sábado, 12 de octubre de 2013

Roberto



Roberto es sentimental por naturaleza. O lo era. Quizá lo sea todavía, aunque después de lo ocurrido hoy no lo tiene muy claro.
Comenzó todo esta mañana cuando salió de casa. A la vuelta de una esquina se encontró con el crío. Gimoteaba, sentado en suelo, preso de espasmos.
- ¿Qué te ocurre, pequeño? ¿Te has perdido?
El niño clavó en él los ojos, enrojecidos por el llanto. Tenía las mejillas húmedas, cubiertas por churretes de un moco amarillento que se había restregado con la mano. Las pupilas, abiertas al miedo, reflejaban la angustia que debía sentir ante su desvalimiento. Hipó un par de veces y alargó su manecita. Roberto le asió de ella y se dirigió a la comisaría más cercana.
El guardia era un hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido. Le recibió tras una mesa de madera a rebosar de papeles y hostilidad. Sin responder a su saludo le miró fijamente desnudándole el alma para descubrir al delincuente que podía albergar en su interior. Estaba acostumbrado a detener malhechores y los olía a distancia.
Roberto carraspeó inquieto.
- Traigo este niño-, acertó a decir.
- ¿No lo quiere?
- Sí, lo quiero, pero…
- Sin peros. Si lo quiere, quédeselo.
- … pero, no es mío.
- ¿Y si no es suyo por qué lo tiene?
- Me lo he encontrado.
- Eso dicen todos, pero habría que verlo.
- ¿Qué se ha de ver? Me lo he encontrado y vengo a dejarlo aquí.
- ¡Ah, si todo fuera así de sencillo! No, caballero, el niño lo ha traído usted. En tanto no se aclare la situación el niño es suyo y su abandono podría acarrearle graves consecuencias.
- Me explicaré, agente…
- Está claro. Sobran explicaciones superfluas. Usted tiene un niño, no lo quiere, lo trae para que nosotros nos hagamos cargo de él. Está clarísimo. Abandono de patria potestad. Veamos…
Y se aplicó a consultar un grueso manual de reglamento.
El pequeño seguía aferrado a la mano de Roberto. Miraba hacia arriba como una imagen suplicante de María dolorosa.
- Aquí lo dice-, el policía señaló con el índice un párrafo en la página abierta-. Artículo 154 y siguientes del Código Civil: relaciones paterno-filiales. Caballero, se ha metido en un buen lío.
- Pero…
- Los peros los dará usted al juez. Acompáñeme, señor. Y no suelte al niño de la mano o habrá de vérselas conmigo.
Los introdujeron a ambos en un vehículo policial. La sirena aullaba enloquecida mientras atravesaba la ciudad lo que hizo las delicias del crío a quien pareció escapársele el miedo del cuerpo y hundirse en un extraño trance de regocijo.
Les hicieron esperar en un cuartucho de dos por tres, sin ventanas, iluminado por un fluorescente en continuo parpadeo que dañaba los ojos. Al cabo de un rato apreció una matrona de formas rotundas en busca del pequeño. Luego empezó la larga espera. Roberto no supo el tiempo transcurrido. Pudieron ser minutos, horas, quizá días. Aquellas cuatro paredes le miraban ominosas, burlándose de su soledad.
