondo de los dormitorios conyugales con sus palabrotas, alguna blasfemia insinuada y un amago de bofetada. Nada grave, también hay que decirlo: jamás llegaba la sangre al río y, a la noche siguiente todo se volvía ardientes rescoldos que asuraban sábanas y pijamas mientras se hacían las paces.

Pero vuelvo al Belén de las figuritas. Había algunos tan sencillos y pobres que tenían sólo las tres imprescindibles en todo Portal que quiera parecerlo: el Niño, San José y la Virgen. Otros, más ambiciosos, añadían un buey y una mula amorfos, a más de unos Reyes sobre camellos rencos o desrabados y los muy vistosos tenían sus pastores cuidando exiguos rebaños, alguna zagala en edad de merecer con cordero sobre los hombres, patos, gallinas y conejos, corrientes de agua hechas con papel de plata, un Herodes de rostro ferocísimo, rodeado de soldados romanos, y el angelote turiferario cantando el “Gloria in excelsis”.

El Niño aparecía siempre rollizo, sonriente y juguetón, ajeno en su desnudez al espantoso frío que se adivinaba en la harina esparcida por los tejados simulando nieve. Y una Virgen y un San José a punto de levitar de puro absortos y encandilados.

La cena de Nochebuena era exigua pero muy bien llevada en familia. Por una noche no había adultos ni niños y todos disfrutaban de los mismos privilegios. Se comenzaba con una sopa castellana donde lo de menos eran el pan y el caldo, pues se la aderezaba con huevos estozados, chorizo de la reciente matanza y un sembrado de morcilla rota que hacía las delicias del estómago menos avenido.

Seguía el chicharro impregnado en una salsa sustanciosa donde todos, a porfía, hundían los dedos untando el pan, y si el año había sido bueno hasta podía haber una o dos chuletas a la plancha a repartir en buena compañía.

El postre era siempre el mismo y plural. Primero una fuente rebosando rodajas de naranja embadurnadas en aceite y sal, manjar de dioses reservado a estómagos poco delicados. Yo probaba una por no quedar al margen de la fiesta, pero luego me aplicaba a mi propia naranja, a reventar de azúcar, que hacía menos ascos a mi paladar de niño. Venía detrás una imponente cazuela de castañas cocidas con anises a la que todos nos aplicábamos con fruición y cuando ya languidecían naranjas y castañas, venía el plato de turrón, no mucho, debo reconocerlo, lo justo y un poquito más para matar el gusanillo de las fiestas. No estaban los tiempos para alegrías y el turrón, aunque español, se prodigaba más en mesas mejor abastecidas.

Terminaba con ello la cena y era el momento de cantarle al Niño uno o dos villancicos, con más entusiasmo que acierto, de lo que quedábamos muy pagados los críos y abundando en sorna los mayores. Luego alguien mentaba de ir a la Misa del Gallo. Las mujeres más propensas a beaterías de rezos y sotanas se abrigaban como si fueran a conquistar los polos y nos dejaban a los hombres y a los críos pequeños en casa.

Se abrían entonces las botellas de coñac y de anís, se escanciaba un chorrillo, sin esmerarse mucho que habían de durar hasta final de las fiestas, y en seguida empezaban a pintar oros, bastos, o espadas sobre la mesa. Después, cambiaba el encarte a los órdagos y envites del mus mientras se nos iban cerrando los ojos a los más jóvenes. Cuando las mujeres volvían de la iglesia, con la gracia del recién nacido brillándoles en los ojos, yo dormía hecho un rebujo en algún rincón de la cocina. Las manos amorosas de mi madre o mi abuela, me llevaban a la cama y me arropaban sin quitarme las ropas para que no me despertase.

A cualquiera que no haya vivido aquellos tiempos le sonará a cuento de Maricastaña esto que digo. Hoy no se conciben una fiestas navideñas, sin pitanzas con empacho, gastos desorbitados en fruslerías innecesarias y felicitaciones a todo trapo para cubrir el expediente verbenero.

Se nos han colado de rondón demasiados barbarismos costumbristas y pienso que no para bien. Ahí tenemos, como muestra, ese gordo grasiento, vestido de rojo, con su risa bronca y destemplada, que a saber de qué tontería se reirá, y su campanita hirientemente desestabilizadora.

¿Hemos pensado bien a quien rendimos pleitesía cuando reímos las gracias de ese personaje o lo añadimos a nuestro mobiliario particular? Rostro abotagado, ojos menudos, narizota colorada y mejillas surcadas de venas transparentes, imagen de alcoholizado irrecuperable. Vientre descomunal propio de un glotón irredento, pies torpes, andar grotesco sin dejar de ser engreído y compañero de juegas y jaranas de uno de los renos que arrastra su peculiar medio de transporte, a juzgar por esa trufa roja como la nariz del dueño.

Y se nos aparece machacón y molesto en centros comerciales y grandes almacenes, animándonos a un gasto incontrolado y masivo, envenenando las necesidades de grandes y pequeños, manipulando nuestras preferencias y haciendo que unas fiestas que deberían ser alegres y familiares, se nos tornen horrorosamente desagradables y angustiosas, presos de la insatisfacción consumista.

- ¡Ho, ho, ho!- ríe sin entonación, haciéndonos barruntar falta de sinceridad en cada “ho”, matices de alegría forzada, maldad perniciosa por hipócrita e inhumana.

La risa abierta y sincera, siempre ha sonado: ¡Jaaaja, ja, ja ja…!

Desconfiad de quien no sabe reír.

