jueves 23 de febrero de 2012

Daños sin importancia

Pasó como una tolvanera iracunda, como pasaba siempre, de atropello en atropello, marcando los clavos de las botas en la juventud tierna de las plantas que ella había cuidado con tanto amor, amor que le habría gustado compartir con aquella bestia, aunque lo sabía imposible.

La casa no era gran cosa, apenas unos muros mal aventados con ventanucos estrechos para que no entrase el rigor del invierno y, si entraba, quedase pillado entre las cuatro paredes y muriese al amor de la chapa caliente de la cocina.

El jardincito se abría, coqueto, frente a la entrada. Era su mundo, su ilusión, su espacio de menudo poder frente al omnipotente del marido, un bruto de comprensión cerril, hirsuto, gordo y acomplejado.

El nunca había sido muy hablador, ni ella habría de serlo y la noche de bodas lo dejó claro:

- Tú, chitón. A tu sitio, a lo tuyo y chitón.

Y acompañó la sentencia con un sopapo que sonó a blasfemia. Lo suyo y su sitio estaban claros: aquel zaquizamí miserable donde nunca se rehogaría un filete o un pescado. Como mucho sopas, verduras y algún hueso para dar sustancia que para más no había si el hombre quería volver borracho a la noche. Y, junto a la fregadera, la tabla de lavar donde las manos suplían al jabón con renovados refrotes hasta arrancar la última maca, sin importar sabañones, quemaduras de lejía o padrastros infectados.

Pero un día se rebeló. Rebelión sublime, sin altanerías ni orgullos, una rebelión callada y tímida. Con las manos, porque herramientas no tenía ni por pienso habría de conseguirlas, arrancó las hierbas, removió la tierra, la dejó deslizarse entre los dedos con alegría de lugareño terrateniente y muy despacito, al modo de las hormigas que grano a grano van agrandando el hormiguero, la alisó pasando los dedos con cariño sobre ella. Luego echó unos cubos de agua y sacó del bolsillo del halda un puñado de semillas menudas como polen.

Pacientemente esperó un día tras otro el milagro de la vida. Echaba unas gotas de agua sobre la tierra gris y temía y se preguntaba si sería mucha o poca aquella agua, si no ahogara las minúsculas semillas o perecían en la sequedad del terrón.

Una mañana aparecieron los primeros brotes, unas puntas menudas, de un verde tembloroso, casi amarillo. Corrió por el cazo y les echó agua en abundancia. Por vez primera no pensaba en ahogar las minúsculas plantitas, sólo alimentarlas, darles el agua de vida que precisaban. Las tenía allí, estaban brotando como un milagro intranscendente, como hace los milagros la naturaleza, y necesitaban aquella humedad, la sustancia de la tierra, su cariño de mujer, un cariño hasta entonces estéril, amontonado en su corazón. Estuvo buen rato mirando con atención, viéndolas crecer de verdad. Y comenzó a contarlas: una, dos, siete, quince, montones y montones de hermosos brotes.

A los nueve días empezaron a asomar los primeros botones y dos después, decenas de florecillas saludaron al sol. Unas flores tímidas, blancas, amarillas, rosas, de colores apagados y tristes como convenía a ella, a su carácter, pero hermosas como sus sentimientos.

Y, entonces, llegó él, tolvanera iracunda, como llegaba siempre, de atropello en atropello, marcando los clavos de las botas en la juventud tierna de las plantas que ella había cuidado con tanto amor, amor que le habría gustado compartir con aquella bestia, aunque lo sabía imposible.

Ella lloró, chilló, corrió a acariciar sus plantas maltratadas, envuelta en la risa burlona del hombre y una frase dura y sangrante:

- ¡Bah! Paparruchas. Daños sin importancia. Deja de llorar y ¡adentro!

Miraba, sin ver, tras el velo desdibujado de las lágrimas. Un diente de león aplastado, una amapola deshojada, el tallo de una prímula tronzada, daños sin importancia. De pronto sonó con insistencia retumbante un trueno y el viento trajo aromas de tierra húmeda cercana. El segundo trueno se acompañó de unas gotas de lluvia.