Por fin fueron a buscarle para comparecer ante el juez.
Los jueces suelen ser hombres de catadura cetrina, rostro anguloso y mirada fría. Todo muy estudiado para amedrentar al acusado en las vistas preliminares, desarmarlo y conseguir una declaración de culpabilidad que evite procesos judiciales engorrosos. Pero Roberto se encontró ante un hombrecillo menudo, redondeado de vientre como una pipa de amontillado, ojos alegres, ademanes paternales y sonrisa a medio camino del perdón que, aupado en un estrado, ojeaba el legajo de su expediente por encima de unas gafas de montura de nácar.
- Caso curioso-, decía cada vez que pasaba una de las hojas-. Curioso, extremadamente curioso...
Cuando terminó la lectura se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz y preguntó:
- ¿Roberto Barquillo?
- Sí.
- Si, señoría-, corrigió el hombrecillo.
- Perdón. Sí, señoría.
El juez pareció sentirse inclinado a la benevolencia y sonrió.
- ¿Ha sido condenado alguna vez por rapto o secuestro?
- Nunca, señoría.
- ¿Robo con escalo?
- No, señoría.
- ¿Muerte dolosa?
- No, señoría.
- ¿Malversación? ¿Inmoralidad? ¿Perversión? ¿Dejación? ¿Estulticia? ¿Abulia? ¿Dengue? ¿Mal de bubas? ¿Ablación escrotal? ¡Responda! ¡Vamos, responda!
- ¡No, no, no, no, no! ¡Nunca, señoría!
- Ha dudado.
- No he dudado, señoría. Eran demasiadas preguntas.
- Preguntas sencillas, concretas, fáciles de contestar.
- Me han llegado en montón.
- ¿Diría que le he acosado?
- No osaría tal, señor juez.
- Pero sí osa desprenderse de un niño.
- Una criatura encantadora, señor juez.
- Criatura a la que quiere abandonar.
- No, ¡así me condene si lo hiciera!, jamás abandonaría a un ser indefenso. Pero, no es hijo mío.
- ¿Espurio?
- Lo he encontrado en la calle.
- ¿Recoge a cuantos niños se encuentra en la calle?
- No, señoría.
- ¿Y de quien es hijo?
- Debería preguntárselo a él, señoría.
- Se lo pregunto a usted. Usted lo ha traído.
- Necesita un padre. Necesita a sus padres.
- De quienes usted lo ha apartado.
- Lo he recogido.
- Con perversa intención.
- No tal.
- Eso se verá.
Un mazazo encima de la mesa dio fin al interrogatorio.
Ahora los han vuelto a encerrar a los dos en la habitación del fluorescente parpadeante. Al niño le han arreglado, lavado la cara y adecentado las ropas. Le han dado un pedazo de pan con chocolate que come, sin prisas, mientras mira a Roberto sonriente, con agradecimiento. Entonces se da cuenta el hombre de que lleva sin comer desde por la mañana y debe de ser ya muy tarde. El aguijonazo del hambre en el estómago se lo recuerda.
Mira al pequeño con envidia de pan y chocolate mariposeándole las tripas.
- Caso curioso-, murmura, por lo bajo, remedando el gesto concentrado del juez-. Curioso, extremadamente curioso…