En cualquier caso, sintáis como sintáis estas fiestas y os arropéis en las haldas que más gusto os den, para todos, ¡feliz Navidad!

viernes, 26 de noviembre de 2010

La tormenta

Hizo calor durante todo el día. Mucho calor, un calor espeso, pegajoso, como de brea fundida. A media tarde no se movía una brizna. Los árboles languidecían en un vano intento de apaciguar el fuego que venía del cielo y un tufo de hedor apestoso impregnaba los cuerpos.

Entonces apareció la primera nube. Era pequeña. En el azul brumoso y difuminado parecía una broma errante. Pero vino otra y otra y otras más. Luego muchas, a cual más oscura y aborregada, formando montañas de algodón sucio. Por fin un nubarrón pardo como panza de burro ocultó el sol y se alzó una brisa ardiente que abrasó los rostros.

Sebas, sentado en un banco, dormitaba entre resoplidos inquietos. Su compañera, le dio un codazo: -¡Alza, que nos vamos!

Sebas se removió entre bufidos y palabras entrecortadas. Abrió un ojo, a duras penas, luego el otro y quedó esperando un nuevo codazo que no llegó. La hora del sesteo era sagrada para él y gustaba de saborear hasta el último instante la morbidez de la somnolencia. - Como si fuesen las carnes duras y prietas de una chavala-, decía. Por fin barbotó un puñado de obscenidades deshilachadas, sacó un moquero del bolsillo de los pantalones y se lo pasó por el cuello, para secarse los churretes de sudor que le corrían.

- ¡Uf!, mira- dijo mostrando a la mujer el tizne dejado en el trapo.

- ¡Vamos, alza! Tú sí debes mirar lo que viene-, insistió ella. Y señaló con un movimiento de cabeza el nubarrón que se ennegrecía por momentos.

- ¡Diablos!- saltó Sebas-, déjalo que caiga. Así no escampe hasta mañana.

Algo zigzagueó en medio de la nube y un remolino de viento arrebató hojas, papeles y desperdicios. Al cabo de mucho rato les llegó el rumor de un trueno apagado.

- Esa no descarga aquí, Fausta.- siguió Sebas-. Está demasiado lejos.

Remoloneó otro poco en el banco, buscó la parte más limpia del moquero y se lo pasó por la cara con parsimonia enervante.

- Pero debería caer y así se llevase este maldito bochorno-, añadió y señaló a la nube con un movimiento obsceno de los dedos. Luego, se levantó y echó acera adelante seguido por Fausta. Hacían una pareja irreconciliable físicamente. El, una engañifa de hombre, menudo, encorvado, renqueante, con movimientos nerviosos de los dedos que producían desazón y agobio a quien los miraba, trastabillaba en cada baldosa mal sujeta y en cada registro desnivelado. Parecía un despojo destinado a ser zarandeado por la tormenta.

Ella, una mujerona brava con mucho de virago y poco de hembra. Grande como una montaña, de color cetrino tirando a aceituna a punto de madurar, segura de sí misma y madre protectora de Sebas, de su Sebas, como decía.

Vivían juntos hacía años. Si se les preguntaba, ninguno de los dos podría decir cuántos, pero ni tantos como para no recordar tiempos de soledad, ni tan pocos como para no sentirse ya ambos en perfecto maridaje. Uno y otra habían tenido muy mala suerte en el pasado. A él lo perdió su carácter apocado, de muermo venido a menos, que le impidió conocer mujer con que intimar, pues al primer encuentro se metía en garabatos y no atinaba palabra cuerda. Reían las chavalas y él se amuermaba más. Ella, al contrario, se arrebujó en la apariencia de machorra irredenta capaz de ahuyentar con su vozarrón rasposo al más aguerrido varón. De moza sí anduvo en escarceos con un militar sin graduación, de mirar tan espaciado que nadie se explicó nunca cómo entró en filas; pero un día se le marchó, destinado a Melilla, y no volvió a alegrar más cimborrios.

Se encontraron los dos, Sebas y Fausta, por esos mundos controvertidos, más del diablo que de Dios. Como él tenía un garito mugriento donde ahuyentar los fríos y descansar los huesos, por la noche, y ella se daba maña en agenciar privanzas y condumios, hicieron mestizaje y se maridaron en concubinato.

Nadie podría decir si alguna ver llegaron al conocimiento carnal, pero sí corrían rumores de asaltos nocturnos buscándose, uno a otro, misterios y secretos. Sebas volcaba todas sus energías en consumar el acto, pero se perdía en pejigueras y acaba agotado al primer asalto. A ratos descansaba, a ratos volvía a la brega y Fausta le acogía siempre, cariñosa, con los brazos en alto para mostrarle, a la vez, sus gracias y el formidable matorral de vello de los sobacos. Sebas bufaba ante aquella vista y soltaba una carcajada histérica sin atreverse a dar el paso final, hasta que Fausta lo agarraba de los pies, tiraba hacia ella y le hacía rebujo entre sus carnes.

Un fuerte trueno, a las espaldas, les hizo acelerar el paso de modo inconsciente. - ¿Para qué,- se preguntó Sebas,- si esa no va a caer aquí?

Vestían con miseria y tan dejados de Dios que sus cuerpos daban trazas de acumular toda la roña del mundo. Era difícil adivinar el color de la ropa debajo de tanta mugre, aunque el manteo y los vestidos parecían haber pertenecido a alguna casa de bien. Si llovía se lavarían, que sería bendición de Dios poder lavarse sin andar en baños.