Entre trémula y desconcertada entró en casa y recorrió un larguísimo pasillo, un pasillo eterno por el que jamás anduvo antes. A derecha e izquierda se abrían habitaciones desconocidas para ella, grandes y pequeñas, abigarradas o vacías como desiertos inconscientes, heladas u horneadas con el fuego de la ira, oscuras o iluminadas por llamaradas fatuas inconsistentes y frías. Y descargó sobre el hombre toda la furia de mil vejaciones sufridas, de insultos y humillaciones sin cuento, de burlas descarnadas, de bofetadas recibidas en el alma, de pisadas brutales en las flores de su existencia pasada y en las flores indefensas del jardín de la entrada. Lo descargó una y otra vez, con machacona insistencia, desgarrando las carnes de aquella bestia con las tijeras que tenía en la mano, tijeras venidas de no sabía dónde ni cómo, tijeras menudas como ella misma, pero eficaces abriendo venas, destrozando miembros, horadando la yugular de la que salió un borbotón de sangre infecta y maloliente.

Luego, se acurrucó junto a la ventana, abrazada a su perro de peluche como la niña menuda y tímida de años atrás, como la rebelión menuda y tímida con que hasta ese día había contestado a las provocaciones del hombre, y quedó mirando la lluvia que caía en cendales sobre la ciudad, lluvia sucia y ominosa pareja a la angustia que le embargaba.

- Han sido daños sin importancia- murmuró-. Daños sin importancia…

Y cayó rendida en un profundo sueño reparador.

domingo 29 de enero de 2012

Vacaciones en Canarias

Era obligado ir a Canarias. Después de tener cuatro hijos, escribir un libro y plantar media docena de árboles me quedaba pendiente esta asignatura. Porque quien no haya visitado las islas Canarias no tiene terminada la carrera de la vida o, al menos, eso se desprende cuando en una conversación sale a relucir el asunto vacacional: “Pero, ¿cómo, aún no has estado en las Canarias?” Y te miran con aprensión y cuidado, recelando no sé qué extrañezas.
Así que me he ido a las Canarias. Ocho días de proceloso descuido en un hotel a cincuenta metros del mar. Pero ¡y no he dicho casi nada!, hay que ir. Lo más rápido sin duda alguna es el avión, pero a la par de rápido es uno
de los pasos más difíciles de dar si se tiene un mínimo de amor propio.
Pasar por un aeropuerto es
todo un ejercicio de degradación progresiva de la persona. Por de pronto te exigen estar presente dos horas antes de la salida del avión. Nadie da una razón comprensiva para hacer llevadero este desatino. Simplemente debes estar y punto. Perder dos horas de tu tiempo de la manera más casposa y detestable no podrás encontrarla en ningún otro punto del planeta. ¡Pero si fuera esto lo peor!
Al atravesar los controles de embarque debes ir preparado para sufrir más humillaciones, vergüenzas y bochornos de cuanto seas capaz de imaginar. Chequeos manuales, registros de equipaje, intimidades en entre
dicho, ominosas miradas de sospecha, todo es válido en aras de la seguridad ciudadana. Especial cuidado, por lo que tiene de indigerible, me produjo el hecho de no poder entrar en el aeropuerto una simple botella de agua de 33 cl. La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque, una vez dentro, puedes adquirir una botella de ginebra en las tiendas “free tax” (toma ya internacionalismo), bebértela mientras esperas el avión, romperla una vez vacía y convertir el gollete en un arma mortal. Pero esto parece ser un mal menor frente al tremendo peligro de verter una chorrada de agua sobre la moqueta del avión.
¡Normas y leyes paridas por lúcidos cerebros de padres patrio
s para proveer a nuestra seguridad… o para justificar sus obscenos privilegios!
Pero me extiendo demasiado en estas menudencias y olvido las islas Canarias.
La isla de Tenerife es cambiante, varia y sorprendente. La fauna, escasa y endémica, se reduce a aves, algún reptil y unos
pocos insectos, con algún mamífero de importación. En la bajura se extienden campos plataneros que hacen la delicia del turista con sus apetecibles racimos calentándose al sol como lagartos de mil colas. Las palmeras son una constante impredecible con variedad formas, tamaños y frutos que alternan con especies endémicas como el tabita o el cardoncillo, y por doquier se ofrecen, al asombro de la mirada, jardines y parterres con plantas que se nos antojan exóticas en sus colores y perfumes, así como el drago, ese peculiar árbol de savia roja que, como la mitológica hidra regeneraba sus cabezas, él regenera las heridas de su tronco. Más arriba la vegetación se vuelve seria. Lentiscos y sabinas se enseñorean de la zona junto a las lauráceas y los pinos.
Y ya en la alta montaña, abrazándose
a las laderas del Teide, la naturaleza se torna avara y apenas aparece la retama y alguna planta endémica de escaso desarrollo. La roca se desnuda sin pudor ofreciéndonos la descarnada virulencia de un lejano pasado en que todo era fuego, caos y desolación. Todavía queda mucho de esta última en las aristas negras de la lava, en las construcciones gigantescas amasadas por la roca líquida, en los colosales circos de los cráteres, hoy apaciguados, pero aún al acecho.
Es el Teide, montaña imponente, amenazadora, padre de los volcanes, boca del infierno por donde un día descendió Orfeo en busca de su adorada Eurídice. Las otroras nieves perpetuas han desaparecido y hoy muestra la cabeza agreste, desmadejada y triste. Coronarlo hubiera sido obra de titanes y quedé agradecido a la normativa que impide llegar a su cima ni aún a su base.