sábado, 7 de septiembre de 2013

El concierto



El silencio, como plomo derretido, se abatía sobre los espectadores. Los hombres estiraban el cuello huyendo de roces almidonados, mientras las damas se afanaban en dar a sus pechos aire de picarona insinuación.
El trombón se acomodó con teatralidad y aplicó los labios a la boquilla.
Podía oírse el batir de las pestañas.
Vibró el primer acorde haciendo temblar las lágrimas de la araña que colgaba del techo. En algún palco, una mano de enamorado buscó el brazo de la amada y ambos se estremecieron.
Ahora el arpegio debía estallar como una erupción de notas ensordecedoras. El trombón hinchó los labios y se aprovisionó de aire pero al soplar sus intestinos tuvieron la ocurrencia de expelerlo por el conducto extremo y un trueno infamante arrebató la sala.
El amante quedó suspenso, la joven desilusionada, el maestro corrido y los espectadores joviales.
Un éxito de concierto.

jueves, 18 de julio de 2013

Un cadáver en descomposición



Vivo en un edificio anónimo aquejado de escrofulismo. Es de la época de los césares, quiero decir antiguo. Los vecinos de los pisos altos se desgañitan exigiendo ascensor, pero nadie les hace caso. A mí me da igual. Vivo en el segundo piso y me venteo a las mil maravillas.
Las escaleras tienen algo de siniestro. Por toda luz se bambolea, en cada descansillo, una bombilla moribunda en la que las moscas han dejado el pespunte de sus deposiciones  El crujido del maderamen augura el trabajo tenaz de las carcomas y obliga a agarrarse, precavidamente, al pasamano de madera noble, atacado de mataduras y muescas.
Anoche llegué a casa a esa hora en que las calles de la ciudad se ensucian con el plomo de la atardecida, cansado, después de una jornada de trabajo. Al llegar al descansillo del primero me detuve. A la luz cenicienta de la bombilla comunal se unía la proveniente del piso, a través de la rendija que dejaba la puerta entreabierta. Una puerta abierta es peligrosa. Todos los días se oyen casos de robos, asaltos con escalo, incluso violaciones. Tanteé con la mano la madera que se abrió de par en par. Estaban las luces encendidas. Di voces, llamé al timbre pero nadie contestó, aunque a lo lejos creí percibir rumor de tules y aromas de mujer.
- Voy a entrar-, dije alzando la voz-. Soy el vecino de arriba.
La casa parecía vacía. Podía oír el silencio golpeándome los tímpanos mientras avanzaba por el pasillo. De pronto, al pasar frente a una puerta, me sentí observado. Allí estaba ella lánguida, dejada, deslumbrante, ofreciendo a mi imaginación formas de sinuosa transparencia tras las gasas del vestido. Sonreía como sólo a las diosas les es dado sonreír. Porque me pareció una diosa griega aupada en la cima de un Olimpo personal, el mío.
- Eres mi vecino, ¿verdad?-, me preguntó. Su voz sonaba dulce.
- Perdona-, balbuceé, haciendo ademán de retirarme.
- No, espera-, me detuvo con un gesto lánguido de su brazo blanco, tan blanco como lo pudiera ser la más blanca nieve-. Acércate. Te estaba esperando.
Se apartó del dintel y me dejó paso. La habitación era un laberinto de cendales perfumados, profusamente iluminado por un centenar de marfileños hachones.