Dos goterones, gordos como ciruelas, cayeron sobre la acera levantando una parva de vapor. Las tinieblas espesaban por momentos y un silencio ominoso, roto sólo por los truenos cada vez más frecuentes, se adueñaba de la ciudad.

- Anda, vamos-. Fausta tomó a su hombre por la cintura y lo arrastró como un pelele calle adelante, al abrigo de los edificios.

Corrían, huyendo, cuando Sebas cayó en la cuenta de que iban en dirección contraria. - Por aquí no, Fausta. ¡Hacia allá!

Y Fausta tomó una bocacalle llevando en volandas a su hombre. Entonces comenzó a llover. La luz cárdena de un relámpago iluminó la calle sombría y un estallido, como de roble que se arpa, tableteó entre las casas hasta perderse en una lejanía desconocida. Fue el aviso para que se abrieran las cataratas del cielo y una cortina de agua lo cegara todo. Allá donde se mirase no se percibía sino oscuridad y el chapoteo del agua golpeando suelo, muros y personas.

Corrieron a tientas, sin ver, dando tropezones con otras personas que también corrían. Un perro se cruzó en su camino y Sebas tratabilló, como era su costumbre, hasta aterrizar en un charco fangoso sobre el que flotaban verduras corrompidas.

- ¡Cielo santo!- exclamó Fausta, mientras lo alzaba agarrándolo del cuello de la chaqueta como pescado en garabito. Y siguió arrastrándolo a paso ligero por la calle incierta.

Anduvieron arriba y abajo mucho tiempo. Subían y bajaban, sin encontrar su camino. La oscuridad, los rayos, el fragor continuado de los truenos, la lluvia chorreándoles por la cara los tenían espantados y perdidos. Cada esquina era igual a la anterior, cada calle a la que abocaban, desconocida, cada casa un muro cerrándoles el paso a su covacha del alma. Y la lluvia, pertinaz, una amenaza sombría cargada de presagios espantosos.

- Fausta, tengo miedo,- susurró Sebas.

Fausta murmuró una blasfemia y lo empujó hacia adelante. El agua les cubría ya los tobillos y caía cada vez con más fuerza. A ratos se mezclaba con granizo y les golpeaba en la cara y las manos haciéndolos gemir.

- No hay mal que por bien no venga,- pensó Sebas mientras le arrastraba su compañera-. Ahora se nos irá toda esta mierda de siglos.

Cada vez mayor oscuridad y cada vez más lluvia, ya ni los relámpagos les permitían guiarse entre las sombras. Estaban perdidos. Y el agua continuaba subiendo. Habían dejado atrás la ciudad hacia rato y ahora se movían entre remolinos furiosos, golpeándoles los pechos. Los pechos de la mujer porque Sebas llevaba tiempo con ahogos y aspavientos en busca de aire por encima de las aguas. A intervalos, Fausta lo alzaba por los sobacos y entonces respiraba con alivio y aprovechaba para llenar los pulmones con ración extra de oxígeno.

- Estamos perdidos, ¿verdad?

Fausta asintió con la cabeza y Sebas lo supo aunque no podía verla. Ya no hacían pie ninguno de los dos. Se mantenían sobre las aguas, merced a las carnes generosas de Fausta, en un océano sin orillas, interminable, grande como el lago del parque, por lo menos.

¿Y cuando se les agotasen las fuerzas? Era mejor no pensar en ello. A lo mejor dejaba de llover en cualquier momento y bajaban las aguas. Pero, por de pronto, seguía la lluvia pertinaz y no había barruntos de cambio. Tenían que seguir a flote en las aguas heladas de aquel mar improvisado.

- Fausta, me canso.

Fausta tembló de angustia al comprobar que también sus fuerzas fallaban. No podría aguantar mucho más. Se le helaban los miembros a pesar de sus grasas y apenas podía agitar ya los brazos para no irse al fondo.

- No iba a descargar aquí, ¿eh?,- dijo al tiempo que tragaba un buche de agua y hacía un último esfuerzo por mantener a flote la cabeza de Sebas.

Un relámpago iluminó todo en derredor. El oleaje se extendía hasta donde alcanzaba la vista y el cielo seguía vaciando sus aljibes.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Rebeldía

Nunca en alto las manos suplicantes
ni ante hombre, ni ante Dios u otros poderes,
que nos fueron prescritos los deberes
de vivir, sin habernos oído antes.

¿Qué se creen, supremos arrogantes,
los que juegan de modo con los seres
que en haciéndonos hombres o mujeres
nos dejan indefensos e ignorantes?

Ruptura ya. Creíble sólo el hombre.
Ni un credo, vademécum de temidos
horrores que al más bravo aún asombre,

ni leyes, que mantengan ateridos
impulsos de gritar, los que, sin nombre,
hasta ayer estuvimos sometidos.

viernes, 30 de julio de 2010

Divertimento

A la noche, don José

con su mujer se acostó.

Porque no dijeran qué

a la grupa cabalgó.

Dale que dale y le dé

más de una vez lo intentó

mas, todos sabemos qué,

ni tanto así se le alzó.

Entonces la esposa fue

y con trazas amañó

tal calentura que, ¡a fe!,

al médico recurrió.

El galeno, a lo que sé,

por ser joven, recetó

dos tacitas de café:

“la leche la pongo yo”.

Maravillóle a José

ver qué pronto se curó

con, tan solo, aquel café.

(¿Y la leche que tomó?).

domingo, 23 de mayo de 2010

Un comida de Navidad

Papá había lavado el coche, a mí me disfrazaron de cromo y mamá se puso sus mejores galas. Mientras me vestía la tata, mamá iba y venía de una a otra habitación y no paraba de darme órdenes, instrucciones y consejos. Hablaba, hablaba y hablaba y casi todas sus palabras las oía sin escucharlas, en un prodigioso ejercicio de sordera. De repente me espetó:

- Pero, ¿me escuchas?