Otra isla que visité fue La Gomera. Menuda y chiquita, es como un puñado de montañas, prietas, arrebujadas por el turbión de agua del océano. Cuando se acerca el barco a ella, aparece como un farallón irreductible de rocas escarpadas contra las que se rompen las olas en incesante acoso. El único acceso permitido por mar es la pequeña cala de San Sebastián, a cuyo abrigo se acoge la capital. A poco de adentrarse uno en tierra, comienza la ascensión hacia el interior de la isla y se alcanzan los mil metros de altura en pocos minutos.
Aquí, como en ninguna otra parte se percibe la acción constructora y destructiva de la actividad volcánica. Los Roques son monstruosos falos de lava viscosa que se enfrió dentro de los conductos volcán
icos sin llegar a salir al exterior. Cinco millones de años de erosión natural han hecho el resto. También dicen, y lo creo, que solamente en esta pequeña isla hay más especies vegetales endémicas que en todo el Reino Unido. El silbo gomero una delicia para los oídos y descanso para el espíritu ante tanta charlatanería inútil como inunda nuestras calles.
Los días de vacaciones no dieron para más. Las otras islas quedaron en el horizonte, como barcos varados a los que me fue imposible abordar.
El clima en este tiempo de invierno es como el verano de Castilla. Fresco a la mañana; agradable, casi cálido mediado el día y si se sale después de atardecer se precisa una chaqueta de punto
para combatir el relente.
Lo que peor llevé durante mi estancia en las islas, como cafetero irredento que soy, fue la imposibilidad de tomar café. Allí no se sabe qué es eso. En su lugar te dan un brebaje sucio, de sabor indefinido y desagradable, imposible de disimular ni aún haciendo isla de azúcar en la taza. Como tampoco pude aderezarlo con un buen chorro de orujo recio, opté por aparcarlo hasta mi regreso a la península.
Por poco dinero se puede aviar una comida en la mayoría de los restaurantes, aunque sin alharacas ni exigencias gastronómicas graves. Especialmente apetitosas son las “papas arrugás”: las recomiendo. Frutas, pescados y carnes de pollo y conejo son fáciles de conseguir. Más difícil, por no decir imposible, embutidos que hagan posible un bocadillo de ja
món serrano (ibérico excusado) o una ración de rodajas de chorizo (de nuestra exquisita morcilla de Burgos, ni oídas).
Para terminar debo decir que resulta agobiante el exceso de infraestructura turística. Guirilandia puede encontrarse allí a sus anchas, pero a los peninsulares deberían abrumarnos menos con sus ofertas.
Cuando vayáis, tened cuidado con los fotógrafos. Os asaltarán por todos los lados: en el barco, paseando, en la playa, a la entrada de la cafetería, cuando salgas de una iglesia, incluso en el comedor del hotel os importunarán, y lo harán con cotorra o sin ella, lo mismo vestidos de majoreros que a la vulgar usanza. Si no os defendéis aguerridamente de ellos gastaréis en insulsas fotografías más que en comer y divertiros.
Unas provincias a visitar una vez
en la vida para calibrar el contraste con la península. En la segunda visita no entro y la dejo al libre albedrío de cada uno.
Aquí el arte natural suple al del hombre. Las catedrales las construyeron los volcanes, las iglesias la erosión, la monumentalidad el paso del tiempo. Busqué alguna iglesia, ermita o capilla que me recordase las bellas construcciones de Castilla. Encontré un pequeño edificio encalado, sin pretensiones de iglesia, sede de la parroquia de Nuestra Señora de la Paz y San Amaro. Entré en ella por rememorarme este último a nuestro Amaro peregrino. En un rincón había una figurita del santo, de no más de 20 centímetros y en una repisa, al lado, exvotos de pies, piernas y brazos de cera. Un amable lugareño de hablar cadencioso explicaba que este Amaro era, al parecer, de origen francés aunque ignoraba donde vivió y los méritos que hizo para llegar a santo, pero estaba probado que ayudaba mucho en las enfermedades de las extremidades. Era todo lo que sabía.
Hasta aquí mis recuerdos de las islas Canarias.


