sábado, 26 de abril de 2014

Palabras vivas



Ni por pienso imaginó tanto. Menuda, casi insignificante y quizá por ello cargada de timidez, buscaba hacerse notar, pero tampoco le preocupaba mucho pasar desapercibida, aun cuando ello le causaba enojo y ponía rabia en sus sentimientos que, enseguida, apaciguaba con dosis de mansedumbre. Pero todo tiene un límite y el de Jacoba llegó el día que un tonto de capirote trató de aprovecharse haciéndole inconfesables proposiciones.

- ¡Eres un guarro! ¡Eres un guarro!- barbotó, desorbitados los ojos, mientras trataba de imaginarse a sí
misma ofreciendo su virginidad a aquel individuo. Y el tonto de capirote, puesto a cuatro patas, salió gruñendo con el sacacorchos del rabo haciéndole carantoñas el aire.

Se llevó más susto Jacoba que el guarro y sintió una comezón retorciéndole los intestinos. Primero no supo qué hacer, luego corrió tras el gorrino no fuera a ser víctima de algún predador, amigo de mondongos y embutidos, aunque esto lo pensó después, pasado ya todo, por último, se sintió aliviada cuando, de allí a unos minutos, tras un encontronazo, dos escaramuzas y varios quiebros, el gorrino se enderezó volviendo a ser el tonto de siempre.

No le dio importancia al hecho y pensó ser, aquella, cosa de maravilla pero tampoco de la que asombrarse mucho pues otras más raras se habían visto y seguramente estaban aún por verse. En esto no se equivocaba. Pronto comprobó que si decía algo con enojo o pasión, sus palabras se hacían realidad acomodándose la naturaleza a sus deseos para volver todo a la normalidad pasado un corto espacio.

Fue el caso tener un compañero de trabajo cargante en extremo, pesado hasta lo indecible, buscando siempre cómo hacerse valer aun cuando no fuera preciso ni se le necesitase e insistiendo a pesar de todos los pesares y aunque se le diese con la puerta en las narices. Hartóse un día Jacoba, arremetió con furia contra él y le dijo en el paroxismo de su rabia:

- ¡Vamos, desaparece! ¡Tus!

Fue visto y no visto, volvióse etéreo, se hizo voluta, palpitó como un soplo y estuvo una porción de tiempo moviéndose por la habitación, aunque sin ser visto ni oído. Le preguntaron, cuando volvió, dónde había estado, qué había sentido, cómo logró hallar el camino de regreso, mas no supo referir sino incoherencias tales como que no se había movido de allí, siendo así que todos vieron cómo desaparecía, por lo que fue tenido, a partir de entonces, por bastante sandio y muy mendaz.

En otra ocasión hubo de subir el tono de una disputa con la huéspeda que le tenía arrendada la habitación, por un quítame allá esas pajas, pero fue la discusión a más y como la huéspeda insistiese en cobrarle unos gastos no apalabrados antes, soltó Jacoba, sin pensar en las consecuencias:

- Vuelen primero los burros, luego, veré si pago.

Y aquel día hubo extrañísimos rumores asegurando haber visto asnos de todo pelaje cruzando los cielos hacia el
horizonte. Muchas personas fueron encerradas en celdas de seguridad por tener dudas acerca de su salud mental, hallándose contradicciones sin cuento en estos enfermos que decían, primero, haber visto lo que vieron para confesar, después, estar equivocados pues no vieron burros ni nada parecido volando por los cielos, así se lo preguntara el mismísimo Dios. Y ya podían, luego, volar cometas, ángeles o nubes que nadie osaba decirlo asegurando rodar las cosas por tierra como era natural hacerlo.

Tenía mucho cuidado Jacoba de no usar este poder pues era consciente de las consecuencias que podía traer uno de aquellos deseos suyos expresado de forma incontrolada, por eso se mordía la lengua hasta hacerse sangrar antes de estallar en amenazas, pero le era imposible, a veces, dejarlo escapar cuando la gota rebosaba el vaso de su paciencia.

¿Y si un día mandaba a la muerte a un semejante en un arranque de ira? La muerte podía ser un hecho irreversible. Todo cuanto hasta entonces había pedido o deseado en sus arrebatos tuvieron una duración de segundos o minutos, nunca más allá de lo razonable, si había algo de razonable en cuanto le estaba ocurriendo. Pero la muerte… La muerte es la inactividad absoluta, el caos total, el cierre del grifo sanguíneo a esa masa gris, en forma de laberinto, almacenada dentro de la calavera. Vuelta la sangre a su normal discurrir podrían no reanimarse ya las circunvoluciones de los pensamientos y quedar cadáver. Pensaba en todo esto mientras le corría un escalofrío desde la nuca hasta la rabadilla. En alguna ocasión estuvo tentada de probar este efecto con algún animal: mariquitas, escarabajos, una salamandra; pero ¿cómo hacer daño a tan inocentes animalitos? Mejor lo dejaba.