Asentí con un cabeceo enérgico que obligó a la tata a desistir de abrocharme el cuello de la camisa. No me gustaba aquella camisa tan blanca, ni los pantalones con raya, ni los zapatos lustrosos. La suciedad gritaría de modo espantoso.

- Irán tía Emilia y el penco de su marido- explicaba mamá.

- ¿Qué es penco?- estuve a punto de preguntar, pero me tragué las palabras, porque mamá no era dada a explicaciones conflictivas.

- Y tío Antonio- seguía diciendo mamá.

- ¿Con los primos?- exclamé alborozado. La idea de enzarzarme con ellos en una de nuestras estúpidas peleas excitó mi imaginación.

- ¡Valientes pazguatos! No quiero verte con ellos. Saludarlos y vale, ¿entendido?, que son calco del cebón de su padre.

Y cebón, ¿qué era cebón? Pero volví a asentir sin preguntarlo, aunque tuve la penosa intuición de que cebón era algo muy malo. Se lo preguntaría a don Zenón, el confesor, en la dulce penumbra de la capillita del colegio. Sólo de pensarlo me pareció escuchar su voz melosa y azucarada y percibí la vaharada de ajo que llenaba su confesonario.

Iba a ser una Navidad como ninguna otra de las vividas hasta entonces. Comeríamos todos en casa del abuelo. La última Navidad, decía papá, porque el abuelo no aguantaba otra, eso se veía. Mamá torcía la cara y refunfuñaba no sé qué letanías sobre el sabelotodo de la casa, pero enseguida lo olvidaba y volvía a aleccionarme.

- También estará tía Enriqueta- dijo.

¡¿La solterona?!- exclamó, más que preguntó, papá desde algún punto del fondo del pasillo- ¡Buena bruja está hecha! Esa ya se ha quedado para vestir santos.

Nuevos refunfuños de mamá, miradas aviesas señalándome con los ojos y encogimientos de hombros de mi padre.

Al fin montamos en el coche y atravesamos la ciudad hasta casa del abuelo. El abuelo era un hombre menudo, calvo, de nariz como pico de águila que se le juntaba con la barbilla. Decían que era porque no tenía dientes y eso lo entendía sin preguntarlo, porque tampoco las águilas tienen dientes y por eso necesitan del pico para comer. Aunque yo nunca vi al abuelo usar su ganchuda nariz para otra cosa sino para sonarse los mocos, lo cual era todo un espectáculo: extendía ante él un grandísimo pañuelo de hierbas, lo examinaba con cuidado buscando la parte más limpia, se la aplicaba a la nariz y lanzaba un trompeteo estruendoso que nos valía a los nietos uno o dos mojicones por la risa que nos entraba. El abuelo, sin embargo, nunca se molestaba por ello y pedía con su voz tranquila y ronca que nos dejasen en paz, pues al fin y al cabo no éramos sino niños.

Cuando llegamos, tía Enriqueta se había encerrado ya en la cocina y andaba trasteando entre platos y cazuelas. Era la cocinera de cuantas comidas se daban en casa del abuelo y no permitía que nadie enredase en sus guisos, como tampoco habría tolerado ayuda para romper, como acostumbraba, una o dos piezas de las que se alineaban en el vasar del fondo, manía suya que nunca conseguí explicarme. Su figura hierática y la sonrisa, de dientes demasiado perfectos, me producían una sensación de desasosiego, pero siempre andaba rondándola por mor de que se escapase alguna chuchería, torrezno o fritanga que, hechos por ella, eran una auténtica golosina. Al menos me lo parecía en la glotonería de mi infancia.

Habían llegado también tía Emilia y tío Angel. Tío Angel era el penco. Era simplón como el tonto de la viña de quien decía mi madre que había ido a vendimiar y se llevó uvas de postre. Estaba sentado en un sillón de orejas, la mirada perdida, estudiando visajes con la boca y los ojos, y abrumado por la interminable perorata de tía Emilia que gesticulaba como si quisiera abarcar con sus brazos toda la habitación. Cuando tía Emilia hablaba nadie le prestaba atención porque no decía sino simplezas con las que había embobado al tío Angel, pero eso a ella no le importaba y hablaba, hablaba, hablaba sin parar aunque lo hiciese a las paredes.

Empezaba a aburrirme cuando entró tío Antonio con mis primos. Tío Antonio era viudo y todos decían que bien merecido lo tenía por haber convertido a la difunta tía Fausta en una coneja paridera. A mí, la verdad es que el tío Antonio me daba pena: era gordo, muy gordo. Cuando intentaba agarrarse las manos, una con otra, parecía que iba a sostenerse la barriga, para que no se le desprendiera y rodara por los suelos. Si se sentaba en un sillón le era imposible levantarse sin ayuda y resoplaba continuamente como persona que ha hecho un esfuerzo desmesurado. Menos pena me daban mis cinco primos. En realidad los odiaba un poco, tanto como podía odiar un niño de mi edad a otro, y a menudo rezaba al buen Dios para que siguiera engordándolos aún más, si ello era posible, porque todos, del primero al último, habían sacado y mejorado, con creces, las hechuras de su padre.