- Toma, bebe.
La copa contenía un vino espeso de paladar dulzón.
La bebí. Debía ser zumo de ambrosía porque me encendió el corazón con sentimientos desconocidos. Desde algún rincón de la casa llegaban los efluvios amortiguados de una sonata, mientras un torbellino de femineidad me arrastraba al más voluptuoso de los placeres. Mis sentidos empezaban a embotarse.
- Déjate llevar-, susurró a mi oído.
Me dejé llevar a un pozo de sensaciones inéditas donde cada momento acopiaba eternidades y las eternidades transcurrían en instantes, mientras Afrodita se enseñoreaba de la noche.
De madrugada, apenas hace unos minutos, se ha desmadejado sobre el lecho, totalmente dormida, y yo estoy a punto de hacerlo. Las sábanas se movían al ritmo de su respiración pausada cuando me he despedido de ella con un beso en la frente. Se ha quejado, un quejido dulce, como todo en esta noche.
Pero no he llegado a acostarme. Apenas he entrado en mi piso cuando se ha llenado la casa de griterío, pasos precipitados por la escalera y golpes recios en paredes y puertas. He abierto con los ojos enfebrecidos por la vigilia. Un policía uniformado cubre la puerta de marco a marco como una grosería del duermevela en que me columpio.
- ¿Ha visto u oído algo extraño últimamente?
No acierto a abrir el ojo izquierdo. Me llevo la mano al lagrimal para quitarme el empasto imaginario de una legaña endurecida y presto atención al hombre de uniforme.
Debo mirarle con estupor porque hace acopio de paciencia antes de repetirme la pregunta:
- ¿Ha visto u oído algo extraño últimamente?
- Sí, sí-, contesto precipitadamente-. La música del vecino de arriba. Es insoportable. Empezará enseguida. ¡Pumba, pumba, pumba! No es música, es ruido, ruido machacón. He protestado, ¿sabe?, pero se ríe de mí. Abre mucho la boca como una merluza cuando boquea, pero no me contesta ni dice palabra. Sólo boquea. Creo que es estúpido.
- Arriba, no. Abajo, en el piso de abajo-, me dice el policía, remarcando la aclaración con un dedo señalando al suelo.
¿Abajo? ¡Es el piso de la…! Me guardo la exclamación para mi coleto haciéndome el distraído como si no hubiera entendido. En realidad no entiendo lo que ocurre, por qué está allí aquel policía haciéndome preguntas, cómo puede molestarse a un ciudadano a esas horas tan tempranas para señalarle con el dedo el piso de abajo, de dónde viene el ajetreo que se oye por las escaleras, los gritos, el alboroto, todo el caos que invade el edificio. Quizá estoy soñando. Pero, no. El policía me machaca, insistente, tratando de averiguar si sé algo de lo que no sé.
Por fin, decido enfrentarme a la realidad:
- ¿Qué ha sucedido? Si me lo dice, acaso pueda ayudarle en algo.
- Se trata de la muchacha del primero. La han encontrado estrangulada. Por la descomposición del cadáver debe llevar muerta cerca de un mes.
- No, no he oído nada. Perdone-. Y cierro la puerta con brusquedad.
Desde aquel día bajo y subo apresurado, sin detenerme en el primer piso. Un silencio ominoso se ha apoderado del descansillo y la puerta no ha vuelto a abrirse.