La idea, no obstante, siguió anidando en ella con tormenta de idas y venidas, como ese mosquito de verano al que espantamos, se marcha, y de allí a poco vuelve insistente a rondar en torno nuestro para cebarse con molestias y acoso pertinaces. Cien veces estuvo a punto de ceder a la tentación y cien salió triunfante del combate, aunque siempre le quedaba la duda abrasándole la entraña como hierro al rojo.

Una mañana, al levantarse, se sintió singularmente indispuesta. Le bailaban los nervios como azogue, tenía la piel sensibilizada de forma no acostumbrada, la vista se le nublaba con oscuros presentimientos. Fue un día tremendo, pues desde el principio empezó a salirle todo mal. Para empezar, el despertador no sonó a tiempo, fue imposible explicárselo al coordinador y se le anotó la falta en su expediente. Luego aquel cliente de ademanes lujuriosos, mirada torva y sonrisa babeante, inclinado sobre el mostrador, tratando de llegar a las intimidades de su escote.

A mediodía el camarero que la atendía habitualmente no se había presentado a trabajar. Algo de una indigestión, cólico o diarrea, dijo el sustituto. La ensalada no había sido aliñada a su gusto, el vino era de garrafón y el vaso mostraba un cerco de carmín.

Ya a la tarde, camino de casa, un bulto ominoso le salió al encuentro. Sombras agrias dibujaban la hostilidad de sus perfiles en los muros de las casas y en una de aquellas sombras centelleó la alarma de una navaja. Se le llevó el bolso y el aliento y sólo le quedó un jadeo ronco y nervioso. Alguien vino en su ayuda, la tomó de los hombros y fue con ella hasta un banco donde la obligó a sentarse. Luego llegaron otras personas. Hablaban todas, daban su opinión, le tomaban de las manos, tiraban de ella para alzarla y volvían a sentarla sin ponerse de acuerdo.

Se abrió paso, por fin, un hombre de uniforme. Debía de ser policía o guarda, o vigilante de alguno de los comercios que por allí había. Llevaba pistola a la cintura y la visera de la gorra le caía sobre el rostro, dejando ver solamente la barbilla. Hablaba muy deprisa y daba gritos pidiendo a la gente que se retirase. Le traía el bolso. Había aparecido en una calle, allí cerca, tirado al pie de los contenedores de basura. Aún contenía una porción de cosas: maquillaje, un pañuelo de tela y varios de papel, lápiz de labios, un peine, una cajita vacía, otra llena de confeti azul, una tercera tan pequeña que no podía contener nada, rimel para las pestañas, dos o tres objetos de uso indeterminado, un pendiente sin compañero, billetes de autobús usados, dos entradas de cine y un manojo de llaves.

- ¿Le acompaño a su casa?

Jacoba miró sin ver. La calle, la luz, los rostros, las palabras le bailaban en la cabeza en vertiginoso remolino.

El hombre de uniforme, sin esperar respuesta, la agarró con fuerza por un brazo y tiró de ella calle adelante. Jacoba se dejó llevar embargada por una sublime, pero desconocida insensibilidad. Sombras de incertidumbre, miedo y desconocimiento le nublaban las entendederas; no obstante, de manera incomprensible, empujada quizá por el instinto, dio con el portal.

El hombre preguntó si quería que subiese con ella hasta el piso, pero Jacoba denegó con la cabeza. Antes de cerrar la puerta tras de sí, se volvió para murmurar un “gracias” apagado.

Sentada en la cama, estuvo mirando, largo rato, la figura reflejada en el espejo que tenía frente a ella, figura grotesca, casi disforme, de una mujer de enredadas greñas, alborotado el vestido, ojerosa y humillada. ¡Humillada! Esa era la palabra, palabra rotunda que encerraba toda la mediocridad de una existencia entregada al servilismo.

Se acercó al espejo para mirar con más atención. Empezaron a llegarle recuerdos, brumas que se desvanecían para dejar expedito un camino abarrotado de injusticias y desprecios. En el trabajo, con los amigos, cara a la sociedad siempre había sido relegada como segundona, útil solo para cubrir faltas, sustituir ausencias. Y una rabia infinita le atenazó la garganta.

Corrió a la ventana, abrió los cuartillos de par en par y se quedó mirando a los estúpidos que pululaban por las aceras, con aire de bobalicones resignados.