Enseguida hicimos migas del pan los cinco y yo y, a poco, teníamos convertida la casa en campo de batalla. La prohibición de mi madre cayó en saco roto y nos perseguimos, corrimos e hicimos burlas por todos los sitios, hasta que quedé dueño de la situación, cuando mis primos se tiraron en el pasillo, abotargados y resoplando como la vieja plancha de vapor de la tata. Entonces refugié mis nostalgias junto al abuelo y fui a verlo, saltando por cima de los muebles, para quedar acurrucado a sus pies.

El abuelo estaba sentado en el comedor desde primera hora de la mañana, a la cabecera de la mesa, como un patriarca venido a menos, arrugado, solo, triste, silencioso. Rumiaba constantemente con sus encías desdentadas unas grandes cortezas de pan de hogaza que, de tanto en tanto, hundía en un tazón de vino tinto para ayudar a su reblandecimiento. Allí no daba guerra, ni molestaba. Me miró sin verme, fijó los ojos en la huella que había quedado marcada en una silla cuando pisé en ella, e hizo un gesto indefinido, al tiempo que me guiñaba un ojo con complicidad.

- Anda galopín, ¡que no necesitas que te zurren el bálago!- rumió palabras y pan, todo en uno. Y trató de largarme una carantoña que esquivé. No le preocupó y dio un sorbito al tazón.

Estaba en esta ocupación cuando llegó la hora de comer, anunciada por tía Enriqueta con un escándalo de cazuelas rodando y vajilla haciéndose añicos en algún rincón de la cocina. Entre la cacharrería rota estaba el vaso preferido del abuelo. Era un extraño recipiente de loza, al que llamaba vaso por su forma, feo hasta el delirio, pero era un regalo de boda con el que había hecho su primer brindis, tras el, también, primer beso público que le dio a la abuela.

- No es nada, no es nada-, llegaba la voz tranquilizadora de tía Enriqueta desde algún lugar indeterminado del fondo del pasillo. Pero el abuelo, cuando oyó que se había espetado su vaso, dejó de masticar corteza e hizo un extraño movimiento con la mandíbula que lo mismo podía expresar rabia o resignación.

- Vamos, vamos- seguía animando tía Enriqueta a todos, saliendo de su feudo de fogones y cenizas-. A sentarse todos que llegan los entrantes.

Aquello que llamaba entrantes era un complejo plato en que se mezclaban todos los alimentos imaginables. Había resto de comidas olvidadas junto a la lucida anchoa recién sacada de su lata, y rodajas de chorizo duro y seco como piedra de amolar al lado de calamares acabados de freír, sobre los que aún chisporroteaba el aceite caliente.

Aplicámonos todos a la tarea, cada cual según su querencia. Papá y mamá miraban con aprensión los entrantes y alargaban cuanto podían el momento de hundir su tenedor en aquella gallofa. Yo, pedía calamares a gritos e insistía chillando más y mejor, cuando un pescozón de mamá me llamó al orden. Callé un momento para sacar la lengua a mis primos antes de que se regocijasen a mis expensas, y enseguida seguí reclamando mi ración de calamares, aunque no me hacían caso por lo que volví a llamar la atención de mis primos y comenzamos a intercambiar, entre nosotros, tantos visajes y posturas como nos dictaba la imaginación, no quedándome yo atrás en este juego.

Tía Emilia y su penco andaban tan remisos como mis padres, mirando y no creyendo lo que veían, mientras el abuelo untaba sus cortezas en el aceite de las anchoas, ayudado por tía Enriqueta. Sólo tío Antonio y mis primos se aplicaron con auténtica fruición a terminar con aquella mezcolanza de alimentos y, en un abrir y cerrar de ojos, dieron fin a los entremeses y aún entreaños si los hubiera, con visible satisfacción tanto de mis padres como de tía Emilia y de tío Angel. Sólo yo quedé mohíno y descontento por no haber podido catar los antojadizos calamares.

Pero ya venía tía Enriqueta con un humeante cocido que olía a gloria a decir de tío Antonio y que, a tenor de lo que allí se vio, todos acogieron con satisfacción. Era un puchero grande, enorme como caldero de fregar y empezaron a salir de él tasajos, patatas y caldos que iban y venían sobre la mesa colmando platos y rociando manteles. Los ojos de todos se iban tras las tajadas, mirando de soslayo cualquier otra cosa que no fuera aquel provecho.

Al abuelo le llenaron el plato hasta los bordes con las sobras arrebañadas del puchero, después de haberse servido todos a su gusto. Le tocó alguna patata, mucho caldo y ninguna carne, pero no pareció darle importancia. Con mano temblorosa hundía el pan en el moje y de allí a poco quedó eccehomo con el pringue escullándole, barbilla abajo, hasta la pechera. A intervalos cogía el tazón de vino y lo pingaba como si hiciese brindis al techo, con un peculiar chirrido que nos arrancaba risas estrepitosas a los nietos.

Pero en esta ocasión mis primos no hicieron demasiado caso pues estaban harto ocupados compitiendo con su padre en llenar la andorga. Los tenía frente a mí con los churres grasientos chorreándoles por las comisuras, sucios, asquerosos y a su lado tío Antonio con su respiración de locomotora gangosa, llena la boca de carne y un hilillo de aceite corriéndole por la corbata.

Alargué la mano para señalar la mancha y lancé un gritito de alegría. Tío Antonio enrojeció de ira y barbotó algo ininteligible. Al mismo tiempo uno de mis primos se puso de rodillas sobre la mesa y me hizo una mamola tomando, luego, mi impoluta camisa por babero improvisado.