viernes, 21 de junio de 2013

Los espejos distorsionan la realidad



- Un vientre generoso se agradece.
- Pero no es bello.
- Es atractivo.
- Es grosero.
- Tiene un punto de disfunción anatómica, lo reconozco.
- Los vientres planos cimbrean los ahogos del deseo.
- Eso no es deseo. Es concupiscencia.
- Quizá sean concupiscentes, pero cimbreantes.
- Lo uno lleva a lo otro.
- Mejor lo otro a lo uno. Primero se cimbrea el cuerpo, luego llega el deseo.
Estas divagaciones son vedijas amorfas, inconsistentes, del dialogo que mantengo con el otro. El otro es el individuo que aparece en el fondo del espejo, hiperónimo de mi existencia. Me persigue, acosa, abruma, acogota contra la intemperancia de mis propias limitaciones. Procuro ser vacuo e intranscendente en mi trato con él. Cuando dialogo me atribuyo insensateces dándole a entender una idiotez congénita inexistente. Me arrogo la pertenencia a ese mundo de los tontos infinitos, ese mundo que, cada día, crece en proporción geométrica.
Por eso nadie debe imaginarse mi verborrea como irracional. Estoy de este lado del espejo, del lado del racionalismo. Ello no me convierte en poseedor de la verdad, naturalmente, pero me permite actuar como factótum de mi albedrío. Tampoco quiero parecer racionalista puro, entiéndaseme. Mi maleabilidad me permite adaptarme a formas larvarias latentes de donde emerjo cuando las condiciones se presumen óptimas. Puedo asegurar que creo en los dioses, unos dioses voluptuosos, aferrados a la vulgaridad más espantosa, que se revuelcan en el estercolero del vicio, pero solamente creo hasta donde permite la ética racional.
- Observa a esa diosa de curvilíneo vientre, redondeadas caderas, muslos prietos, pechos cadenciosos.
- Es una cerda, fango de voluptuosidades.
- Quizá sean cerdos todos los dioses. Quizá no existan los dioses, solamente sus ideas cerdosas.
- Y nosotros, sus excrementos.
- Los dioses griegos tenían debilidades. Eran dioses cercanos al hombre.
- De esa promiscuidad nacían héroes.
- Sin promiscuidad no hay héroes. Sin héroes todo es vulgar. Debemos volver a los tiempos homéricos.
- De la incestuosa Hera nacieron dioses.
- Engendrados por el del tonante rayo.
- Hijos de Zeus, vulgar botarate, esclavo de sus pasiones. Mejor haría en escardar cebollinos antes de andarse persiguiendo ninfas.
- Hoy los dioses se abanican contumaces.
- Bambolean el capazo de sus preceptos como una espada de Damocles.
- Y sus sacerdotes descargan la vejiga con unción ritual.
- La sibila desparrama facundia abstracta.
- Habla a quien a quien sabe escucharle.
- Profetiza falacias.
- Es la verdad en estado puro.
- Sólo el racionalismo es perfecto. Rehuyo los mitos perturbadores de los endiosamientos.
Aquí vuelvo en mí. Soy yo de nuevo. Una vez más he podido liberarme.
La imagen del espejo fluctúa desde una irisación acuosa hasta los grises del apocalipsis. Pienso si no debería desprenderme de su influencia, romper la perniciosa relación que nos une, pero no acabo de decidirme. Una especie de morbosa atracción me ata a él con fieras ligaduras. Nuestros universos se acarician sin llegar a rozarse, intuyéndose apenas. Vivimos ambos en un sistema convencional. Salirse de él nos convertiría, quizá, en desechos orgánicos, estercolero de ideas desaprovechadas.
- Queda quedo.
- Juegas con la fonética en aras de la morfología.
- Es el rompecabezas extremo.
- Los silencios distorsionan el apercibimiento bloqueándolo a nuevos entendimientos.
- Es, sí, como la lluvia persistente. Su tenacidad sobre la umbela del tejado produce los efectos de un bebedizo.
- Bebedizo de dioses.
- Bebedizo que trastorna el entendimiento.
- Canto de sirenas.
- El efecto multiplicador estimula la libido.
- Saca al animal de su jaula. Lo arroja en manos de la concupiscente Afrodita.
- ¡Concepto sublime!
- ¡Bestialidad!
- Afrodita cubre a los amantes con su paño de pudor.
- Pudor testimonial, terquedad memorable.
- Somos rebeldes freudianos abocados a romper las barreras de la decencia.
- Las frustraciones esconden bajo una careta de normalidad la más insoportable de las contumacias.
- Sus formas, su sonrisa, la calidez del tacto incitan a la fatalidad.
- ¿Habremos de buscar en las estrellas la razón de ser?
Esta noche he llegado al límite de la paciencia. Debo destruirle. ¡Es tan fácil! Basta levantar el puño y dejarlo caer sobre la lisa superficie. Sonrío malévolo ante las connotaciones siniestras de mi decisión. Mataré la agonía en que me tiene sumido tanta insensatez y seré libre. Al menos, eso creo, desdichado de mí.
- Las ideas me emborrachan el entendimiento.
- Convencionalismos sociales. La verecundia de la libido pone fieros candados al pudor. Los aherroja como a bestia irrecuperable.
- ¡Hay tanta ignorancia!
- Si pelamos la estulticia, bajo la monda quizá hallemos conocimiento.
- Prefiero apacentar mis dedos en suave conversación con las curvas sugerentes de unos muslos desnudos.
- ¡Basta! ¡Basta ya!
Astillo, de un golpe, el insano vidrio. La rotura semeja un cráter de donde parten hilos radiales rasgando la superficie.
Ahora es una figura fractal. Cuento hasta ochenta y siete nuevos elementos, ochenta y siete nuevos espejos donde se reflejan ochenta y siete nuevos otros, amenazándome con su conversación intrascendente, con la falacia de sus argumentos, con el agobio de su estúpido discurrir.