- ¡Malditos, seáis!- gritó.- ¡Así desaparezca todo! ¡Así se lo lleve el infierno!

Y comenzó el principio del fin. La noche dejó de ser noche, nunca hubo ya mañana, ni amaneceres, ni estrellas girando en el firmamento, ni siquiera firmamento. Sólo vacío, y ni aun esto, pues el vacío dejó de tener sentido en la nada.

domingo, 9 de marzo de 2014

Sangre de circo en las venas



Nuestro circo era pequeño. Ibamos de pueblo en pueblo porque nos quedaba grande ir de ciudad en ciudad. A veces nos atrevíamos con capitales importantes pero desde lejos, al abrigaño del extrarradio, perdidos en una periferia de fábricas malolientes donde se asentaba el desecho de la población. A pesar de todo teníamos ínfulas de grandeza. Destilábamos orgullo a través de los
desgarrones de las lonas y del chirrido de las desvencijadas camionetas.

Yo, siempre que podía, me escondía entre bambalinas para ver la función del hombre forzudo. Ciertamente era un individuo singular. Tenía el cuerpo enorme. Las piernas parecían columnas robadas de algún templo antiguo; los brazos, de bíceps descomunales, terminaban en dos puños capaces de derribar un árbol de un mazazo y todo él era una montaña que causaba asombro por donde iba.

Reía con estruendo agitando todo el cuerpo y el habla era cavernosa como si llegase de muy lejos, de algún lugar acomodado en lo más hondo de su caja torácica. La cara tenía aspecto de selva donde los pelos de la barba simulaban un boscaje de zarzas. En cuanto al comer era conforme a las trazas, siendo capaz de zamparse hasta tres lechones de una sola sentada, regándolo con vino, cerveza o lo que hubiera lugar sin dar tregua a quien le llenaba la jarra.

Sin embargo, aquel corpachón de bestia escondía un mundo de sentimientos, pero llegué tarde a averiguarlo.

Ocurrió un verano durante nuestra gira por el norte. A los lejos se perdían los perfiles umbrosos de las industrias y más allá se adivinaban apenas las formas de los rascacielos. Habíamos asentado reales en una explanada donde se cruzaban cuatro caminos de asfalto leproso. Aguantamos allí hasta un mes pues, aunque algo alejados, los fines de semana llenábamos el circo con manadas de chiquillos llegados de la ciudad.

Los primeros días fue todo normal, pero pronto advertimos un cambio preocupante en la rutina del gigantón. El primero en lanzar la voz de alarma fue el hombre gusano.

- ¿Os habéis fijado?-, dijo una mañana mientras reptaba entre los bolardos colocados al efecto-. Ha dejado de entrenar.

Era cierto. Miramos hacia su caravana a tiempo de verle alejarse en traje de calle, un traje a todas luces estrecho donde trataba de meter la estructura de los músculos.

- ¿A dónde irá?-, fue la pregunta de todos.


A partir de entonces todos los días abandonaba el circo de mañana y no volvía hasta por la tarde, minutos antes de comenzar la función. Se cambiaba precipitadamente y salía a realizar su número. El espectáculo era espléndido. Mayores y niños estallaban en una tormenta de aplausos cuando le veían alzar, en cada mano, una pesa de 200 kilos o dar dos vueltas a la pista arrastrando con los dientes una camioneta cargada con treinta o más personas del público, sin dar muestras de cansancio. La carpa vibraba bajo los gritos de “más, más, más” mientras la encargada de las taquillas, ataviada con un traje de baño de pésimo gusto, salía a la pista y cargaba con dos pesas de utillaje lo que causaba la hilaridad del público que arreciaba en sus aplausos.

Así llegó la tarde de la despedida. Al día siguiente, de madrugada, el circo partiría hacia otros lugares.

El redoble de tambor atronó precediendo a la entrada del hombre forzudo. Tenía el aspecto formidable que acostumbraba. Se despojó de la capa sin el manteo de otras veces y apareció cubierto con una especie de piel grosera que le daba aspecto antediluviano. Apretaba mucho los puños a fin de realzar el bulto de los bíceps y se mordía los labios para parecer tremendo.

Pero no era el hombre forzudo de otros días, de otros tiempos, sino una parodia de sí mismo. Algo había cambiado en él. Fue una premonición y nos estremecimos ante la certeza de lo irremediable: cuando intentó levantar las pesas de 200 kilos, se desparramó como un higo maduro y quedó muerto sobre la pista.

- No tenía corazón-, dictaminó la autopsia.