Gritó mamá echa un basilisco, y se enfrentó a tío Antonio diciéndole no sé qué sobre la mala educación del mostrenco de su hijo. Tío Antonio habría contestado a mamá, porque se lo vi en los ojos, pero estaba demasiado ocupado en deglutir el último pedazo de carne y se habría ahogado si hubiera intentado hablar.

Tía Emilia intervino entonces para reconvenirnos a mí, a mi primo y a tío Antonio, a la vez que llamaba panarra a tío Angel por no hacer nada y tener que ser ella quien diese la cara. Tío Angel salió de su letargo eternal y alzó los ojos vacuos en dirección indeterminada. Pareció a punto de decir algo, pero ya para entonces había tomado yo la iniciativa y, enfrentado a mis primos, comencé a hacerles visajes e improvisar muecas con habilidad de experto en la materia. A todo esto me contestaron ellos, sin dejar de comer, con patadas por debajo de la mesa que fueron a dar donde no debieran. Aulló tío Angel, chilló tía Enriqueta y mi padre dio un salto sujetándose la espinilla al tiempo que bramaba obscenidades.

- ¡Cebones! ¡Cebones!- alboroté yo, saltando sobre la silla con gran regocijo de mis primos que, sin saber que me dirigía a ellos, me imitaron en los gritos y los saltos.

El abuelo, que a estas alturas tenía más que terciado el tazón de tinto, se levantó de su silla, arrastrado por el alboroto, y empezó a mover los brazos como molinetes, tropezando en una de estas con la cara de tía Enriqueta que a más de la pierna dolorida terminó con una colosal bofetada marcada en la mejilla.

Yo quedé mudó de espanto, aterrorizado. Nunca había visto al abuelo abofetear a nadie y menos aún a tía Enriqueta. ¿Cómo había yo de suponer que una mujer destinada a vestir santos, podía ser tratada a tortazo limpio?

- ¡Abuelo, abuelo! A tía Enriqueta, no- grité angustiado.

Tomó ella mis palabras como una muestra de cariño y me arropó entre sus brazos, mientras mis cinco primos seguían con su zambra y aún la aumentaron entre grandes risas de alborozó lo que llevó a tía Enriqueta a desahogarse con ellos propinándoles azotes y toda clase de golpes que no parecía sino que tuviera delante a Cristo atado a la columna.

Intervino, entonces, tío Antonio, que al fin había dejado de engullir, y llamando a tía Enriqueta bruja y otras cosas peores que entendí, pero no puedo repetir, la agarró por los pelos para que dejase de sacudir a sus hijos y tiró de ella hacia el fondo del comedor. Tropezaron ambos con el abuelo que, para no caer, quiso asirse al tazón de vino, pero le resbaló de entre las manos y allá fueron tazón, vino y abuelo, enredados con mis tíos en total confusión, viniendo a ser todo Troya.

Tía Emilia le decía a tío Angel que interviniese y, por una vez, no fuera tan calzonazos como acostumbraba, papá trataba de hacerse oír pidiendo calma, tío Antonio seguía sujetando por los pelos a tía Enriqueta y ella se defendía descargándole puñadas en la espantosa barriga; finalmente mamá murmuraba oraciones, debajo de la mesa, en tanto ayudaba al abuelo a ponerse en pie.

Mis primos y yo salimos, mientras, al pasillo e hicimos allí causa común de nuestras quejas, aunque entre llantos y lamentos no tardaron en aparecer en sus rostros de querubines cebados el chispazo de picardía que habría de enredarnos de nuevo. Callaron los hipidos, les saqué yo la luenga, me hicieron ellos cucamonas y, en menos de lo que se cuenta, quedamos enzarzados en otra pelea sin nada que envidiar a la de los mayores.

Me sentí al fin, alzado en vilo y lejos de los puños y pies de mis primos. Era papa que tomó de una mano a mamá y a mí de otra y nos sacó a la escalera jurando no volver a poner nunca los pies en la casa mientras no viese algo de juicio en aquella familia de locos.

La última imagen que tuve del abuelo, cuando salíamos, fue la de un hombre triste y resignado, ablandando con las encías una gran corteza de pan de hogaza.

…… …… ……

De toda esta historia sólo papá salió airoso al adivinar que aquella iba a ser la última comida de Navidad del abuelo. Falleció a principios de la primavera siguiente, atragantado por un trozo de corteza mal empapado. Le dio una tos fuerte, torció los ojos y se quedó como un pajarito. Eso, al menos, dijo mamá.

¿Veis?- decía papá-, ya os lo había dicho.

Me pareció un funeral tristísimo, pero no por la muerte de mi abuelo, pues entonces no sabía yo muy bien qué era morir ni a dónde iban los muertos, sino porque no me dejaron asistir al cementerio lo que para mí fue una desilusión grande, pues habría querido saltar entre las tumbas y llevarme a casa dos tibias para la bandera pirata que estaba fabricando.

A tía Enriqueta la encontré pasados cinco años, con motivo del entierro de papá: para el velatorio preparó su inigualable y riquísima tarta de chocolate, famosa en tantos pésames familiares. Todo eran besos, abrazos y alabanzas de donde deduje que morirse es bueno para olvidar enemistades y volver a hablarse. Desde aquel día deseé con todas mis fuerzas la muerte de mamá para volver a probar la tarta de tía Enriqueta, pero mamá aguantó y tía Enriqueta se fue un día sin dejarnos preparada la tarta de su velorio. Creo que estaba aún algo molesta por aquella comida de tiempo atrás.

A mis primos no volví a verlos en años, cuando rondábamos todos el medio siglo. Fue en un concurso para gordos. Arrasaron con todos los premios. Estaban enormes, sebosos y cebados como gorrinos de matanza. Me vieron entre el público y me sacaron la lengua. Les hice un corte de mangas y abandoné la sala con dignidad.