viernes, 24 de mayo de 2013

La alfombra roja



No me ha sido fácil llegar, pero al fin paseo por la alfombra roja del éxito. Si no me creéis, miradme. La estoy pisando, siento hundirse el mullido bajo la aguja del tacón de mi zapato. Es real aunque lo estoy viviendo como un sueño. Ahora floto, me siento ingrávida, no existe nada a mi alrededor, no me deslumbran los flash de los fotógrafos, ni oigo los aplausos del público enfervorizado, ni puedo expresarme ante los micrófonos que, seguro, me acosan como moscardones. Estoy sola, inmensamente sola con mi triunfo.

Lo había buscado desde niña. Cuando ojeaba las revistas de mamá ponía toda mi atención en aquellas actrices de rostro sonriente, saludando a la muchedumbre que las aclamaba hasta el paroxismo y me prometía a mí misma llegar hasta allí o más lejos.

Pero era preciso empezar desde abajo. Comencé acudiendo a una prueba fotográfica para un calendario. Tenía solamente dieciséis años, pero me hice pasar por mayor. A mamá no podía decírselo pues se habría puesto hecha una furia y en el anuncio pedían jóvenes mayores de edad o menores con autorización paterna.

Yo, en aquel entonces, tenía ya cuerpo de mujer. Mis pechos se habían desbocado apenas dejé la pubertad y con los polvos y el carmín que tomé prestado del neceser de mamá pasé por una jovencita de veintiún abriles. Además, el culito, la parte más resultona de mi anatomía, lo tenía respingón y, de haberlo necesitado, lo habría utilizado como baza decisiva con el amorfo, estúpido y gangoso seleccionador.

Estaba molesta, ofendida. Aquel individuo ni se fijó en mí. Podría haber sido una lagartija e igualmente me habría hecho pasar. Allí había de todo: gordas, esmirriadas, feas, feúchas, horribles… Me sentí en una parada de monstruos.

Cuando el hombre de la recepción terminó de seleccionarnos, entró un individuo alto, delgado, de facciones huesudas y ademanes amanerados. Hablaba engolado alargando mucho la última sílaba de cada frase. Paseó de arriba a abajo examinándonos con gesto de aburrimiento. Cuando se cansó de desnudarnos con la mirada me hizo una seña con la uña afilada de su índice largo y nudoso.

Le seguí a la habitación de al lado. Había cámaras fotográficas, focos, paraguas, cojines, grandes cortinajes, un dosel con muchos perifollos que ofendían a la vista y la fotografía de un paisaje nevado ocupando toda la pared de la derecha.

Se acercó a mí y empezó a manosearme. Creo que su amaneramiento era puro teatro para poder aprovecharse de las jóvenes que pasábamos por sus manos. En realidad era un sátiro. Le paré los pies, o más bien, las manos con gesto huraño y estuve a punto de abofetearle, pero entonces se detuvo y me dedicó una sonrisa de complicidad. Yo empezaba a estar nerviosa. Por si había sido poco lo del recepcionista, ahora aquello. Resoplé como un camello si es que los camellos resoplan como lo hice yo, y conté hasta diez.

- ¡Desnúdate!

La orden estalló en mis oídos como una bala de cañón.

- Si, desnúdate. ¡Ya!

Calculé la distancia que me separaba de la puerta, hice acopio de fuerzas y eché a correr arrastrando en la huída un paraguas, dos focos y varios cables. Me arrepentí enseguida, pero era ya tarde cuando comprendí que aquel ritual nudista formaba parte de la iniciación profesional. Había desperdiciado la oportunidad y no volvió a presentárseme otra hasta que cumplí los veinte. Cuatro años perdidos.

No sé si alguien recordará un anuncio en el que una señorita, de sonrisa insinuante y ademanes lúbricos, invitaba a probar una sopa de pasta servida en un bol de madera. Pues esa señorita era yo. Fui mi primer trabajo. Debo pedir perdón a quienes siguiendo mis consejos compraron aquella sopa. Tengo que reconocer que era incomible, además, si se tomaba muy a menudo provocaba diarreas de caballo, pero, compréndanme, era mi carrera.

Hice otros muchos anuncios, todos tan falsos como el de las sopas, sin llegar la oportunidad que había de lanzarme al estrellato. Sonreía, prometía, mostraba mis encantos y cobraba. Así hasta el siguiente anuncio. Con el tiempo empecé a tener sentimiento de culpabilidad y me sentía amenazada por los usuarios de los productos que anunciaba. Cuando iba por la calle me escondía bajo los soportales, buscaba sitios pocos concurridos y rehuía las aglomeraciones donde podía ser reconocida.

Las noches acentuaban mi angustia con sueños que me acosaban impenitentes. Siempre he tenido miedo de morir mientras duermo, pero entonces empecé a vivir en sueños mi propia muerte. Me agitaba desesperadamente tratando de huir de la calavera que me acosaba tras las cortinas de un sudario gigantesco, y cuando iba a escapar quedaba atrapada en mis pesadillas soñando el sueño de mi muerte y muriendo en cada sueño mientras una interminable hilera de hombres y mujeres me acusaban de mentiras aterradoras.

Cuando la empresa se hizo cargo de una promoción de productos infantiles, dejaron de llamarme y fui arrumbada como un objeto inservible. Querían niños, preciosos niños con ojos redondos, rostros mofletudos, gesto pícaro y travieso para encaprichar a padres embelesados por las gracias de los pequeños monstruos y engatusarlos con productos innecesarios.