Al día siguiente supimos que lo había dejado en prenda a una rolliza euscalduna de Derio.

- Circulaba serrín de circo por sus venas-, sentenció en seguida mi madre queriendo, acaso, hacerme sentir el orgullo de mi ascendencia circense, aunque no lo necesitaba, pues siempre me había ufanado de ser hijo de ella, de la mujer pájaro, y lo tenía por un honor. Pero aquel aciago día parecía ser el de las revelaciones.

- No soy tu madre-, me dijo, de sopetón, al amparo de las patas de una elefanta preñada que barritaba con estruendo barruntando el parto-. Llegaste del arroyo, hijo de madre desconocida.

Y me contó. Una noche me llevaba mi padre en brazos, envuelto en una toquilla, camino de la cárcel donde debía ingresar por delitos de sangre, cuando se topó de frente con el jefe de pista del circo, un hombrecillo corto de piernas, vientre orondo semejante al de una garrafa, sin cuello apenas donde atornillar la cabeza. Mi padre me dejó en sus manos con un “gracias” apenas musitado y siguió camino del presidio.

El jefe de pista cargó conmigo hasta el circo y me metió en la jaula de los tigres, quizá con la esperanza de que me devorarán y solventar la cuestión. Pero una de las tigresas había parido el día anterior y me acogió entre sus cachorros. A los once meses superaba en tamaño a mis hermanos de leche y casi a mi nodriza. Fue entonces cuando se fijó en mí la mujer pájaro y decidió adoptarme. Era la triste historia de mi origen.

La hasta entonces mi madre me besó la frente y se secó una lágrima que le corría por la mejilla.

- No llores-, le dije-. Podrás seguir siendo mi madre, si lo deseas.

Aquella noche, se fugó con un turiferario loco de la catedral de Burgos y no volví a saber de ella.

La muerte del hombre forzudo, el descubrimiento de mi origen y seguida orfandad me abstrajeron el ánimo y dejaron postrado en un letargo de consunción. Me encontró exangüe, barbotando serrín por la herida de la muñeca, Duvidna, una trapecista venida a menos por males de altura. Chilló como loca, en el paroxismo de la histeria, antes de correr a la caravana de Randonwoskhy a pedir ayuda.

Randonwoskhy era veterinario, sanador y cirujano, todo en uno. Atendía por igual a los animales y a las personas. Para él todos eran animales con la consciencia más o menos despierta y no veía mucha diferencia entre abrir en canal a una pantera o componerle las asaduras a un semejante.

Me amañó la herida, me cortó la hemorragia y veló los desvaríos de mi convalecencia, turnándose en tan menesterosa función con la trapecista.

Tardé días en volver en mí. Cuando lo hice estaba a mi lado Duvidna que corrió a avisar a Randonwoskhy.

- ¡Se aviene! ¡Se aviene!-, dicen que le dijo.

Randonwoskhy se sentó en el borde del camastro que me servía de lecho. Debíamos de componer un cuadro desolador, él con su casaca deshilachada ocultando los remiendos de la culera de los pantalones y yo, trémulo, virando los ojos a los lados, envuelto en trozos de manta ratonados, porque Duvidna, sólo de vernos, se deshizo en lágrimas en el mayor de los desconsuelos.

- ¿Mi madre…?-, pregunté en un susurro cuando tuve conciencia de lo sucedido.

Randonwoskhy me atusó el cabello con los sarmientos resecos de sus dedos, para darme ánimo:

- Olvídala, muchacho. Era una advenediza. Ella no tenía, como tú, serrín de circo en las venas.

Duvidna se pasó llorando todo aquel día, el siguiente y el otro hasta quedarse sin lágrimas. Luego lloró serrín y regresó al trapecio.

Cuando volví a pisar la pista me sentí extraño pateando mi propia sangre.