miércoles 11 de enero de 2012

Aburrimiento

El cadáver estuvo quince días en la biblioteca.
Luego, se cansó y se fue.

Cuento breve

¡Pobre muchacha!
El maldito fraile le arrebató el alma, la envolvió en una mortaja de pecados y de seguida la sepultó en los infiernos. El cuerpo lo abandonó al albur de siniestros compadreos, a la puerta del convento.
Después, sin prisas, se atusó la cuerna y salió a decir misa.

Novela corta

Quería ser recordado como el autor de la novela más corta.
Estuvo pensando dos años. Otros dos dándole forma. El quinto escribió:

“A partir de entonces todo siguió igual”.

Firmó, metió la hoja en un sobre y la mandó a la imprenta.

miércoles 28 de diciembre de 2011

La meiga de Carballera y el peregrino

Chirrió con dolor la desvencijada puerta y en su umbral se dibujó, contra el halo de niebla, la figura azogada del hombre.

Cinco pares de ojos lo escrutaron con avaricia desde el interior de la chabola. El más fornido era un gigantón de dos metros de altura, ancho como una columna de iglesia; otro, menos fuerte pero también membrudo y colosal, vestía ropas talares y lucía tonsura, de las de antes, aunque mal marcada y casi oculta por una guedeja que le caía hasta la nuca, y los tres restantes eran unos viejos desdentados y achacosos con el cansancio de los años reflejados en la torpeza de los movimientos. A la luz del fuego y de las velas los cinco parecían fantoches de un cuadro tenebroso.

El recién llegado susurró un saludo ininteligible, ahogado por la excitación, y dejó en el suelo su mochila, haciendo sonar el bosque de medallas, cruces y rosarios que traía sobre el pecho.

- ¿Habrá alojo para un peregrino de Santiago?-, preguntó cuando recobró el resuello.

- Lo habrá, si tal eres-, respondió el tonsurado.

El peregrino respiró con acomodo y se hizo un sitio junto a la lumbre. Luego, sintiéndose interrogado por el silencio uncial de los presentes, creyó oportuno aclarar:

- He topado con la Santa Compaña.

Santiguóse el clérigo con supersticiosa devoción y, recogiéndose las haldas de la sotana para asentarse en un taburete descangallado, repuso:

- No sería la Santa Compaña, que esa no deja ir a quien la topa.

- Pues si no era la Santa Compaña mucho se le parecía y otras maravillas he visto estos dos días que me tienen sumido en la confusión-, se defendió el peregrino de la incredulidad del cura.

Chisporroteó con alborozo un tronco, al resquebrajarse en el fuego, y el remolino de humo y pavesas que produjo agitó el llar, mientras un turbión de cenizas gateaba chimenea arriba. Nuevamente se santiguó el sacerdote y murmuró una letanía entrecortada a la que contestaron los otros hombres.

- Hace dos jornadas-, empezó el peregrino-, me pilló la noche en el medio de un bosque. El cielo se deshacía en lluvia, el viento arreciaba empujando nubarradas de agua de acá para allá y sólo la luz de los relámpagos me permitía ver por donde andaba. Estaba desorientado y buscaba en vano un cobijo donde resguardarme de la tormenta cuando, a la luz de un relámpago, vi una figura de mujer que se movía delante de mí tratando de librarse de una rama, arrancada por el ventarrón, que había caído sobre ella. Acudí en su ayuda, le ayudé a desembarazarse del estorbo y la tomé a mis espaldas. Con una mano me iba señalando por dónde ir y qué senda tomar hasta que llegamos a una casa, si tal nombre podía darse a semejante chamizo, cuya puerta se abrió, como por ensalmo, sin tocar cerrojo ni picaporte. El interior estaba profusamente iluminado aunque solo alumbraba un candil de aceite de cinco brazos, y la estancia era grande y estaba aderezada como no podía imaginarse desde el exterior, de lo que deduje que no era aquello natural, y andar hecho trasgo me había metido en muy extraño negocio.