Del penco nunca más supe. Oí que estaba persiguiendo sueños por algún país de oriente, pero fueron rumores sin confirmar. Eso sí, cuando murió tía Emilia, como no tenían hijos, nos regalaron a todos los sobrinos un carro de madera con su caballito de cartón con unas ruedas en las patas. “Para mis sobrinitos del alma a los que quise como hijos”, decía en el testamento. No pude jugar con él porque tenía ya, en aquel entonces, 32 años, pero me emocionó, de verdad.


miércoles, 17 de febrero de 2010

La sala de espera

La sala de espera

La sala de espera es un cuadrado imperfecto. Desde uno de los rincones quiere parecer un rectángulo de lados inconcretos, perdiéndose hacia un fondo sin salida.
Una marea humana, atildada, sucia, cuidadosa, maloliente, indiscreta, avisada, educada, floja, molesta, sonriente, arisca, brusca, menuda, amable, lacia, empeñada, rubicunda, morbosa, agitada, tranquila, sensata, pesada, apretada, grotesca, bravía se pasea arriba y abajo, habla, susurra, sonríe o muestra gesto adusto, se besa, da un apretón de manos y dice adiós con la tristeza impresa de la despedida o con la alegría, sin pesares, del espíritu libre.
Este lugar es antesala del infierno y poterna del paraíso. Corroe ánimos, engendra y mata ilusiones, entretiene, acecha, aburre, recrea, y deja un poso plomizo de esperanza, mal hilvanado, en las almas. Se respira un olor deshumanizado de sudores perezosos adheridos a las paredes, al suelo, a los bancos y hasta a los rayos de luz de ese sol mortecino en un vano intento de romper los cristales eternamente sucios que mortifican todas las estaciones del mundo.
Brujulea por allí un crío hecho azogue. La madre es una mujer tan generosa en carnes como en permisividad hacia el corretear de su vástago que tiene despertados los odios de más de la mitad de los viajeros. Al final, el chiquillo se estrella contra el maravilloso, grandioso, excelso banco, banco vengador, apoyado contra una de las paredes.
Una sonrisa cumplida aureola las bocas de los afectados y se declaran resarcidos de tan formidable monstruo que los ha aporreado, pisado, manchado y convertido en fin último de sus incomprensibles juegos. Ahora llora, se arroja al suelo y patalea quejoso de dolores en la rodilla espetada contra la pata del banco. Y cada grito es una satisfacción incontrolada en quienes lo han sufrido con el estoico estar de saberse más educados que la enorme madre. ¡Gran Dios, cuánta dicha!
- ¡Oh, señora! ¿Se ha hecho mal el chico?- pero no hay lástima en la pregunta, ni curiosidad, ni ganas de prestar consuelo, sólo querer saber del sufrimiento del crío, de su dolor, de la autenticidad de los gritos y llantinas, sin comedias.
Y contentos y vengados miran con infinito agradecimiento al banco descalabrador, mientras el insoportable mocoso se pierde en hipidos y churretes de lágrimas que sólo conmueven el alma de su progenitora.
Entran ahora dos monjas, una joven, la otra no tanto, murmurando jaculatorias o sucedidos conventuales, pues ni aún estos dulcísimos espíritus están libres del pecado de la maledicencia. La mayor habla con un siseo incomprensible, como una válvula de vapor entreabierta. La otra acepta palabras y afirma con sonrisas los decires que le llegan.
No ríen a carcajadas, ni siquiera con risa abierta, pues sería faltar al recato exigido por sus hábitos, pero hay un deje de malicia en los gestos, miradas y asentimientos, de los que, ambas, son adorables cómplices, cuando le recuerda una a la otra el sucedido a la madre superiora mientras presidía Vísperas y se le vino abajo la toca como arrastrada por una ventolera imprevisible, dejándole al descubierto la cabeza mal servida de un pelo ralo, entrecano, rapado a trasquilones, en la premura obligada de la celda.
- ¡Ay, qué gracia, sor Andrea!
- Sí tuvo su miaja, sor María Auxiliadora de las Benditas Animas del Purgatorio.
Y continúan su deambular las dos tocas grises y caídas, alas de mariposa profanadas.
Mientras, más allá se despiden dos hombres. Uno llora. Es padre. O lo era, pues va a rezar al hijo, allá arriba, en las montañas, en un pueblo perdido entre quejigos añosos, encinas milenarias y pinos que cosquillean el cielo con las agujas de sus hojas. Le atenaza la pena honda de un dolor, todavía incomprensible, aflorada en noticia reciente.
El hijo cuidaba la cabaña. Tres centenares de ovejas de ordeño y un borriquillo lanudo que lo seguía como perrillo faldero a donde quiera que fuese.
La traidora serpiente acudía puntual a la colación de leche, un cuenco grande que llenaba el joven hasta el borde y se lo ofrecía. El animal lo bebía sin ansia, fijos sus ojos de cristal, uno en la leche, otro en el hombre. Venía la costumbre de antiguo, de cuando el reptil no era mayor que una lombriz de las que se ocultan bajo la tierra y el hombre aún no pasaba de niño. Crecieron ambos a una, amigos desconfiados, sin quererse, sin buscarse, unidos sólo por el cuenco mañanero de la leche.
Y un día hubo de marchar el joven a negocios en tierras lejanas donde, pasado el tiempo, le llegaron noticias de extraños sucesos, difíciles de comprender.
- Regresa, ven. Se seca el ganado, languidece y muere- decían las cartas recibidas.