sábado, 8 de febrero de 2014

Cruce de destinos




Era una encrucijada comprometedora, arisca podría decirse. Las cuatro calles se estrechaban con impudor en el nudo de la cruz.
El hombre y la mujer, al encontrarse de frente, tropezaron saltando por los aires sus pertenencias. Se agacharon ambos y con el embarazo del caso recogieron cuanto les vino a mano, suyo o de la otra persona, objetos sin identificar, piezas anónimas, mientras a su alrededor, se apresuraban los viandantes camino de sus deprimentes destinos.
- ¡Perdón!
- ¡Perdón!
- Soy yo quien debe disculparse, señorita.
- Señora, si no le importa.
- Disculpe nuevamente. Esa cabeza de factura griega llevada con tanto donaire me confundió.
- Quedo agradecida por el requiebro, joven.
- Caballero, si le es lo mismo.
- ¡Oh!, tan grácil y ya casado. ¡Cuan injusto es el destino!
- Me siento halagado y confundido.
- Confundida yo que, alocada, no le he visto venir y lo he atropellado.
- He sido yo el alocado. Iba ensimismado en mis cosas, fútiles asuntos, banalidades que me embargan a menudo, sin venir a cuento.
- ¿Seremos almas gemelas?
- Pues, ¿qué?, ¿también usted desvaría?
- Estaba acurrucada, vea, contra aquellos contenedores. De todos y cada uno de ellos rezuma el olor agrio de la basura en descomposición y yo me emborrachaba con sus vapores. Entonces he visto las estrellas allí, en el cielo, veladas a intervalos por rebaños de nubes en desbandada y he sentido la necesidad de huir. Corría, por eso, desalada.
- ¿Vio las estrellas a la luz del día?
- Están perdidas, como yo. Buscan, en su extravío, el relente de la amanecida pasada. Están ahí y me miran temblorosas.
- Quisiera verlas yo también a la luz del sol.
- ¡Tendría que renunciar a tanto!
- No habrá de importarme la renuncia.
- Es dolorosa.
- ¿La visión?
- No, la renuncia.
- ¡He dejado atrás jirones de mi existencia y no me ha importado!
- Está, entonces, en el buen camino.
- No veo estrellas en el día, pero se me aparece, a ratos, una tortuga con alas como espumarajos, lanzada en mi persecución.
- Es el principio.
- Viene hacia mí amenazándome con su pico córneo. Me ovillo, entonces, contra una sombra de mujer, buscando el calor de sus brazos, mientras revolotean, ingrávidos, unos copos de nieve sobre nuestras cabezas. Estoy arrecido. Nos besamos y la tortuga huye. Me siento confundido, pero audaz, ante el desafío.
- ¡Oh!, qué gratificante es hablar con usted, caballero.
- No tanto como escuchar el devaneo de sus palabras, señora.
- Su hubiéramos tiempo, si el tiempo fuera estático, le contaría por menudo miríadas de historias amontonadas en el desván de mis recuerdos.
- Las escucharía con agrado. Ciento, mil…
- Las tengo ordenadas como muñequitas de salón. Desde el número siete, hasta uno inconmensurable.
- ¿Y las seis primeras?
- Son avatares de una principesca existencia, muerta antes de empezar a vivirla. Residuos de un pasado horrendo. Legajos escritos en una aleta de esturión, dados al olvido.
- Yo ordeno mis recuerdos en círculo, sin principio ni fin, un círculo interminable, abierto a los espacios siderales, donde el vacío de Dios se estremece en los espasmos de la creación.
- ¿Es, quizá, filósofo?
- Soy barítono.
- Barítono filósofo.
- No, barítono en paro.
- ¡Admirable conjunción!
- De poca sustancia, pero admirable, sí.
- Querría reír.
- Ría, tiene la boca hecha para reír.
- ¡Ja, ja, ja!
- Su risa es argentina.
- Plata bien bruñida.
- Perlada de coral.
En estas y otras fruslerías terminaron de recoger las pertenencias esparcidas por el suelo y se despidieron con un melancólico adiós, consternados ambos, con el ánimo suspenso.
El hombre caminó hacia su casa. Se sentía eufórico, alborozado, jayán llamado a descomunales gestas. Le esperaba su esposa, una mujeruca de mirada torva y labio belfo. Quizá no tuviera aún la mente sucia, pero se barruntaba el día en que bocanadas de hedor habrían de trasudarle de cada poro. Le miró boqueando por la sorpresa.
- ¿Qué traes a la cabeza? Es pamela o lo parece.
El hombre, tras descubrirse, la miró y remiró quedando tanto o más sorprendido que la mujer.
- Pamela es, a no dudar.
- Y, al brazo, bolso de cachemir con lentejuelas y dorados.
- Tal parece. Y no acierto a dar con la causa.
- ¡Botarate! Con alguna pelandusca habrás andado. Y como a pelanas te ha engatusado hasta adormecerte las mientes.
- No digas eso mujer, que desbarras.
- Pues, ¿qué excusas?
- Te explicaré. El diálogo, las prisas y el alboroto crearon mucho desconcierto. Quizá ella...
Se rebuscó en los bolsillos para echar en falta una agenda, hojas perladas de rasgos enriquecedores, fechas, nombres, miradas de perfil, agujas finas. Tampoco encontró el pañuelo ni la minúscula insignia que siempre le campeó en la solapa.
Un silencio ominoso abrazó la estancia hasta la mañana. Ella huraña, él lejano, ella despectiva, el abotagado por sensaciones encontradas, ambos perdidos en una noche sin salida.
Al día siguiente otra vez la encrucijada comprometedora, arisca. Donde las cuatro calles se estrechan con impudor en el nudo de la cruz, volvieron a encontrarse el hombre y la mujer, pero ahora adrede, con manifiesta intención de devolverse las pertenencias cambiadas.
- Su pamela.
- Quizá sea suya la agenda.
- El cachemir.
- Y el pañuelo que esta noche me hizo soñar. Y esta insignia.
- Veo dolor en su cara.
- La noche fue horrenda.
- La mía fría.
- Ni la más fragorosa tormenta me hizo temblar así. Siempre hubo odio en los ojos del hombre que me esposó.
- Desposó.
- Nunca fui desposada. Esposada solamente en horrendo contubernio.
- Como veo, ahora, haberlo sido yo.
- Mas ayer el odio se hizo violencia. La agenda desató los celos, el pañuelo los furores y la insignia golpes desabridos.
- ¿Te golpeó?
El tuteo caldeó las palabras.
- Me golpearon sus palabras, sus miradas.
- Como a mí la pincelada ocre del desprecio.
El hombre tomó, entre las suyas, las manos de la mujer.
- ¿Vienes?
- ¿A donde?
- Allá.
El gesto fue impreciso, anodino, sin señalar a ninguna parte.
- Vamos.
- Vamos.
- Te enseñaré a ver las estrellas a la luz del día.
- Yo te presentaré a mi tortuga alada de pico córneo.
- Te contaré la miríada de historias que dije, empezando por la primera.
- Yo destejeré el círculo de mis recuerdos y los pondré en línea recta para que desfilen ante de ti.
Y se perdieron, cogidos de la mano, en el imperturbable fárrago de viandantes anodinos, camino de no se sabe a dónde para no se sabe qué.