Aquí, signóse y santiguóse nuevamente el sacerdote y exclamó:

- ¡Líbrenos Santa María, el señor Santiago y los ángeles del Señor!

- ¡Amén!-, contestaron a una los otros cuatro hombres.

- La mujer-, siguió el peregrino-, era una joven de deslumbrante belleza que enseguida amañó un fuego para secar mis ropas y darme calor, y me ofreció un lecho donde descansar.

- ¿Holgaste con ella?-, peguntó el cura, afilados los dientes con sátira expresión.

- Para huelgos estaba yo con la hambre fiera que tenía y el cansancio de la jornada, aparte de no ser aún núbil la muchacha y parecerme gravísimo pecado tocarla siquiera-, repuso el peregrino, poco atento a la cuestión. Y prosiguió, ligero sólo a terminar el relato:

- A la mañana siguiente, como por encanto, me desperté en el medio del bosque donde me había perdido la noche anterior, sin que por ningún sitio pareciera casa, doncella o cosa semejante.

Calló unos instantes antes de continuar:

- Y hoy volvió a hacérseme noche cerrada siguiendo una corredeira, puesta allí por el demonio, a cuyo final nunca llegaba. Y, otra vez perdido, se me alcanzaron voces extrañas a modo de sonsonete incomprensible y vi un resplandor aún más extraño y, a poco, una gavilla de encapuchados, en fila de a dos, con sayales blancos y de tez tan nívea como sus sudarios, que venían derechos hacia donde yo estaba. No parecían caminar sino que flotaban a cierta altura del suelo, rozando apenas las hojas húmedas de los helechos. Traían en sus manos velones negros y venían dirigidos por una ánima portadora de una gran cruz de leños sin labrar. Quise huir pero mis pies estaban pegados al suelo. Se llegaron a mí los encapuchados y el que llevaba la cruz me la alargó indicándome por señas que la tomara. Ya iba a cogerla cuando apareció entre los árboles un trasgo o demonio en figura de vieja achacosa y deforme que me agarró de un brazo y, arrancándome del pecho una de las cruces, ésta, la más grande, la esgrimió en alto y ordenó a las estantiguas seguir su camino. Cuando marcharon quedó inundado el bosque de un fuerte olor a cera y aceite de candela mal quemados, y la vieja tiró de mí llevándome en volandas, en medio de la oscuridad, por trochas desconocidas, hasta dejarme a la puerta de este lugar para desaparecer al momento.

- La meiga blanca de Carballera es, que te ayudó hoy por el favor de ayer-, pareó el gigante al ovillo del cura que se santiguaba aquella noche por centésima vez. Mientras, los tres viejos murmuraban jaculatorias amparados en la oscuridad del fondo.

- ¡Santa María de Barca, de la Compaña, libéranos!

- ¡San Xil, patrón de los miedos, de la Compaña, libéranos!

- ¡San Andrés de Teixido, do todos habremos de ir, de la Compaña, libéranos!

- ¿Las dos eran una?-, preguntó el peregrino, azorada la mirada, demudado el color-. ¿Y cuál de las dos imágenes es cierta, la de doncella o la de desastrada?

- Ella y el diablo lo sabrán que nunca, antes, nadie la vio y pudo después contarlo. Cata el peligro porque pasaste de haber hurgado en su doncellez, primero, porque te habría tomado el ánima, y estáte agradecido por salir con bien de la última hazaña, después, que de haber tomado la cruz serías ahora guía de espíritus errantes-, repuso el sacerdote y, alzándose del asiento, manteó la sotana para sacudirse las cenizas. Se despidió, luego, con muchas zalemas y bendiciones y salió acompañado del gigantón mientras los tres viejos, tras despabilar las velas, se tendían en torno al hogar y quedaban enseguida dormidos.