Por eso vuelve y se encuentra al monstruo. Ahora es una serpiente enorme que repta entre las ovejas, cuida de ellas y pastorea como rabadán capaz. Las ordeña hasta secarlas, bebe su leche y, si aún le llama el hambre, toma este o aquel cordero, según su antojo. Cuando el joven se le enfrenta, el animal desagradece los cuencos de leche del pasado, se arroja sobre él, lo aprisiona entre sus anillos y lo devora, entero, sin prisas, deglutiéndolo con la misma parsimonia con que devora a los corderos.
Lo que no sabe el hombre es que su hijo ha sido liberado ya del vientre de su comedora, pero ahora es un cuerpo obscuro, seco, rebozado en una baba espesa y blanca. Por el color y las trazas parece una enorme algarroba desechada por las bestias.
- Ya sabes, si algo necesitas...- miente el otro para consolarle. Es siempre lo mismo, la oferta de ayuda a quien sabemos que no nos la aceptará. El padre se seca las lágrimas, niega a un tiempo con la cabeza, y agradece apretándole el brazo.
Ajenos a tanta desgracia, dos jubilados matan la miseria de su tiempo parloteando intrascendencias. Son los eternos entendedores de todo y comprendedores de nada, visitadores asiduos de estaciones y plazas donde todo lo encuentran aunque nada hayan perdido. Caminan con paso poético, pausado y cansino, alejado de petulancias y en los ojos se les refleja la dulce tristeza de los años que los hacen comprensibles a toda miseria. Por eso van perdonando viajes y viandantes, con la grandeza de un César, mientras desgranan soluciones.
Atención especial merece el viajero veterano, curado de espantos y enterado de sorpresas viajeras, amigo de informar de lo que nadie quiere saber y experto en contar experiencias a quienes no le han de escuchar. Pero él insistirá porque es su razón de ser en aquel y en otros mil viajes aún por hacer con la única misión, o así lo parece, de informar al compañero de asiento. Es latoso, pesado, hasta su cuerpo adquiere el informe volumen de lo molesto y cuando se acomode en el asiento parecerá ocupar aquel y el del compañero mártir sufridor del viaje. Es especie de individuo muy peligrosa de la que conviene guardarse.
- No hay remedio, usted transbordará- y lo dice con la seguridad de quien no podrá equivocarse aún cuando diga que abajo está el cielo y arriba los infiernos. Porque es experto en viajes y sabe de encrucijadas, destinos, enlaces...
Nadie como él para contar el caso del viajero atrapado en el colchón de aquella ominosa pensión. Será preciso armarse de paciencia, sentarse con corrección, entornar los ojos con expresión candorosa y volver a escuchar la consabida historia.
Y no parecía mala la pensión, no. Si hasta tenía el protector encanto de las pensiones antiguas, de habitación individual, lugar fijo en el comedor, botella de vino propia con la marca de nivel, conversación íntima dedicada sólo al compañero de mesa o a lo más al vecino de la mesa de al lado.
La habitación era un misterio, pocos la habían visto antes y nadie la vio después, cuando quedó cerrada a cal y canto para evitar otros sustos. ¡Y vaya si fue susto! Podían preguntárselo a don Genaro que lo sufrió en sus carnes. Tenía la dicha habitación, en el centro, una cama enorme como las que se ven en esos palacios donde dicen que vivieron reyes. Y había que subirse de un salto porque era alta, muy alta, demasiado alta para que no hubiera en sus entrañas busilis escondido. Y fue el busilis, que apenas cayó don Genaro en el inmenso colchón de lana, desapareció en él. Se lo tragó sin remedio como una gigantesca vulva abierta.
Dice que gritó, pataleó, aspaventó, trató por todos los medios de salir del enorme hoyo, pero nada pudo hacer, nadie le oyó. Quiso trepar por las paredes de la tela opresora, pero apenas emergía unos milímetros, la horrible boca volvía a absorberlo hasta las profundidades y quedaba sumido en la vaharada de olvido y soledad que se desprendía de aquella cárcel. Afirma, y es creíble, que incluso maldijo con palabras soeces, cosa que nunca, antes, había hecho.
Pasó la noche sin saber si era noche porque todo era obscuro en su prisión de lana y tela, hasta la amanecida de un día opaco que llenó la habitación de luces tristes. Y la mañana lo regurgitó con ayuda de los membrudos brazos de la patrona. Surgió confuso, agitado y estupefacto. Vio abierta la puerta de la alcoba, se sintió libre y huyó, de lo que creyó, el más endiablado encantamiento.
- Aquella deglución tuvo algo de obsceno- concluye el viajero veterano. Y acompaña estas últimas palabras de una ruidosa carcajada, aventando miradas por lo escandalosa.
Aún quedan el eterno desocupado, el vigilante, el descuidero, un viajero atolondrado que no encuentra su autobús, dos muchachas de mirada aburrida, perdonavidas de la humanidad, algún mendigo, oportunistas impenitentes, la buscona ajada, arrinconada allí por la inclemencia de los años, tres frailes de tonsura, un vendedor de chucherías, el torpe, dos gaiteros, aceite de motor reptando por el suelo, gases, olor, impaciencia, una informe humanidad descalabrada...
Y el nuevo día traerá otros viajeros, nuevos personajes, más historias que nunca acaban de conocerse por entero porque siempre quedan enredadas en las últimas hebras de las prisas.
Sólo la sala de espera seguirá siendo la misma en su vano intento de no parecer un paralelogramo imposible.