sábado, 11 de enero de 2014

La desfloración



La muchacha había decidido entregarse. La virginidad le molestaba no tanto por lo que de ella pudieran pensar otras personas, como por el gusto de probar las tan cacareadas delicias de Venus.
Había elegido a un zote fornido, rugoso, atrabiliario, velludo como oso, perdido en una majada allá en monte, del que se decían maravillas.
Mientras se desnudaba, el chico la miraba entre divertido y burlón haciendo muchas muecas y visajes con los ojos.
- ¿Y bien?-, preguntó cuando se hubo desnudado poniendo pose de actriz de película.
El rústico fijó en ella sus ojos como platos y se le acercó a los pechos. Eran dos manzanas en sazón. Se los miró, sobó, pellizcó y acarició.
- ¿Y bien?-, volvió a preguntar viendo que el muchacho no se arrancaba.
- ¿Y cuánto?-, dijo él.
- ¿Cuánto?
- Si le doy gusto a la cabra me entrega su leche, la oveja su lana y sus corderos y hasta la burra me lo agradece con su trabajo. ¿Habías de ser tu menos?
Y se alejó sendero adelante, dejándola allí con las bragas en la mano y el rubor de la vergüenza destilándole cuerpo abajo.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Máscaras



Todos llevan su máscara. O casi todos. Aún quedan rebeldes como yo que vamos a cara descubierta, pero cada vez somos menos. Y cualquier día de estos terminaremos cediendo a las presiones del Departamento Instructor de Máscaras. Las visitas, las sugerencias, la vigilancia a que somos sometidos por los inspectores del Departamento comienzan a hacerse insoportables. Es como tener en la nuca la mirada fija de un leproso que amenaza con contagiarnos su enfermedad.
La máscaras confieren personalidad a los individuos, encubren el yo ficticio y los hacen mostrarse tal cuales son. Al menos eso dice la propaganda oficial.
En realidad pienso que la máscara distorsiona la mente y la voluntad de las personas y las emplaza a seguir las directrices del poder. Pero esto no puedo expresarlo en voz alta, como mucho deben ser esbozos de mi mente, sin elaborar conclusiones que me podrían acarrear serios disgustos.
He taladrado las paredes de mi habitación para observar, a través de los pequeños agujeros, los otros dos dormitorios de la casa. El de la derecha es el de mi hermana. A la noche se retira ingrávida, como una aparición etérea, y cuando cree que todos dormimos la veo levantarse de la cama. Está triste y desanimada. Busca asiento frente a la mesita de maquillaje y enciende la luz de encima del espejo. Sus dedos aparentan cristales por lo frágiles y transparentes. Parece que se le fueran a quebrar al menor descuido. Se cepilla la melena de oro, que dice mi madre, mientras penetra los secretos del espejo buscando alguna arruga que pueda afearla, pero no la encuentra porque mi hermana es hermosa, una de las chicas más guapas de la ciudad y está a salvo de esas imperfecciones. Así un día y otro, casi inane, sin sorpresas.
En una ocasión se quitó la máscara para lucir en todo su esplendor. Quedé sin habla viendo brillar su rostro, envuelto en un halo de belleza que no me es dado describir. Al principio pareció dudar, permaneció suspensa un instante, pero enseguida se acarició las mejillas, hundió los dedos en la melena, alborotándosela, y se puso a danzar en el centro de la habitación. El camisón se le enredaba en el cuerpo a cada giro vertiginoso del baile formándosele una especie de tirabuzón en las piernas que le hacía trastabillar para ir a caer sobre la cama. Se levantaba ahogando un puñado de risas e iniciaba de nuevo la danza. Estuvo así una y otra vez hasta que acabó agotada. Fue al espejo, pasó la mano por él, acariciando su imagen y besó sus propios labios.
Cuando se volvió tenía colocada de nuevo la máscara y otra vez la encontré apagada, vana e intranscendente aunque seguía siendo hermosa.
La pared de la izquierda da a la habitación de mis padres. Desde mis primeros recuerdos, siempre fue un lugar frío, empachado de tristeza. Los veo entrar a ambos. Retiran el embozo de la cama, cada uno en su lado, y comienzan el ritual de desnudarse. Yo me retiro unos instantes del agujero para respetar la intimidad del acto esperando a que tengan vestidos los pijamas. Luego, sigo mirando, veo cómo se dan un beso de buenos noches, tan casto como el de una madre a su pequeño, y se acuestan dándose la espalda. Enseguida oigo el silbo agudo de la respiración de mi madre y el más espeso de mi padre mezclado con algún ronquido.