El peregrino, sentado en un poyo, agostó la noche besando las cruces que le colgaban del pecho y pasando las cuentas de un rosario de cristales. A la mañana, apenas amanecido, se levantó con tiento para no despertar a los viejos y siguió su camino a Compostela, mochila al hombro, rumiando desconciertos.

Tras él, cendales de niebla blanca que subían del valle velaban la robleda, mientras el sol quería desbordarse por la cima de las montañas.

viernes 9 de diciembre de 2011

A vueltas con la Navidad

La Navidad, como fiesta, está siendo muy cuestionada desde distintos frentes. Por un lado se ataca la dilapidación y el derroche frente al hambre y la miseria imperantes. Por otro la inmisericorde obligación que nos impone de ser felices cuando muchas personas están abocadas a la soledad, el sufrimiento y el olvido, con pocas alegrías que celebrar.

Este tema debería ser fustigado en lo más jugoso de los lomos hasta dejar las costillas al descubierto. Otro día quizá lo haga. Hoy no me siento con ánimos para ello. Prefiero dar varapalo a cuestiones más banales aunque, no por ello, menos importantes.

Hace unos días se ha abierto en Burgos, en la plaza del Rey San Fernando, el mercado del frío, no porque se venda frío sino por ser frías las fechas durante las que permanece abierto. Es un mercado navideño organizado por la Federación de Empresarios del Comercio y el Ayuntamiento donde pueden adquirirse los más diversos artículos tanto de alimentación como de vestir, de ocio o de adorno. Y para solaz y divertimiento de los más pequeños se ha levantado una monumental carpa transparente y climatizada.

Y aquí es donde entra en juego la madre del cordero. Los pequeños andan locos pensando en los juguetes y regalos propios de estas fechas y, muy acertadamente, se ha dispuesto que los niños puedan hacer sus peticiones y empiecen a acariciar con la imaginación la inminente llegada de la muñeca de moda, el tren con sus raíles y estaciones, la incombustible lotería o el último artilugio electrónico.

Sentado en una silla, sobre una tarima, han colocado al gordo seboso con rostro de borrachín impenitente, vestido de rojo, llegado de Yanquilandia. Claro que éste, como puede verse en la fotografía, ni siquiera es gordo. Al menos los responsables del desaguisado podían haber buscado un Papá Noel más acorde con su imagen habitual. (Le sobra ropa para hacer dos trajes y es más aburrido que ver hacer bolillos).

Tratamos de defender y promocionar las virtudes y productos de nuestra tierra con un mercado merecedor de aplauso y alabanza. ¿No podríamos también defender nuestras tradiciones?

Nos quejamos de la fiesta de Halloween, fiesta idiota donde las haya, defendida por los partidarios del consumismo desbocado, que no aporta nada nuevo a la nuestra de Todos los Santos. Denostamos la comida basura que nos llega del otro lado del Atlántico y queremos oponerle la dieta Mediterránea, más sana, alimenticia y sabrosa. Andan por ahí nuestros políticos bregando para conseguir la independencia europea del dólar.

Mientras tanto, en esta ciudad de Burgos, ciudad de nuestros dolores y de nuestras alegrías, alguien echa en olvido a los entrañables Reyes Magos, personajes con enjundia, tradicionales hasta el tuétano, y nos encasqueta un bufón torpe y sin gracia. Es como para contratar un ejército de plañideras.

Lamentablemente esto no es nuevo ni único. Son muchísimos los comercios que acostumbran a poner en sus escaparates rótulos en inglés, haciendo un feo a nuestra lengua materna. ¿Acaso suena mejor ese idioma gutural y onomatopéyico que nuestro cadencioso castellano?

¿Mejor “pin” que “insignia”? ¿Mejor el anodino “bell” que la sonora “campana”? ¿Preferible el insulso “ring” al cimbreño “timbre”? ¿O “ticket” antes que “billete”? Nos estamos haciendo un flaco favor con tan desmedida e insoportable anglofilia.

Es curioso que se respete más, se defienda más y se tenga más en consideración el castellano en países del otro extremo del planeta que en la cuna donde nació.

En fin, de todos modos, feliz Navidad. Los tontos abundan más que el polvo y nos lo seguiremos tropezando a la vuelta de cada esquina. Que no nos amarguen las fiestas.

Y, eso sí, quien no pueda ser feliz, no está obligado a serlo y para él todo mi apoyo y afecto.