Tras una temporada dándome a todos los diablos y no pocos tumbos, vine a parar en azafata de eventos, empleo con posibilidades sin cuento en el que aprendí pronto a desenvolverme con la soltura de una experta. Los jefes me presentaban al individuo a quien debía acompañar. Normalmente era un personaje importante de las finanzas, la política o el arte. A veces un caballero de oscuro pasado, en obligado anonimato, pero a quien convenía mantener contento para darle uso provechoso cuando llegara el caso.

Antes era aleccionada procurándoseme un buen expediente de cómo debía comportarme con el cliente, hasta donde podía llegar en mis confidencias o ahondar en las suyas, si era proclive, o no, al escándalo, lugares y circunstancias donde había de hacerme invisible y aquellas en que debía mostrarme afectuosa o intimista.

El trabajo que para la mayoría es de sol a sol, para mí era de luna a luna, pero me proporcionaba pingües beneficios como nunca pude sospechar. A más del sueldo lograba, a menudo, minucias y extras que no estaban en mi ánimo despreciar por no hacerles feo a quienes tan generosamente querían gratificarme.

Por lo general los hombres que acompañaba eran de trato agradable, discretos en su comportamiento, sibaritas, aunque frugales, y apenas tropecé con alguno que quisiera sobrepasarse sin atenerse antes al acomodo que proveyese a mis exigencias. Los hubo picarones, algún viejo verde más cercano a los santos óleos que a los placeres, pero estos acababan siempre frunciendo el ceño y durmiéndose acurrucados, en posición fetal, en algún sillón de los salones de los hoteles, de donde amables camareros los levantaban y llevaban a sus habitaciones.

Sólo topé con uno grosero y apestoso como un albañal. Levantó polvareda mi actitud contraria a sus demandas y estuve en un tris de mandar al cuerno mi prometedora carrera, pero se tuvieron en cuenta razones que di y atropellos anteriores en los que el tal individuo se había visto enredado, quedando dictada sentencia a mi favor por ser más lo logrado que lo perdido.

No debería contar intimidades semejantes si no fuera porque en una de estas ocasiones me sucedió ser acompañante de un afamado director de cine y decidí que aquella había de ser la noche que me llevase al día. Lo seduje, olvidando los consejos del expediente, y terminamos entre sábanas de seda y en retretes de cristal.

Gracias a ello conseguí mi primer papel en el cine, que fue corto por demás, pero era un principio. Salía llevando una bandeja en alto, me cruzaba en el salón con el protagonista y le derramaba el postre de melaza en la pechera. Se armaba un escándalo, me tomaban dos lacayos uniformados por los brazos y era sacada de encuadre.

En la segunda interpretación pude desarrollar mis dotes histriónicas declamando unos versos a un muchacho picado de viruelas, mientras danzábamos en una pista llena de bailarines. Durante siete segundos la cámara nos seguía en un travelín de vértigo y yo decía los versos. Al final de la película teníamos que volver a salir el de las viruelas y yo intercambiándonos miradas de cordero, pero hubo cambios de última hora y se eliminó la escena.

Vinieron después otros amagos que no terminaron de cuajar. El director se encaprichó de una aspirante a actriz, feúcha pero con grandes dotes de seducción, y a mí me relegó al olvido. Para entonces ya me había cansado de perseguir la gloria como si fuese un galgo tras la liebre y pisé la realidad.

Hasta hoy en que, de improviso, sin haberlo soñado ni por asomo, me he encontrado en la cumbre, sobre la alfombra roja, lanzando besos al público que me aclama, repartiendo sonrisas a los fotógrafos, firmando autógrafos a mis incondicionales.

- Señorita, ¿permite? Tengo que terminar de recoger.

Es un muchacho con buzo. Me mira con prevención, pero respetuoso. Tiene a los pies el rulo de la alfombra y le falta por recoger el metro escaso en el que estoy yo.

- Disculpe. Estaba pensando…

Y me alejo, calle abajo, con el brillo del triunfo en la mirada.