Siempre los había conocido así, con máscara, mas desde que tuve ocasión de ver el rostro de mi hermana al natural, sentí deseos de saber cómo serían sin ella y puse más empeño en espiarlos, aunque las noches seguían transcurriendo iguales. Como los días.
Esta monotonía puede llegar a romper los nervios. No hay posibilidad de discrepar. Si se me ocurre hacerlo, la sonrisa de mis progenitores se agranda hasta adquirir dimensiones colosales de aceptación. A veces, sólo por comprobar hasta donde puede llegar su servidumbre a los dictados de las máscaras, rechazo un plato o hago gestos de disgusto a una fruta y es maravilla comprobar su aquiescencia a mis deseos, eso sí, reprobando con dulzura mi poca predisposición a colaborar en la idealización que el sistema ha difundido como hogar perfecto.
El enfrentamiento, los criterios dispares, no tienen cabida en las familias. Como no tiene cabida en la sociedad la delincuencia, el gamberrismo, la vida disoluta, el alboroto, ni tan siquiera la celebración festiva de una efeméride familiar. La policía se aburre extraordinariamente y nadie es capaz de explicar el mantenimiento de un cuerpo represivo cuyas intervenciones ni los más ancianos recuerdan, si es que un día las hubo. En algún papel amarillento figuran crónicas de violencias y delitos, pero no pueden mantenerse tales afirmaciones como ciertas y se consideran producto de la imaginación desbordada de algún cronista.
Una noche, después de cenar, mis padres se mostraron más amables de lo habitual con mi hermana y conmigo. Cuando se levantaban de la mesa venían a nosotros para darnos un beso en la frente. Era un ósculo frío, de circunstancias, con el que daban fin a la jornada antes de retirarse a su dormitorio. Pero aquella noche se extendieron en afectos desacostumbrados.
- Buenas noches, querida.
- Buenas noches, querido.
- Que tengáis felices sueños.
- No os acostéis tarde. El descanso es beneficioso.
- Felices sueños de nuevo.
- Y no recojas la mesa, cariño. Mañana lo haré yo.
Había algo extraño en su comportamiento. La curiosidad me picó hasta el extremo de desear inmediatamente las buenas noches a mi hermana deseoso de ir al puesto de observación de mi dormitorio.
Cuando miré habían cumplido el ritual de retirar el embozo de la cama y estaban desnudándose, pero contrariamente a lo sucedido hasta entonces no se pusieron las ropas de dormir, sino que quedaron los dos frente a frente semejantes a enemigos que fueran a acometerse, mostrando la carnaza de sus deseos incontrolados.
Y quedé maravillado cuando, a una, como si lo tuvieran acordado, se quitaron las máscaras arrojándolas al suelo y se me aparecieron extraños. No eran mis progenitores, amantísimos padres cargados de cariño y afecto, preocupados por el porvenir de sus hijos, celosos guardadores de las virtudes familiares. El rostro de mi padre reflejaba la concupiscencia más fiera que jamás pude sospechar en un ser humano, mientras en el de mi madre adiviné el deseo brutal de entregarse sin restricciones. Cayeron ambos sobre la cama, enredados en obscenidades propias de las bestias recluidas en las reservas de los páramos, jadearon como animales sedientos de apareamiento, los vi buscarse uno a otro atentos solo al placer lujurioso en toda su descarnada realidad.
No supe el tiempo transcurrido. Pudieron ser segundos u horas. Mi padre quedó exangüe, tendido sobre el lecho, mostrando sin pudor las vergüenzas de su animalidad y, al lado, mi madre buscaba su protección procurándole la sensualidad de besos y caricias.
Me retiré del punto de observación horrorizado de aquel acto monstruoso que no habría sido capaz de imaginar, ni aún creer si otra persona me lo hubiera contado. Cuando me tranquilicé y volví a mirar, ambos se habían colocado la máscara, estaban vestidos con sus pijamas y dormían plácidamente, dándose la espalda como tenían por costumbre.

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Hace dos días recibí una nueva citación del Coordinador del Departamento Instructor de Máscaras. Semejaban sabuesos olisqueando la presa. Sin ceremonias ni presentaciones me introdujeron a la Sala de Audiencias. Era una habitación casi vacía, tan huera de calor y hospitalidad como los sentimientos del individuo que me esperaba, ahorcajado en una silla, abrazado a un perrillo tiñoso y disparatado que ladraba a cuanto se movía.
Desde el techo, una lámpara dejaba caer los chorros de luz sobre la mesa de cristal. El individuo del perro me indicó una silla ingrávida que parecía formar parte de una fantasmal decoración con sus formas de líneas imposibles. Durante horas perdí la noción del tiempo atento sólo a una cháchara monótona e insufrible sobre las excelencias del uso de las máscaras. Yo me defendí con asertos válidos, pero mi interlocutor los desmenuzó uno a uno, convirtió en polvo y dispersó en el aire sin perder la compostura ni alzar un ápice la voz.
Mi intransigencia, según él, estaba provocando un vómito institucional que afectaba a amplios estamentos sociales donde ya habían empezado a dibujarse grietas que terminarían acarreando el desmoronamiento del sistema con consecuencias difíciles de prever.
Luego, dejando el asqueroso chucho en el suelo para que corriera a sus anchas y me ladrase cada vez que pestañeaba o respiraba, se acercó a mí con voz meliflua, algo aflautada como la de quien quiere embaucar sin argumentos. Y, de rodillas, abrazado a mis pies, me suplicó que accediese a portar la maldita máscara. Cuando dijo lo de maldita noté cómo se le quebraba la voz, un instante, en un conato de ira reprimido.
Mi natural sensiblero me movió a lástima por este lacayo del sistema sintiéndome incapaz de negarle mi ayuda. No quería ser yo causa de desasosiegos en su ánimo ni motivo de desarraigo o pérdida de prebendas.
- Vale, pero sólo unos días. Después volveré a mi natural-, le dije
 Al oírme hablar así vi que se le contraía el rostro en un rictus difícilmente descifrable y empezó a besarme las manos. Luego se volvió al perrillo para reñirle, conminándole a dejar de ladrarme pues, le explicó como si pudiera entenderle, estaba delante de un hombre que a partir de ese momento iba a ser un ciudadano ejemplar al servicio de la sociedad. Y sin dejar de hablar con el perro señaló un rimero de máscaras, apartado en un rincón de la habitación, que hasta ese momento no había visto.
- Toma la de arriba. Es la tuya-, dijo autoritario.
Me aupé sobre el montón que se elevaba varios palmos sobre mi cabeza para coger la de encima. Al ponérmela sentí que un terror convulso atenazaba mis dedos.
- ¿Quieres mirarte?-, me llegó la pregunta desde detrás de un espejo aparecido de no sé donde.
Me miré y hube de admitir que la máscara me confería prestancia. Estaba cómodo con ella y no tuve deseos de quitármela. Después de todo me quedaba muy apañada. Quién sabe, quizá no fuera tan terrible formar parte de un sistema jerarquizado.
Al salir del Departamento Instructor de Máscaras creí ver una sonrisa de triunfo en el Coordinador, mientras se frotaba las manos. Pero pudo ser un reflejo de mi torpeza en el uso de la máscara. En pocos días me acostumbraré a ella y veré la realidad sin distorsiones.
Es lo que me han dicho.